De obras y apellidos / Voy y vuelvo

De obras y apellidos / Voy y vuelvo

El reto de la administración de Peñalosa es mantener la confianza que los ciudadanos han depositado.

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13 de febrero 2016 , 07:03 p.m.

Ponerles apellido a las obras públicas nos está ocasionado más de un dolor de cabeza. Ya no estamos en los tiempos de antes, cuando bautizar un hospital, un colegio o un puente era visto como un homenaje a prohombres y mujeres que se habían destacado por sus aportes a la ciudad. La inquina, el rencor y el odio político nos está llevando a extremos que no se compadecen con la ciudad ni con sus ciudadanos.

Lo ocurrido esta semana es claro ejemplo de ello. Apelar a la más primitiva de las conductas para atacar un bien que nos pertenece a todos –como TransMilenio– a mansalva, sin medir las consecuencias, es demencial. Y que de esto hayan sabido con antelación reconocidos voceros de la ciudad y no hayan hecho nada para evitarlo sino que, por el contrario, terminaron casi que justificándolo, es inconcebible.

Duélale a quien le duela, TransMilenio es hoy por hoy la única obra sobresaliente que ha tenido Bogotá en medio siglo en términos de movilidad. Como lo será el metro cuando se termine su primera línea. Las viejas y nuevas generaciones podrán despotricar contra los buses rojos y azules de hoy, pero los primeros saben que las cosas eran mucho peores antes y los muchachos de ahora no vivieron esa historia, por eso les cuesta entender la diferencia entre el ayer y el hoy.

Dicho esto, es válido reconocer que al sistema TransMilenio lo aquejan males que la gente no tiene por qué soportar. No fue eso lo que le ofrecieron en sus inicios. Pero también es cierto que, como a las viejas casonas, a TransMilenio lo han dejado venir a menos.

Y ello no pasó por puro descuido. Irónicamente, el karma de TransMilenio pareciera ser su apellido. Todo el que se refiere a él, especialmente los políticos, lo asocia con Peñalosa. Me lo expresó el exalcalde Samuel Moreno en tiempos de su campaña y en términos bastante gráficos: “Cada vez que veo pasar un bus rojo, es como ver pasar una puta valla de Peñalosa”. Si eso es así, el sistema queda condenado.

Y esto sucede cuando las obras no se convierten en patrimonio de los ciudadanos sino de los mandatarios de turno. Seguramente lo mismo querían que pasara con Petro: que el metro quedara con su rúbrica, para que en el futuro esa asociación sirviera tanto para el recuerdo como para generar capital político.

Que yo sepa, hoy la gente habla del metro de Medellín, no del metro de fulano de tal, y se refieren al tranvía como el tranvía de Ayacucho, no el de Gaviria.

Golpear a TransMilenio es golpear al Alcalde en donde más le duele. Más allá de los reclamos por el mal servicio, hay una coincidencia de factores que llevan a ser mal pensados: donde mayor fuerza han tenido lugar las protestas es justo allí donde se prometió que pasaría el metro. Los trinos de las redes sociales son elocuentes: “No más TransMilenio, queremos metro”, decían algunos.

Hace unos meses escribí en este mismo espacio que la ciudad de hoy no es la misma que gobernó el actual burgomaestre hace tres lustros. Que 12 años de un modelo político hace mella en una ciudad desigual como Bogotá. Y que siempre será más efectivo el discurso de los opresores y los oprimidos que el que ofrece un nuevo modelo de ciudad. Y también dije que hace 15 años no existían las redes sociales, las mismas que hoy todo lo registran y difunden. La cuenta de cobro de un manifestante que es arrastrado por la Policía va directo al capital político del Alcalde, no del comandante.

Quienes están aprovechando las protestas de los usuarios de TransMilenio para infiltrarse y generar desórdenes y actos vandálicos tienen una consigna clara: mantener la polarización de la ciudad. Porque eso da réditos. Y es a eso a lo que no podemos apostar, porque serían otros cuatro años de tensión y parálisis. Pero vaya y explíqueles eso a los convocantes de las protestas, simplemente no entran en razón, porque aseguran que quieren aplicar la misma medicina que les aplicaron en el pasado.

En este escenario, tanto el mensaje como la forma con que la Administración quiera tomar decisiones –ya sean populares o no– requieren de una estrategia en la que siempre será bueno escuchar distintas voces, ir paso a paso, con un tema a la vez; explicar antes de actuar y convencer o, al menos, dejar la sensación de que no se actuó con soberbia. Y por supuesto, no convertir en sparring a contradictores que andan en busca de oponentes visibles para sus propios fines.

La confianza fue la gran ausente de la pasada administración. Y ese es un activo que, por ahora, pareciera seguir intacto en el nuevo gobierno. Preservarlo es el reto, so pena de repetir la historia.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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