La lucha de una transgénero judía por exigir su aceptación social

La lucha de una transgénero judía por exigir su aceptación social

"No podía esperar a que otros decidieran por mí", dice Laura, quien superó el rechazo de su familia.

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17 de febrero 2016 , 08:09 a.m.

Laura Frida Weinstein es una mujer adulta, cuyo rostro refleja alegría y ganas de devorarse al mundo cada día. Como cualquier mortal tiene momentos en que no quiere salir a trabajar, en los que se siente cansada, en los que se deprime. Es una ciudadana común y corriente, así la hostilidad del entorno pretenda convencerla de lo contrario.

Esta historiadora tuvo un cambio radical cuando a corta edad decidió darle un giro a su vida y enfrentarse al mundo ya no como el hombre que había nacido, sino como nueva mujer dispuesta a luchar por su identidad.

Actualmente trabaja en la Fundación Grupo Acción y Apoyo a Personas Trans, a donde acuden niños y familias que necesitan apoyo durante el tránsito que vive una persona que decide realizar este cambio.

Carolina Herrera, psicóloga clínica de Liberarte, una organización de asesoría psicológica para personas LGBIT, aseguró que las personas que se identifican como transgénero o que construyen identidades de género diversas no sufren ningún trastorno mental y pueden vivir vidas tan satisfactorias como cualquier otra persona.

“La disforia de género hace referencia a un malestar que siente la persona frente a su género asignado al momento de nacer. Hay personas que no se sienten cómodas con su anatomía, con sus características biológicas y con el rol social que otros esperan de ellos o ellas al pertenecer a un género; sienten que pertenecen a otro género. Una persona trans es una persona que al identificar un malestar o un cuestionamiento frente a su género decide construir una identidad de género diferente para experimentar una mayor coherencia con cómo se siente y para poder ubicar un lugar en el mundo que le resulte adecuado para sí mismo/a. Algunas personas trans hacen un tránsito al otro género y otras construyen identidades de género diversas y más fluidas, pues que no quieren encasillarse como hombres ni como mujeres”, aseguró la especialista.

Actualmente, al hablar de disforia se dejó de emplear el término trastorno dentro de su definición, ya que según el manual DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), utilizado por psicólogos y psiquiatras para diagnosticar, esta dejó de verse de dicha manera y pasó a ser un malestar.

Ella es Laura…

Laura habla sin tapujos de su vida, de su sexualidad y de cómo se dedica a enseñar sobre un mundo que para muchos es raro, malo o desconocido. Para ella, ser mujer va más allá de lo que socialmente es conocido, hace parte de lo que cada persona es, decide o no decide ser.

De su pasado habla poco, su ‘yo’ masculino no tiene nombre ya que para ella esta persona no existe.

“Omitimos el nombre porque creo que esa persona ya no está, no hace parte de mi vida, fue quien dio impulso a la persona que hoy está. Fue una persona que tuvo una infancia difícil, compleja, sufrió mucha violencia, discriminaciones. Era un niño afeminado, incomprendido, todo el mundo lo cuestionaba”, asegura Laura.

Con tristeza, recuerda cómo vivió esos tiempos en los que su vida estaba llena de preguntas que nadie respondía. Una época en que sentía que nada tenía sentido y algo debía cambiar.

“La respuesta que siempre recibía era que eso que pensaba de mí misma era algo errado. Cuando te imponen algo que no eres, eso genera mucho dolor. No entendía por qué era una persona triste, no entendía mi atracción hacia los chicos, creía que era la única persona así y me preguntaba por qué me tocó a mí y por qué no a alguien más, no veía a alguien en el mundo que sintiera y pensara igual”, cuenta.

Una niñez llena de inseguridades

Para Laura, nacer como niño no le trajo ningún beneficio, por el contrario sentía cada día que no tenía sentido ser quien todo el mundo decía que era.

“Estudié en un colegio en donde se me recriminaba mucho, tuve una infancia muy solitaria, asistí a un colegio judío en Bogotá. Allí se me cuestionaba un poco sobre quién era y en dónde estaba, eso me llevó a que me retirara y fuera a estudiar a otro lado, también fueron aprendizajes en la vida. Esos momentos dolorosos los he transformado en experiencias para mirar qué podemos hacer para mejorar las condiciones de esas otras personas que seguramente no merecen ser lastimadas como lo fui yo”, dice.

