¿Por qué a los colombianos no les gusta dialogar?

¿Por qué a los colombianos no les gusta dialogar?

Experto analiza la dificultad colombiana de conformar una sociedad capaz de oír al otro.

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15 de febrero 2016 , 08:37 p.m.

Hay un lugar común que aflora, con orgullo, en todo colombiano cuando trata de hablar bien de su patria: “Este es un país donde se encuentra de todo: diferentes razas, ritmos, idiomas y dialectos. Un país con todos los climas; rico en flora y fauna; con dos mares y una gran cantidad de ríos, entre otras maravillas naturales”. Incluso se ha llegado a decir, muchas veces, que Colombia no solamente es rico en recursos naturales, sino que el colombiano, por naturaleza, es “recursivo” (recursividad que, en parte, hace que el país no se hunda del todo, pero que en muchos casos raya en la picaresca y la criminalidad).

Habría que volver a leer el cuento 'Que pase el aserrador', de Jesús del Corral, y la novela 'Los pecados de Inés de Hinojosa', de Próspero Morales Pradilla. O volver a ver 'El embajador de la India', de Mario Rivero.

Sin duda, según estas creencias, este es un país de una diversidad poco común sobre la tierra.

—En esta diversidad, traducida en polifonías, en multietnias, multilingüismos y abundancias naturales –que, usando un término del barroco, llamaríamos ‘plastifonías’– no aparece la sustancia básica para una convivencia más humana. Nos referimos a la cultura del diálogo en el carácter nacional. Por eso nos atrevemos a decir que Colombia ha sido un país más ‘plastifónico’ que dialógico. Veamos indicadores que nos llevan a conjeturar esta idea que, como conjetura, puede ser probada o refutada.

—En una simple conversación de dos colombianos, por ejemplo, nunca se sabe cuándo dicha interacción verbal es un diálogo o dos monólogos, en los que lo corriente es que aquello que el ‘otro’ dice está encaminado a impresionar al ‘uno’, y este último, de igual manera, está siempre preparándose para impresionar al ‘otro’, como si hubiera un ‘uno’ autista y un ‘otro’ blindado. Por tanto, jamás hay un verdadero diálogo. Es un fenómeno que se da en los medios, sobre todo en la televisión, donde aún es muy escasa la verdadera polémica, algo muy grave para cualquier cultura.

—La crítica en Colombia, sea en la política o en el círculo intelectual, es cada vez más crítica, especialmente en esta última actividad, donde al parecer no hay madurez de quien la hace y mucho menos de quien la recibe. El primero se va, lanza en ristre, cargado de intenciones personales (generalmente pasionales: no olvidemos que ser apasionado significa también padecer de algo), calificando o descalificando con adjetivos nada pertinentes (comentarios fuera de lugar); y si el que critica es profesional y sincero en sus comentarios, entonces el criticado le quita la palabra, dándole un portazo al diálogo y, es lo más seguro, fermentando para siempre un rencor de gánster siciliano.

Este es un país donde el cara a cara es un problema, pues ser demasiado sincero y frontal es sinónimo de antipatía y de ser políticamente incorrecto. Somos un país donde ser religiosamente diplomático y genuflexo es requisito para la supervivencia. Los verbos reptar y viborear son los menos conjugados, aunque en la realidad se haga todo el tiempo.

—También se ha dicho muchas veces que este es un país cuyos dirigentes y dirigidos no saben conjugar el verbo asumir y/o reconocer en primera persona (ni la del singular: yo asumo o reconozco… ni la del plural: nosotros asumimos o reconocemos…).

En el primer caso, el ‘uno’ le echa la culpa al ‘otro’ arguyendo que todo es un montaje del ‘otro’. Y lo peor: este ‘otro’ esgrime lo mismo. Podríamos decir que el cinismo es la única vanguardia que prosperó en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Recordemos la anécdota de Monsiváis: “Había un niño de nueve años que mató a sus padres y le pidió al juez clemencia porque él había quedado huérfano”.

En el segundo, es necesario que un colectivo, una sociedad, una corporación, institución, estado o país aprendan a conjugar estos verbos en la primera persona del plural. Vale decir: ‘reconocemos’, ‘asumimos’ o ‘aceptamos’. Más que un ejercicio gramatical o lingüístico, este es un acto que ayudaría a resolver muchos conflictos.

