Un circo en el destierro

Un circo en el destierro

La desgracia del circo Hermanos Gasca son sus animales.

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16 de febrero 2016 , 04:19 p.m.

La periodista Irene Selser vino a entrevistarme para el diario Milenio de la Ciudad de México, con motivo del centenario de la muerte de Rubén Darío. En la conversación, derivamos hacia un tema que me atrajo desde el primer momento: un circo en el destierro, con todos sus acróbatas, malabaristas, contorsionistas, trapecistas, payasos. Y sus animales.

Irene había viajado hasta Camoapa, un poblado del departamento ganadero de Chontales, en persecución de esa historia. Allí se halla en estos días el circo Hermanos Gasca, mientras tanto no levante su carpa para dirigirse a otro poblado según el itinerario que cumple dentro del país a lo largo del año.

Su intención era entrevistar a Renato Fuentes Gasca, el propietario. Pensé al principio que se proponía una nota de color sobre los circos andariegos que desde México se dirigen hacia Centroamérica y la recorren por meses; pero el asunto es otro: el circo Hermanos Gasca se ha quedado encerrado dentro de las fronteras de Nicaragua.

Desde niño uno aprende a medir la importancia de los circos por el tamaño de su carpa, y los más humildes no la tienen; sus funciones transcurren a la luz de la luna, y desde fuera, sin necesidad de pagar la modesta entrada, se pueden ver las vueltas de los trapecistas en lo alto de los parales. Pero la mejor medida son los animales. Mientras más exóticos y numerosos, mejor el circo. Los que son pobres contentan al público con perros bailarines, monos sabios, y cabras matemáticas capaz de sumar y restar con las patas.

Y la desgracia del circo Hermanos Gasca son sus animales. Igual que en México, en todos los países centroamericanos se han aprobado leyes que prohíben su presentación en las carpas circenses, conformes con la Declaración Universal de los Derechos del Animal: “Las exhibiciones de animales y los espectáculos que se sirvan de animales son incompatibles con la dignidad del animal”.

Este precepto, ardorosamente defendido por las sociedades protectoras de animales, obliga a clausurar los circos, como ya viene ocurriendo en muchos países, y los zoológicos entran en la prohibición; desde luego, exhiben a sus especímenes con fines recreativos.

No deja de resultar paradójico que en países como Guatemala, Honduras y El Salvador, con tasas de homicidio estratosféricas, se cuide con tanto celo y pulcritud la vida e integridad de leones y jirafas, mientras tanto el Estado no puede garantizar la vida de los seres humanos, víctimas constantes de asaltos a balazos, de las pandillas que asolan los barrios, y de las bandas de narcotraficantes.

En Nicaragua se aprobó en el 2011 una ley que, tras larga discusión, terminó por prohibir nada más “la crueldad, el maltrato físico, psíquico y emocional en la doma y prisión de animales...”. Por eso es que el circo Hermanos Gasca puede moverse libremente. El Gobierno, de conducta tan extraña en sus preferencias y animadversiones, se ha puesto del lado de los circos, y de sus animales.

El circo Hermanos Gasca tiene una pareja de elefantes, cinco tigres, camellos y caballos, a todos los cuales el dueño considera parte de su familia, y él mismo vigila su alimentación. Según sus palabras, sus tigres comen como en un restaurante de primera calidad.

No quiere deshacerse de ellos, y aun si así fuera, en Managua solo hay un pequeño zoológico, y los zoológicos no aceptan animales de circo, que solo atienden la voz de sus domadores. En México, al quedar en la orfandad, han tenido que ser sacrificados por decenas.

El Partido Verde de México, que encabezó el lobby para que se aprobara la ley, según un manifiesto firmado por intelectuales y académicos: “Permite, mediante concesiones en los lugares donde tiene capacidad de decisión, la minería a cielo abierto o la construcción de complejos hoteleros en áreas protegidas...”. Malos defensores tienen los animales.

El circo Hermanos Gasca recorre una y otra vez las mismas poblaciones de Nicaragua, y la novedad se va perdiendo. Son pueblos, además, generalmente pequeños y pobres.

Los elefantes son ya muy viejos. Y junto a los demás animales, morirán en el destierro.


Sergio Ramírez
@sergioramirezm

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