Pagó 30 años de cárcel por 'sospecha de narcotráfico'

Pagó 30 años de cárcel por 'sospecha de narcotráfico'

Javier Marulanda, de regreso al país, narra la pesadilla que vivió.

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13 de febrero 2016 , 06:57 p.m.

“Yo supe lo que era el dolor psíquico, que es devastador por lo inefable. Uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes palabras para expresarte. Y tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento. Ya lo dice la sabiduría popular: fulanito se volvió loco de dolor. La pena aguda es una enajenación. Te callas y te encierras.”

Javier Marulanda me lee estas palabras escritas por la española Rosa Montero en el libro La ridícula idea de no volver a verte y me dice: “Yo me morí del dolor y conocí un sufrimiento más grande todavía que es el dolor que pude provocar a mis seres más queridos. Sufrimiento incontenible porque no sabía cómo transmitirles mi pesadilla: condenado a 30 años por un delito que no solo no cometí sino que jamás el fiscal norteamericano que me acusó pudo comprobar”.

Marulanda fue detenido cuando tenía 42 años. Un fiscal lo acusó de haber tenido la intención de importar de Colombia mil kilos de cocaína para introducirlos en Estados Unidos. Un tribunal de apelaciones, integrado por los jueces Choy, Sneed y Kelleher, revisó el fallo y lo halló contraevidente. Lo anuló por falta de pruebas. Lo que ocurrió entonces es lo que Marulanda narra en la siguiente entrevista.

La concedió al obtener su libertad, por pena cumplida. Ya tiene 72 años.

Miembro de una las familias más conocidas y admiradas de Pereira, Javier Marulanda es hermano de Iván, quien fue constituyente, senador, cofundador con Luis Carlos Galán del Nuevo Liberalismo y, luego, fórmula vicepresidencial de Horacio Serpa, como candidato a la jefatura del Estado.

Marulanda fue condenado simplemente por la “sospecha” de que iba a introducir un cargamento de cocaína. Revela que en la cárcel conoció a decenas de colombianos condenados a cadena perpetua, contrariando tratados entre las dos naciones.

“El 6 de octubre de 1989 fui arrestado en Miami en posesión de un millón de dólares en efectivo procedente de un grupo de los llamados contras de Nicaragua, adversarios entonces del sandinismo. Ellos tenían interés en conseguir un avión para su campaña política en las siguientes elecciones y para recoger oro y medicinas que tenían en Colombia en ese momento. Me contactaron a través de amigos en Miami, y de los cuales yo ignoraba que fueran de los contras”.

¿Por qué tenía usted el millón de dólares?

Porque los vendedores del avión exigían que el pago fuera en efectivo.

¿Tenía algún vínculo con los contras de Nicaragua?

Mi única relación con ellos era un amigo nicaragüense que tenía en Miami y quien me pidió que lo ayudara a conseguir un avión Aerocomander-1000. Se llama, o se llamaba, Danilo Blandón. Yo vivía en Miami desde hacía muchos años. Tenía el restaurante El Patacón Pisao, un café concert y un teatro de espectáculos.

¿Por qué vivía usted en Miami?

Vivía allá porque me desencanté de Colombia. Yo tenía una agencia de publicidad y un centro experimental de cine en Medellín. Además, manejaba la publicidad del grupo Ardila. Durante ocho años fui su asesor.

Le insisto: ¿por qué se va, si su estatus en Colombia era privilegiado?

Le explico: muy joven, yo estaba en un noviciado de los jesuitas, pero sufría de epilepsia y me comenzaron a dar ataques, por lo que tuve que salir del noviciado y me fui a estudiar a Estados Unidos. En esos meses comenzó este movimiento de los derechos civiles y de paz y amor, con los que yo simpatizaba. Con un compañero de la agencia, el camarógrafo Ivo Romani, creamos un proyecto de una escuela cinematográfica y la embajada alemana nos lo iba a respaldar; nos ofrecieron equipos siempre y cuando el Gobierno aprobara el proyecto. En ese entonces, el ministro de Comunicaciones era Gabriel Melo Guevara y no lo aprobó porque no era en Bogotá.

¿Y ustedes por qué pedían que fuera Medellín?

Ahí teníamos la sede. La negativa del Gobierno me creó mucho desencanto. Finalmente, no hubo ningún apoyo. Me decepcionó completamente ver que las circunstancias en el país no eran apropiadas para el cine, el teatro y la cultura.

¿Su frustración lo conduce a viajar a Estados Unidos?

