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Turismo y territorio en tiempos de paz

Turismo y territorio en tiempos de paz

Como Perú y México, Colombia también puede construir su futuro recuperando su pasado.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
17 de febrero 2016 , 05:17 p. m.

Uno de los dramas que vive Colombia es que muchos de nuestros territorios son fábricas de producción delictiva derivado de la ausencia de prácticas estatales. El narcotráfico, la extorsión, el secuestro, la minería ilegal y la delincuencia común han tomado el control en ciertos lugares. Nuestra inmensidad territorial nos ha vuelto esclavos de su descontrol.

En los últimos días tuve el privilegio de visitar parte del norte del departamento de Nariño, que, como muchos otros territorios del país, ha enfrentado los fenómenos de violencia en diferentes niveles. Recorriendo municipios como Buesaco, desde donde se puede descender al cañón del Juanambú, milagro de la naturaleza y en donde circularon los ejércitos libertadores cuando se aproximaban a la ciudad de Pasto y al Ecuador, se puede magnificar el potencial turístico de la zona, no solo desde una perspectiva deportiva, sino histórica, ecológica y cultural.

Otro municipio maravilloso es Arboleda-Berruecos, que sin duda pudo haber sido el paso más importante de Colombia en el siglo XIX, pues por allí se conectaba el país hacia el sur. Conquistadores como Sebastián de Belalcázar o el virrey Jorge de Villalonga surcaron sus caminos. Pasaron por sus senderos científicos de la talla de Agustín Codazzi, Alexander von Humboldt, Miguel de Santa Esteban o Francisco José de Caldas. También las tropas libertadoras de Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y José María Córdova cruzaron esas impresionantes montañas catedralicias en múltiples ocasiones. Allí se estableció la resistencia que en 1829 realizaron José María Obando y José Hilario López contra Bolívar, por su mezquino proyecto de monarquía, que se ambientó en esa época.

En la parte alta del municipio –Pueblo Viejo– se firmó la capitulación de Pasto en 1822 y más abajo, en el actual cementerio, Antonio Nariño se apertrechó en un templo en 1814 antes de ser capturado y encarcelado en la ciudad de Pasto por el ejército español.

Cerca de la cabecera municipal se encuentra la vereda Olaya, en donde cayó asesinado el soldado y poeta Julio Arboleda (1862); así como en el paso del Arenal, desde donde se observa el cerro de La Jacoba (La Venta-Unión).

Berruecos –en cuyas montañas murió el mariscal Antonio José de Sucre (1830)- está atiborrada de petroglifos indígenas sin datación alguna y sin mayor protección cultural del Estado. Parajes colombianos, profundos, geografía agreste, atiborrados de historia, donde el Estado no se asoma y donde es necesario integrar a poblaciones de gente trabajadora, campesinos que no han conocido otra cosa que la carestía y el aislamiento.

Está muy bien que se firme la paz, que se estructure el gran acuerdo nacional alrededor del fin del conflicto, de la justicia prospectiva y de la posibilidad soberana de ponerle fin a la violencia, pero más allá de los grandes acuerdos, es necesario que se piense en la manera de integrar los territorios que fueron importantes en el siglo XIX, que se encuentran a pocos pasos de nuestras ciudades principales.

El turismo y la cultura pueden servir para reconstruir territorios. Países como Perú y México nos podrían dar grandes ejemplos. En Perú, ciudades como Cuzco han sido bastiones de gestión de turismo, al atraer extranjeros y nacionales alrededor de su pasado prehispánico inca y huari.

México, por su parte, ha utilizado su asombroso patrimonio cultural para encantar a millones de personas con su territorio. Ciudades como Palenque (Chiapas) permiten disfrutar de las ruinas mayas Yaxchilán y Bonampak, cerca de la frontera con Guatemala. Del mismo modo, la península de Yucatán se ha convertido en una ruta esencial para conocer el pasado maya y tolteca. Un testimonio claro es el reciente museo del mundo maya en la ciudad de Mérida.

Cholula, en la bella Puebla, es otro referente. Tula, en el estado de Hidalgo, es una reliquia de nuestro pasado tolteca que deslumbra. Al igual que Monte Albán, en la Oaxaca zapoteca. Y así podríamos seguir con Xochicalco, Zempoala, y ni hablar de las maravillas culturales decimonónicas de Guanajuato, San Miguel Allende, Dolores o de la multiculturalidad de Ciudad de México.

En fin, Colombia también puede construir su futuro recuperando su pasado. Todo eso haría parte de la paz territorial, que más allá de una mera retórica debe adentrarnos en la democracia material, con lo cual la confianza será esencial para pensar nuestro futuro juntos.


Francisco Barbosa

@frbarbosa74
Ph. D. en Derecho Público (Universidad de Nantes, Francia). Profesor de la Universidad Externado de Colombia.

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