Editorial: En nombre de Camilo Torres

Editorial: En nombre de Camilo Torres

Habría que rescatar las cenizas del cura. Pero no para celebrar a un héroe de la causa equivocada.

16 de febrero 2016 , 08:11 p.m.

Camilo Torres Restrepo, sacerdote colombiano (1929 - 1966) . Foto: archivo personal.

La vida del bogotano Camilo Torres Restrepo, el llamado ‘cura guerrillero’ que hace cincuenta años murió sin gloria en el campo de batalla, puede ser leída como una parábola sobre el mal que ha estado entorpeciendo a Colombia desde hace tanto tiempo: el fanatismo.

Torres creció en una familia acomodada, bajo la tutela de una madre que fue la persona más importante en su vida; fue un estudiante crítico que, en los peores años del bipartidismo, dejó huella a su paso por un par de colegios tradicionales y luego, cuando cursaba el primer semestre de Derecho en la Universidad Nacional, se encontró con una inquebrantable vocación religiosa que no solo lo condujo al Seminario Conciliar de Bogotá, sino a tomarse los errores y las injusticias y las desigualdades de la sociedad como un problema personal.

Toda una generación de universitarios colombianos aprendió el compromiso político de los atípicos, comprometidos y contestatarios sermones que Torres –que entró en contacto con la llamada Democracia Cristiana durante sus años como sacerdote estudiante en la Universidad de Lovaina– elevó en sus clases y en sus misas en los días tensos del Frente Nacional.

Su carisma innegable, su contundencia a la hora de articular el marxismo con el cristianismo, sin adherir del todo al primero ni renegar nunca del segundo; su llamado a la resistencia pacífica en los días que antecedieron a la llamada Teología de la Liberación; su búsqueda de una oposición unida contra aquella coalición bipartidista que era un acuerdo de paz pero dejaba por fuera a tantos actores fueron algunas de las razones de su popularidad.

Y sin embargo, cuando ya había alcanzado la estatura de líder político, y su Frente Unido atraía a muchos jóvenes esperanzados, abandonó el territorio complejo del debate y tomó la decisión de unirse al Ejército de Liberación Nacional (Eln), el mismo que sigue hoy con su torpe y sangriento paro armado contra el pueblo, como si de un día para otro hubiera caído en la trampa de ser literal, de poner en escena sus ideas en el campo de batalla.

Dicen sus biografías que tendía a abandonar sus vidas de golpe: dejó a su novia por el sacerdocio, dejó el apostolado por la política, dejó la política por la guerra, convencido –como tantos en aquellos años– de que esta versión de la democracia no podía corregirse, sino derrocarse.

Torres murió hace cincuenta años en una batalla en Patio Cemento (Santander), cuando acababa de cumplir 37 años. Desde entonces se convirtió en mártir de aquella guerrilla, el Eln, que nació en el castrismo pero creció en el misticismo, que ha estado dándole la espalda a la paz como si hubiera envejecido en el fundamentalismo, en una ficción en la que aún tienen algún propósito la extorsión, el secuestro y el asesinato.

 Habría que rescatar las cenizas del ‘cura guerrillero’, del panteón en donde al parecer permanecían, sí. Pero no para celebrar a un héroe de la causa equivocada ni para contribuir al relato en torno a un posible martirio que hoy inspira a quienes viven justificando la violencia. No. Vale la pena hacerlo solo si es para lograr que ningún líder de los nuestros vuelva a dejarse seducir y malograr por los sinsentidos y las trampas de la guerra colombiana.


editorial@eltiempo.com

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