El doctor Carlos Ardila me ofrece la jefatura de ventas de la organización en Colombia. En ese tiempo, el jefe era Óscar Gómez, a quien promovieron a la vicepresidencia. Yo no acepté, por mi manera de ser: no usaba corbata; me vestía con una maxirruana y sentí que no le serviría a la compañía. Me fui a Miami. Tenía muchos proyectos.

¿Con pasaporte de turista?

No. Yo tenía visa de residente porque allá estudié toda mi juventud.

¿Y qué hace en Miami?

Inicialmente trabajo en propiedad raíz. Fui uno de los primeros promotores de la renovación de South Beach. Establezco varios pequeños negocios, pero mi intención era crear una fundación para la paz en el mundo y promover una especie de desobediencia civil, contra el establecimiento, contra las armas, contra la violencia. Me instalé y, con el tiempo, fui haciendo amigos; en general, hispanos.

En ese entonces, la marihuana y la cocaína en Miami se comerciaban por intermedio de estudiantes y profesionales: abogados, odontólogos, médicos, artistas. Eran minitraficantes. Grupos de amigos que les vendían a otros amigos.

¿Usted se vinculó a ellos?

Sí. En una oportunidad, a una amiga mía le dijeron unos conocidos de ella que tenían amigos muy importantes que querían consumir. Que ayudara y pagarían muy bien. Unos amigos se enteraron de que ella estaba buscando droga.

A través de mí, la conocieron y se la ofrecieron. Yo fui a acompañarla en la entrega de la droga, a pesar de que yo tenía reservas. Cuando el encuentro se produce, nos arrestan y nos encarcelan a los dos. Los famosos clientes de ella no eran amigos sino federales.

¿A cuánto los condenan?

A mí, a tres años. A ella, menos. ¿Cargo? Posesión de un kilo de cocaína. Me llevan a Federal Correctional, en Tallahassee. Cumplo la sentencia y salgo en libertad condicional. Special Parole se llama esa libertad. Es muy estricta: no permiten salir del área y usted tiene que estar reportándose. Uno de los requisitos del Parole es que uno no puede tener contacto con nadie que haya tenido cualquier conexión con drogas o con actividad ilegal. Faltaban 20 días para terminar el Parole cuando sucedió el caso.

¿Qué es lo usted llama “el caso”?

Es esto: dos conocidos míos, Danilo Blandón y Jorge Alegría, nicaragüenses, quieren comprar un avión Aerocomander-1000, y me piden que se los ayude a conseguir. Un cliente de uno de mis restaurantes, manizaleño, de apellido Arroyave Agudelo, me dice que conoce a una persona que tiene un avión de esas características y me lo presenta. Se trata del señor Mario Munizaga.

Yo hablo con él y, evidentemente, dice que tiene el avión. Le digo que necesito verlo para saber si tiene las características del aparato que me pidieron. Acepta pero exige una fianza de un millón de dólares para que lo podamos probar. Le ofrezco una garantía bancaria. No acepta. Dice que tiene que ser en efectivo.

Yo hablo con los nicaragüenses y dicen que no tienen problema. Me entregan el millón de dólares en efectivo. Cuando le llevo el dinero al señor Munizaga, aparece la DEA (agencia antidrogas de Estados Unidos) y me detienen.

¿Con qué cargo?

Me arrestan por posesión de un millón de dólares. Me llevan a una estación de la DEA. Me golpean sin razón; solo decían que era colombiano y que les estaba matando a los niños. Me encierran y a los tres días me presentan cargos por conspiración para importar cocaína a Estados Unidos. Dicen que el avión era para traer cocaína de Colombia. Y dicen que con el millón de dólares traería mil kilos de cocaína. Me llevan a juicio en Phoenix, (Arizona) –no sé por qué ahí– y me sentencian a 30 años de cárcel por conspiración.

¿Pero la cocaína nunca existió?

No, nunca. El cargo de conspiración lo único que implica es que usted haya pensado y que se haya puesto de acuerdo en hacer un negocio. No tiene que haberlo realizado.

¿A usted lo único que le hallaron fue el millón de dólares?

Sí, pero, según ellos, ese dinero era para traer cocaína de Colombia.

¿Usted ni la negoció ni la compró ni la llevó?

Nooo. Nunca. A mí me juzgaron y me condenaron por algo que nunca sucedió. Yo cometí lo que hice antes, con mi amiga, y por ese delito estuve preso tres años. Pero el caso por el cual me condenaron a 30 años nunca se cometió.

