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Margarita

Margarita

Para mí no había en el mundo, ni de lejos, mejor plan que oír sus historias que eran de novela.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
17 de febrero 2016 , 06:56 p. m.

Hubo una época de mi vida, hace casi diez años, en que yo iba a verla a su casa todos los días. De lunes a viernes y a veces también los sábados y los domingos, los lunes festivos, el 20 de julio, el 2 de noviembre. Llegaba a las 5 de la tarde –o antes, si podía–, tocaba el timbre, entraba y me sentaba a esperarla en una mesa que debía de ser para jugar cartas, pero en la que nosotros nos dedicábamos a hablar y a hablar y a hablar y a hablar.

Yo habría podido estar en cualquier otra cosa, con una novia o jugando fútbol, o con mis amigos tomando cerveza, o perdiendo el tiempo. Pero la verdad es que para mí no había en el mundo, ni de lejos, mejor plan que ese, y así me pasaba la tarde entera, a veces hasta la madrugada, oyéndole sus historias que eran de novela: las historias de un siglo colombiano que ocurrió en la sala de su propia casa.

Y aunque su memoria tenía que estar llena de dolor y de cicatrices, de heridas muy profundas, nunca la oí quejarse ni hablar mal de nadie, nunca la amargura le ensombrecía esa voz que era a la vez muy fuerte y muy serena. Más bien al revés: vivía agradecida con la vida que le había tocado en suerte y en desgracia, como a todo el mundo, celebrando con pasión lo bueno y lo memorable. Sin resentimientos, sin concesiones con la infamia.

Alguna vez sí se lo quise preguntar de frente, que por qué, que cómo había sido capaz de perdonar tanto. Me acuerdo perfecto de su respuesta, la estoy viendo cuando me dijo: “Porque de pronto es que yo tengo carnadura de burro y no me duele nada en el cuerpo ni en el corazón. Además para eso cree uno en Dios...”. También su cristianismo era muy bello, muy sabio, muy raro: el de quien sabe que la fe es imposible sin la compasión.

Conocí a Margarita Escobar de Gómez –que se acaba de morir en Bogotá y ya me hace falta– hace quizás quince años. Alguien le dio mi teléfono para que presentara en Cali un libro que ella había publicado con las cartas de amor que Álvaro Gómez Hurtado le envió toda la vida, desde el noviazgo hasta el secuestro, y yo por supuesto lo hice encantado. Gracias a ese libro, como si fuera el cumplimiento de un destino, me volví su amigo.

Fue entonces, o un poco después, cuando empezamos a vernos todos los días. Me iba para su casa y allá me embelesaba, coca cola en mano, con su sabiduría y sus recuerdos. Hay uno que siempre me fascinó: el del día de su matrimonio con Álvaro, mientras su papá la llevaba del brazo por entre una multitud de curiosos de la que se asomó una señora y gritó indignada: “¡Huy, dizque fea...!”.

En estos días se me han ido agolpando, uno a uno, esos momentos que pasé con ella y que para mí fueron un privilegio y una alegría como no ha habido más. Trato de empuñarlos para que no se me vayan a ir nunca, para que ninguno se quede por fuera. Eso tiene la muerte de los seres que más queremos: que es como si la nostalgia nos hiciera querer devolver el tiempo para vivirlo mejor, para atesorarlo y que no se acabe jamás.

Por eso nadie debería desperdiciar la oportunidad maravillosa, nunca, de disfrutar de un viejo, de oírle sus historias y si se puede grabarlas, escribirlas. Porque aunque muchas veces no nos demos cuenta ni nos importe, esa es una oportunidad fugaz, única. Con cada anciano que se muere se muere también una civilización: una ventana a un pasado irrepetible que todavía late allí a viva voz. Y cuando esa ventana se cierra no se abre más.

Entonces se apaga esa voz y deja su rastro; el relato que al final somos todos y que sigue viviendo en quienes se quedan para celebrarlo y volverlo a contar. Eso es también la poesía, la presencia de lo que ya no está.

Me vas a hacer mucha falta, Plotina. Pero me queda tu recuerdo: la dicha para siempre de esas tardes con tu voz.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

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