El padre Camilo

El padre Camilo

La humanidad es muy extraña cuando exalta a los hombres que se equivocaron de vida.

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15 de febrero 2016 , 07:23 p.m.

Como podrán suponer, antes de sentar cabeza muchos años después, yo también fui un devoto seguidor del padre Camilo. Camilo encarnaba para muchos veinteañeros de entonces como yo un nuevo Evangelio: el del Jesús que expulsó a los comerciantes del templo, y dijo que no había venido a traer la paz sino la espada. El evangelio da para todo. Para justificar crueldades, para llamar a la armonía ecológica de Francisco de Asís o para escandalizar a las buenas mujeres.

Recuerdo a mi madre el día cuando mataron a Camilo. Puso una cara larga, larga, cuando se lo conté, y dijo: yo no puedo comprender ya un mundo donde los sacerdotes andan con pistolas disparando contra los soldados. Yo creo que mamá comenzó a morirse ese día, al menos en sus mejores certezas. Empecinadas en que venimos de Adán y Eva y en que Darwin por sabio que fuera estaba equivocado contra su fe. Un cura convertido en asesino no cuadraba en sus cuentas de la historia. Aunque creció en los tiempos del obispo Builes, un cruzado que decía que el liberalismo es pecado mortal. Y que odiaba la novedad de los escotes en las mujeres, que entonces comenzaban a ponerse de moda embelleciendo el paisaje. Yo no sé si mamá sabía que Camilo Torres se dejaba seducir por las señoras, que se derretían por él. Ni yo se lo dije para no acabar de aguar sus esperanzas amargadas desde ese día.

Ahora, desde la cima –o la sima– de los años, porque ya uno no sabe si sube o si baja, yo tampoco comprendo muy bien al pobre padre Camilo. Ni me explico por qué le rinden homenajes. La humanidad es muy extraña cuando exalta a los hombres que se equivocaron de vida. Y cuando sacraliza el fracaso. Y le alza estatuas. Perpetuándolo.

Bolívar, que es el paradigma del fracasado, se llamó a sí mismo un majadero, rumbo al cumplimiento de su cita mortal en Santa Marta; y en la lucidez que dicen que antecede a la muerte se comparó con Cristo y con don Quijote. El empeño en reformar a los hombres y en construir el paraíso matando gente solo puede conducir al patíbulo o al destierro.

Pienso en la miseria de Ernesto Guevara huyendo como un ratón por las cañadas de Bolivia, sin aire, cagado en los calzones. Y en tantos otros de menos renombre que Camilo, que también hicieron de su vida un sacrificio inútil para merecer los elogios de los impotentes, de los desesperados de toda esperanza, de los incapaces para vivir. A veces esos vanidosos acaban siendo el motivo de una novela.

Un escritor argentino escribió la del tránsito de la momia de Eva Perón por este mundo. Y es posible que ahora mismo un novelista colombiano esté tomando notas para la novela del trasegar de los huesos del pobre padre Camilo por las fosas comunes, por osarios de pueblo, por camposantos militares, para redondear la paradoja, y por... El novelista tiene derecho a imaginar frente a las verdades oficiales. Para eso se inventaron las novelas. Para enmendarle (o enmerdarle) la plana a la realidad.

Y enseguida que venga lo bueno: la épica de los laboratorios en busca del ADN de algún tío para compararlo con el remanente en los últimos huesos de Camilo, si algo queda de esos rastros ancestrales después de las ilusiones del ego demente, la traición de la izquierda estalinista y las maquinaciones del comandante guerrillero celoso de la gallardía del cura, a quien se le hinchaban los pies en las marchas y era incapaz de llevar un fusil de 13 libras, acostumbrado a las camándulas y los breviarios. El novelista haga lo que quiera. Y aun puede convertir al cura en el hijo de un ángel, compadre del Espíritu Santo, para que la novela resulte poética como deben ser todas las buenas novelas contra los argumentos de los prosistas desmañados. Pero sobre todo no debe olvidar el toque de la compasión en su relato del melancólico episodio que fue el padre Camilo en la historia reciente de Colombia.


Eduardo Escobar

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