—También en nuestra tradición literaria, el diálogo no ha tenido una presencia fluida, constante y con carácter. Se está aprendiendo a dialogar, a manejar la conversación como elemento de lo dialógico, pues lo que siempre se había dado en ella era más un monólogo y no una fuente verdaderamente respirable, polifónica.

Nuestra narrativa ha sido asmática, autista, un eterno soliloquio. Más solipsista que coral. En este estilo, rescatemos 'La vorágine', de José Eustasio Rivera; 'La tejedora de coronas', de Germán Espinosa; 'El patio de los vientos perdidos', de Roberto Burgos Cantor; 'En diciembre llegan las brisas', de Marvel Moreno, y la obra de Héctor Rojas Herazo.

Rescatemos, con justicia, a Álvaro Cepeda Samudio, uno de los escritores que mejor y más usó el diálogo. Y, claro, a García Márquez, quien en 'Crónica de una muerte anunciada' nos muestra, de manera dialógica y polifónica, que cuando en Colombia no somos actores de la tragedia somos simples espectadores, pero jamás interventores para evitarla. Quizá el escritor colombiano, al usar muy poco la técnica del diálogo, esté justamente reflejando el que en nuestra cultura esta práctica es muy escasa. Nuestros escritores han sido fieles a la realidad.

Incluso, si de géneros se trata, se desprecia el cuento, el aforismo, el ensayo, el pensamiento (o fragmento) intempestivo. Se desprecia el teatro, género que de todos es el más epidérmico, catártico y directo para la formación de una cultura dialógica.

Tanto arribismo

Según todo lo anterior, este es un país con un paisaje y un marco exuberantes para vivir, pero donde sus actores, ya sean en la acción o en la comunicación (o más bien en la colisión cotidiana), viven todo el tiempo tratando de ponerse obstáculos, cuando no tratando de eliminarse para siempre (pues es sabido que si en Colombia no te eliminan físicamente, no te salvas de que te eliminen simbólicamente: también en Colombia han hecho carrera los sicarios del prestigio). No es exagerado decir también que dentro del país se han librado otro tipo de guerras civiles: entre escuelas, enfoques, disciplinas… Entre intelectuales, artistas, científicos sociales, humanistas; grupos que, se supone, son los más dialógicos, por no decir civilizados.

Por todo esto, pienso que sociólogos, psicólogos, antropólogos, educadores, comunicadores, historiadores, investigadores del lenguaje, analistas simbólicos deberían detenerse por un momento y mirar con circunspección el enfoque de sus investigaciones y observaciones para desentrañar nuestros sistemas de pensamiento, nuestra sensibilidad y alma colectiva.

El científico social y humanista en Colombia debe averiguar y contarnos –ya que este no es un problema solo del científico, sino de la sociedad civil– por qué este es un país de tanto arribismo, tanta endogamia regional, por qué está tan marcada la exclusión (económica, social y racial).

Por qué Colombia se resiste a salir de una mentalidad rural, en el sentido negativo y simbólico del término, pues indudablemente sigue siendo, administrativa y políticamente, un país rural: de rituales ampulosos, propios del cabildeo, del lameo –del verbo lamer– constante y rayano en la obscenidad, y donde muchas veces se resuelve hasta el más mínimo conflicto detrás del matorral o de la trinchera burocrática con un cálculo frío y despiadado. En algunos casos con una resolución irracional, confirmando y refrendando de esta manera manías y patologías a las que puede llegar toda clase de poder. Un país tan rural que el último siglo ha sido más de la barbarie que de la civilización.

Deberíamos seguir preguntándonos por qué nuestro país es terreno propicio para la polarización. Si se supone, como lo venimos diciendo, que Colombia es un país de infinitos matices, tonos y colores (plastifónico)… Sin embargo, un país donde a la hora de cualquier discusión sufrimos de una especie de acromatopsia crónica –como los habitantes de la isla de los ciegos al color, descritos por Oliver Sacks–, ya que, al parecer, solo podemos ver en blanco y/o en negro.

Memoria y desmemoria

Incluso: se ha llegado a pensar que este es un país que no tiene memoria (¡desmemoriados los que dicen esto!) Si no tuviéramos memoria no tendríamos tanto rencor ni tanto fetichismo peligroso, no se mantendrían (para que todo esto no suene pesimista) tejidos sociales que hacen que definitivamente el país no se destruya totalmente.

