El delito de ser gay

El delito de ser gay

En la conversación entre Ferro y Palacios no hay nada que se acerque a la perpetración de un delito.

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17 de febrero 2016 , 06:10 p.m.

De nuevo, como en el caso del exdefensor Otálora, creo que la reflexión sobre el video del hoy exviceministro Carlos Ferro en una charla sobre sus gustos y fantasías sexuales con el capitán de la Policía Ányelo Palacios, y la eventualidad de un encuentro sexual entre ellos, no debe agotarse en el mero debate sobre vida privada versus derecho a la información.

Mientras que en el incidente de Otálora la publicación de los selfies de sus partes íntimas, enviados por él a su secretaria privada, conllevaban de alguna manera una conexión con el posible delito de acoso sexual (algo que actualmente se está investigando), en el episodio de Ferro no he podido entender cómo se conecta esa conversación íntima con la existencia eventual de una red de prostitución en la Policía, que el propio capitán Palacios denunció hace dos años.

¿Tiene La FM más indicios al respecto, más pruebas, evidencias que no mostraron? Si es así, entonces es grave porque entregaron una versión parcial de los hechos, solo con el elemento escandaloso, el que llama al morbo, el que se vende fácilmente y se replica por miles. Si lo único que tenía la cadena radial era ese video, entonces el asunto ya no es grave sino gravísimo porque se violentaron todos los principios éticos del periodismo, se vulneró el derecho a la intimidad de un hombre, se le destruyó su imagen, su carrera pública, su discrecionalidad para decidir qué elementos de su vida privada son secretos o reservados, y se afectó a su familia de un modo irreparable.

En un primer análisis, rápido y somero, de la conversación entre Ferro y Palacios no hay algo que vaya más allá de una charla erótica entre dos adultos, con incitaciones, propuestas directas de una relación sexual, frases sugerentes, en un lenguaje fuerte, que puede herir el pudor, y que por eso casi siempre se restringe a circunstancias privadas. Pero no hay nada que lo acerque a la perpetración de un delito o a la complicidad o al encubrimiento. Y así las cosas, no existe interés informativo en eso, ningún contenido digno de publicación, ni intención razonable de denuncia, de desenmascaramiento o de alerta. En lo personal, me tiene sin cuidado si un viceministro se acuesta con otros hombres mayores de edad (en sexo consentido, eso sí), si prefiere tamaños, posiciones, o lo que sea. Eso fue lo único que entregó La FM este martes. En lo personal, sí me preocupa que un noticiero y un equipo periodístico enfilen su actividad a contarle al país y a la familia de ese viceministro que su marido y papá se acuesta con otros hombres.

Se trata de un episodio muy sórdido, sin duda, pero no tanto por la conversación en sí misma, pues en un segundo análisis, ya más detenido, ni siquiera es una charla natural y espontánea sino que se ve la clara intención del capitán de sacarle detalles, inducir respuestas, de ponerlo en evidencia sobre sus gustos sexuales, pero no se escucha nada sobre una tal ‘comunidad del anillo’ o de una red de prostitución dentro de la Policía; apenas, la más simple condición humana. Inclusive, y aunque la prostitución en Colombia no es un delito, ni siquiera queda claro el propósito de Ferro de prostituir al otro pues es justamente este último quien insiste en recabar en los temas eróticos y en que busquen un motel en Chapinero. Además, con el ingrediente pérfido de estar grabándolo de manera oculta. Toda una celada. ¿Con qué fin?

Yo no sé si es cierto que en la Policía existe una red de prostitución masculina, no sé si Ferro es culpable o inocente de lo que la Procuraduría quiere investigar, lo que me queda claro en mi papel de espectador, de oyente, es que el video de La FM no lo demuestra y ni siquiera permite sospecharlo.

Así las cosas, el delito que deja sugerido en el aire La FM, y en el que el Procurador cae como ave rapaz para ver qué puede depredar, anatematizar, hurgar y proscribir, es el de ser marica. Como en la Cuba de Fidel, en la Alemania de Hitler, en el islam de los ayatolás y los mulás.

Sergio Ocampo Madrid

 

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