Sin entender qué sucedía y tratando de enfrentar a un mundo que tampoco la comprendía, Laura decidió afrontar los retos que iba a asumir a partir del momento en que su apariencia cambiara de manera permanente.

“Yo tartamudeaba, es lo contrario que uno ve ahora. Creo que me construyo a partir de lo que quiero”, apunta Laura.

Nueva vida, nuevos retos

Siendo mayor de edad, Laura decidió empezar una transición que no solo la afectaba a ella, sino también a su mama y familiares, quienes al final deberían aceptar su decisión.

“Aunque ya era una persona grande, mi proyecto de vida era difuso. En el momento en que decidí hacer mi tránsito, mi camino tomó otro rumbo. Se lo dije a mi mamá primero que a cualquiera. Yo estaba en terapia psicológica, le decía a la persona que me trataba que esta vaina me estaba enloqueciendo. Mi experiencia con los psicólogos desde pequeña no fue bonita porque tampoco me entendían y en vez de apoyarme me culpaban de lo que pasaba. Eso hacía que no tuviera confianza en ellos y en algún momento los necesité”, comenta.

La psicóloga que empezó a apoyar su proceso trabajó en el cambio a través de metas, una de ellas estaba relacionada con la forma en la que iba a decirle a su familia y la fecha en la cual lo haría.

“Quién mejor para saber quién eres que tu familia. Solo era ratificarles lo que ellos ya sabían. Para mí era importante que mi mamá lo supiera. Para muchas y muchos nuestros papás son el eje fundamental, para mí lo era mi mamá. Necesitaba que ella lo supiera, no me importaba el resto”, dice.

“Yo le dije a mi doctora que desde ese día al sábado tenía que contarle. Era viernes en la tarde, no había pasado nada, ese día decidí que debía armarme de valor y decírselo. Ese día apareció 'un pajarito' muy lindo que me dijo cosas muy bonitas, me armé de valor y decidí buscar a mi mamá que estaba acostada viendo televisión, le dije: 'Mira, es que quiero hablar contigo algo muy importante, necesito que apagues el televisor, es algo importante para mí y quiero que lo sepas”. Mi mamá me miró con cara de ¿qué le pasó? y proseguí con lo planeado”, recuerda.

Ella sabía que la forma más fácil de darle a conocer su situación era tratando el tema desde una patología psicológica, por lo que decidió hablarle sobre la disforia de género, lo que aparentemente haría que ella se tomara con calma la situación y pidiera explicación a un término relativamente desconocido.

“Yo le dije: 'Madre, resulta que lo que yo tengo es algo que se llama disforia de género'. Yo me imaginé que mi mamá no lo sabía, no entendía el término y me dijo: '¿Cómo así? No, o sea que ahora se va a volver mujer', y yo quedé sorprendida, no esperé que mi mamá lo entendiera, pensé que me iba a dar tiempo de explicarle, de decirle, pero lo entendió no sé cómo. Ella se puso a llorar y eso para mí fue muy triste porque yo pensaba: ‘¿Cómo es posible que algo que es tan importante para mí se vuelva para ella algo doloroso y triste?' ”, comenta.

Luego del llanto, la mamá de Laura comenzó a preguntarle qué le iban a decir a la familia y a la gente que las conocía.

“Muchas veces el problema de las personas es pensar en qué les van a decir a los demás, qué le van a decir a la tía o el tío, qué les van a decir a los vecinos, a los familiares, en fin. Eso fue complejo, yo traté de calmarla y le dije que yo le quería contar porque fue algo que se volvió insoportable”, dice.

La larga y dolorosa charla trajo consigo momentos llenos de amor y tranquilidad. Laura y su mamá le demostraron al mundo que el significado del sentimiento de una madre va más allá que cualquier cosa.

“Cuando se calmó me dijo: ‘Eso son los genes débiles de su papá’. Para mí fue chistoso y me dio risa. Lo primero que hacen los papás es buscar culpables y en dónde está el problema; como mi papá ya no vivía era más fácil culparlo a él. Yo le dije que no había culpables”, destaca.