Debemos averiguar, mejor, qué clase de memoria tenemos, ya que respecto de un tema tan importante como la relación memoria y olvido deberíamos aprender a saber: qué memoria no debemos perder, cuál recuperar y para qué; y, del mismo modo, qué deberíamos olvidar y por qué, y, sobre todo, cómo.

Todo esto para tener meridianamente claro: qué tanto le aporta la memoria a la justicia, a la preservación de una tradición e identidad y de qué le sirve el ejercicio de la memoria y el olvido a la salud mental, afectiva y sentimental de una nación.

Es también ya lugar común decir que en Colombia no tenemos colectividad. Creo que lo que debemos averiguar es cómo y en qué circunstancias somos colectivos. Qué nos mueve y cómo, pues es verdad que somos una sociedad con una gran capacidad de movilización para el espectáculo, o somos una gran masa de públicos invisibles frente a lo inmediático (“instinto de rebaño”, es decir, nos reunimos alrededor y a través de todo tipo de medios, con obediencia y fetichismo de fanáticos), pero somos incapaces de movilizarnos en comunidad con intención solidaria (salvo en ciertas emergencias o en gestos cooperativos de comunidades minoritarias).

Deberíamos aprovechar esta nueva coyuntura –me refiero al diálogo que tiene como propósito el fin del conflicto armado– para hacer una reflexión más abierta y general, y pensar desde una perspectiva genealógica, cultural, social y simbólica cuál es nuestra identidad y autenticidad en materia de diálogo.

Dicho de otro modo, aprovechar la coyuntura, pero también desmarcarnos de ella, para, ante todo y en este caso no politizar esta reflexión y pensar en un sistema de educación en el que la (trans)formación del sujeto sea el eje fundamental. Donde ya no se considere al sujeto como un individuo solipsista, ególatra, ideal, descontextualizado, sino un sujeto que piense y actúe con, desde y para el otro. Es decir, un sujeto social, político y dialógico. Crear escuelas del sujeto, como pensaba Alain Touraine.

Lo que significa que debemos pensar en un proyecto educativo (formativo) más profundo para trabajar con las nuevas generaciones (niños y jóvenes) sobre cómo incorporar en nuestra subjetividad una cultura civilizada del diálogo: acostumbrarnos a que debatir, discutir, conversar, dialogar es fundamental para la salud social, política y mental de una nación.

También para pensar o indagar de manera más profunda de qué está hecha en realidad nuestra cultura dialógica, nuestras formas de interacción simbólica; en este caso, las genealogías y geologías de nuestra violencia simbólica, por ejemplo: un terreno –un iceberg– aún por explorar.

En este aspecto, sin duda, Colombia es un país con mucho por proyectar e investigar –en más de un sentido–. País que debe dejar de ser tomado como laboratorio para los demás. Que debe dejar de ser aprovechado como escenario para producir formatos como (tele)novelas, crónicas y películas –en algunos casos peor que mediocres– sobre nuestra violencia, sin el misterio y la verdadera conmoción que debe producir un relato profundo de nuestra realidad.

Es hora de conocer nuestro país, pero no solo enrostrándonos todos los días, de manera fetichista, el paisaje, los símbolos patrios, nuestra fauna, nuestros ríos y nuestros mares, sino la esencia verdadera a la hora de actuar con los demás. Sin esto, nuestro paisaje y nuestros exuberantes recursos naturales solo son bello escenario para los constantes combates, tanto en el campo de batalla como en el mismo campo donde se da nuestra vida cotidiana, la doméstica y aun la académica, que cada vez se va convirtiendo en una réplica o metáfora de lo que ocurre.

De otra manera, este seguirá siendo un país con diferentes razas, lenguas, dialectos, exuberancias naturales, productores y exportadores de melodramas, entre otras maravillas –que hemos llamado ‘plastifonías’–, pero donde lo dialógico no aparece por ningún lado.

“No se trata tan solo de que una sociedad que permite el diálogo sea por ello ‘civilizada’. Se trata de que se convierte precisamente en civilizada por el diálogo mismo”. Carlos Castilla del Pino, ‘La condición del diálogo’.

RODRIGO ARGÜELLO
Especial para EL TIEMPO

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