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Amantes herbívoros

Amantes herbívoros

Los hombres se encerraron en sus aposentos a darse la buena vida con un celular y un computador.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
16 de febrero 2016 , 05:25 p. m.

La tecnología avanza a pasos de gigante de siete leguas arrasando a su paso con lo que encuentra, entre ello costumbres ancestrales que hacían funcionar más o menos el tinglado social y la relación de parejas. Las mujeres, sobre todo las casaderas y las casadas alebrestadas, vienen alarmadas desde hace algún tiempo ante el comportamiento del hombre heterosexual, en su mayoría joven, recluido en su habitación y dedicado que ni siquiera a las lecturas edificantes ni a la meditación trascendental o intrascendental, ni al disimulado consumo de la hierba del desapego, sino al vicio solitario de los videojuegos y la pornografía digital, que no es la que practicábamos los jóvenes de entonces, cuando lo digital tenía más sentido.

Ahora al mancebo lo tiene sin cuidado el roce con las muchachas de carne y hueso, el irse de cine, de concierto, de piscina, de paseo o de rumba, corriendo con el riesgo de tantos accidentes venéreos. Y así se va configurando el llamado “herbívoro”, al que ya no le interesa la mano a la presa porque con la sola mano le basta. Adiós, pues, a los amores carnudos.

Esto lo venimos percibiendo todos, todos los días, pero ya lo había formulado el psicólogo Philip Zimbardo, profesor emérito de la Universidad de Standford, quien ve con preocupación cómo algunos hombres viven en el mundo cibernético mientras las mujeres conquistan el mundo real. Y les aconseja se apersonen de la relación amorosa, que es más divertida en lo real calentorro que en lo cibernético sicalíptico, y que para empezar cuelguen los celulares y preocúpense por aprender a bailar.

Y aquí entra lo que ya traté en otro texto bastante antañón referido a lo que la tía Adelfa consideraba las cualidades de un buen prospecto de parejo: saber nadar, bailar y montar en bicicleta. Para ponerse a tono. Para disfrutar del cuerpo propio y del próximo. Había qué ver cómo pasaba uno de bueno en el Aguacatal, en Santa Rita y en el Meléndez. Y cómo echaba de rico paso en Juanchito, en el Séptimo Cielo y en el Danubio. Y cómo se ejercitaba en la cicla pedaleando a Salomia, que albergaba las muchachas más lindas de los barrios de Cali.

Claro que no había que quedarse en esas. Había que sumergirse bajo las olas de Dubrovnik con una dálmata, bailar la conga con las monumentales habaneras del Tropicana al son de Chuchito Valdés y arrastrarse en una de turismo por el pavé francés perseguido por Lucho Herrera, cuando comenzábamos a ser los duros de la Tour de France. Dirán que me paso de sofisticado, pero la sofisticada es la vida. Cuando uno logra cogerle el tiro.

De modo que no hay que darle motivos a la damisería para que piense que ya no quedan hombres ni para remedio, que los que no se casaron ni se mariquiaron se encerraron en sus aposentos a darse la buena vida con un celular y un computador. Porque sienten que son muy tímidos, y eso de manejar unas relaciones es cada vez más difícil.

No, mis muchachos. No les dejemos el botín a las lesbianas, que están cada día más alerta, ya no con la patológica envidia del pene proclamada por Freud, de unos pobres que pretendieron manejar el mundo y no pudieron hacerlo.

Hagan honor a los altos penes de Pompeya y a Príapo, el maromero. Tampoco dejen que los viejos aviagrados les tomen la delantera. Ni los gringos casamenteros por la internet. Con ese comportamiento, lo que están es estimulando el consumo de los penes de goma.

Me disculpan que no los acompañe en esa tarea, porque me estoy leyendo 'El libro de la lujuria', 'La confesión sexual de un anónimo ruso', 'Las memorias de una camarera', 'El tapiz del amor celeste' y 'El yate del amor perverso'. Mientras no los termine, nadie me va a mover de mi estudio.


Jotamario Arbeláez

jmarioster@gmail.com

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