La familia

Laura aprovechó una reunión familiar para contarles a sus seres queridos su decisión, no sin antes haberse cerciorado de contar con el apoyo de personas como su hermana, quien la apoyaría en el momento en que la ‘bomba’ explotara.
“Todo el mundo se vino encima, mi mamá se puso a llorar, todo el mundo entró en 'shock'. Mi hermano se puso furioso, se tiró a pegarme, yo le tomé la mano, me dijo que se tenía que acostumbrar porque eso era lo que me esperaba en la vida. Le dije que no, que yo quería cosas mejores y puedo decir que hasta el día de hoy solo me han pasado cosas muy buenas”, recuerda Laura.

Su hermano le reprochaba el hecho de no saber qué decirles a sus hijos por no tener ahora un tío, sino una tía.
“Yo le dije que no veía el problema, los niños lo entienden mejor que uno. Mi sobrino cuando va a la casa y le preguntan quién soy yo, siempre dice que soy una tía linda”, dice.

El cambio trae respuestas

Los prejuicios frente a una realidad que pocos conocen han justificado un sinnúmero de ideas erróneas sobre quiénes son las personas trans, cómo son y qué hacen.

La desinformación lleva a que se crea que una persona trans es aquella que se viste como el sexo opuesto y se prostituye en una esquina.

“Hay que entender que los contextos de una persona trans no son iguales en todos los ámbitos. Hay trans a las que sus familias decidieron echarlas a la calle muy temprano; no es mi caso. Nadie tiene la autoridad moral de decirle a una persona trans cuando está parada de una esquina que se quite de ahí, porque ese es el lugar en dónde el Estado y la sociedad lo ha puesto”, afirma.

Inquieta por las historias que veía en televisión sobre personas trans, la mamá de Laura se comunicó con ella: “Un día me llamó superpreocupada, como en el 2009, luego de que saliera en las noticias que estaban matando personas LGBTI. Mi mamá me invitó a almorzar y me dijo: ‘¿Sí ve que los están matando?’, y le expliqué que conocía muy bien la situación. Me preguntó que si yo me vestía igual que esas niñas que salieron en ese programa y yo, algo sorprendida, le dije: ‘¿No te preocupó que nos estén matando, sino que te preocupa cómo me estaba vistiendo?’. Eso pasa muchas veces”, comenta.

Laura siente hoy que ser quien es le permitió renacer y vivir como siempre soñó.

“Si no fuera porque en algún momento pensé en que quería hacerlo y que realmente no podía esperar a que otros decidieran por mí, no hubiese sido lo que soy y no estuviera tan feliz como estoy. Esto no quiere decir que mi vida sea color de rosa, eso no pasa. No quiere decir que no me dé hambre, no quiere decir que no tenga que trabajar. Me deprimo, me siento muy sola en algunos momentos y en otros, muy acompañada. Eso hace parte de la esencia de cualquier ser humano”, dice.

El judaísmo

Ella nació en una familia judía, pero su relación con Dios no cambió en el momento en que su apariencia física sí lo hizo.

“Mi relación con Dios es una relación muy cercana. Soy una persona creyente, pero no fanática. Creo que existe un ser superior, pero no en ese ser castigador, sino en uno que por el contrario te pone personas con condiciones diferentes y no para incomodar, sino porque seguramente tienen que venir a enseñarnos algo distinto”, asegura.

“Venimos a enseñarle al mundo tal vez respeto, tal vez felicidad, tal vez esas posibilidades de ser tan autentico o autentica como se puede ser. Imagínate a una persona que un día fue alguien y de pronto hace una transformación de sí misma para lograr tener una vida digna y feliz. Eso es lo que he aprendido con las personas trans”, comenta.

En sus recuerdos mantiene intacto el momento en que viajó a Israel y habló con un rabino para comentarle su situación: la respuesta que él le dio la enamoró más del Dios en que cree y ama.

“Él me dijo que Dios me amaba por ser quien era y no por cómo me veía. Fue la mejor respuesta que pude escuchar”, dice.

PAULA ALEXANDRA PIMIENTO
ELTIEMPO.COM
paupim@eltiempo.com
Twitter: @paupimiento

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