¿A usted lo sentenciaban a 30 años de cárcel por suposición de narcotráfico?

Sí. Ese caso no fue real en lo más mínimo y está en todos los transcritos llenos de contradicciones y de falsos testigos, que aspiraban a rebajas de penas y a dinero.

¿Y el fiscal de su juicio con qué pruebas lo acusó?

No tenía pruebas porque no podía tenerlas. Estos casos sirven a los fiscales para promover su estatus y lanzar campañas políticas. Este Munizaga resultó ser un estafador; es chileno. Él ve la posibilidad del moiety claim, que es el derecho que se tiene de reclamar el 35 por ciento de lo que el Gobierno confisque, y lo logró.

¿Sus abogados no apelaron?

Sí, claro. Ante el tribunal de apelaciones. Y ese tribunal dicta una resolución que anula el juicio y la sentencia. Y según el fallo unánime del tribunal, no me pueden volver a juzgar, pero el gobierno federal apela. El tribunal rechaza entonces la apelación y confirma la decisión de reversar la sentencia, pero en esa nueva resolución omite el párrafo, que incluyó en la primera, donde prohibía la realización de un nuevo juicio. Esto lo considera el fiscal como aprobación de un nuevo juicio. Lo hacen y me condenan a 30 años, a pesar de que el tribunal de apelaciones había dicho que no existían pruebas reales para condenarme y por eso reversó todo lo actuado.

Ahí reaparece Mario (Munizaga), que busca el 35 por ciento del millón incautado. Vuelve a declarar contra mí. Le pagan el dinero: 350.000 dólares. Y confirman la sentencia de 30 años contra mí con ese testimonio.

¿Y quién se quedó con los otros 650.000 dólares?

Todo el millón de dólares lo tuvieron que devolver más interés. Y claro, eso los molestó muchísimo. Para el fiscal fue terrible porque, en otro juicio aparte que se realizó en Miami se demostró que no existió jamás la tal droga y se confirmó que era dinero legal para comprar un avión. Es como si usted compra una pistola, por su seguridad, pero lo detienen y lo acusan de que esa arma es para matar a alguien. Y lo condenan por sospecha. El juicio por el cual me sentenciaron a 30 años es totalmente falso. Me condenaron por ser colombiano.

¿Usted no se declaró culpable ni aceptó ningún arreglo?

No. Me ofrecieron el arreglo por cooperación, pero yo a quién iba a delatar.

¿Entonces, qué ocurre?

Mire, en el primer fallo, el tribunal dice que no hay evidencia de que yo haya cometido nada ilegal. En la segunda, después de la apelación del gobierno, no dice que no hay jurisdicción para juzgarme otra vez; lo dejan en el aire. Sin embargo, el fiscal no acepta perder un juicio porque para un fiscal es gravísimo, y vuelve el proceso. No me permitió siquiera presentar como evidencia el fallo de la corte de Miami en el sentido de que tanto el dinero como la operación eran legales. En el juicio en Phoenix me condenaron, esta vez, a cadena perpetua; apelamos y el juez tuvo que retractarse de la perpetua, pero mantuvo los 30 años.

¿Qué piensa de todo esto?

Que la guerra contra las drogas y la prohibición es una violación de los derechos fundamentales y de la libertad individual, y que la guerra está pérdida. Mire: los Estados Unidos han convertido la guerra contra las drogas en un genocidio. En EE. UU., la guerra está enfocada contra los negros y los hispanos; es herramienta de control social, político y económico, que se está usando contra los países latinoamericanos y en estos países están creando un descontrol y una inestabilidad sin precedentes. Eso está subvirtiendo el orden público en todos los sentidos.

¿Durante estos 30 años en la cárcel encontró usted muchos colombianos?

Claro, pero lo que se ignora es que hay muchos con cadena perpetua y otros con condenas desproporcionadas, tal como lo reconoció el presidente Obama. Yo no los conté uno a uno, pero hay más de cien condenados a muerte lenta, dando vueltas en un patio. Conocí, por ejemplo, a unos muchachos de Buenaventura que los condenaron porque habían cometido tres ‘crímenes’: poseían una dosis de consumo personal; segundo crimen, la compartían y el tercero, porque alguna vez negociaron unas pocas onzas de crack. Fueron condenados de por vida.

¿Y qué piensa usted hacer?

Me propongo originar un movimiento por internet para conseguir la repatriación de los colombianos detenidos y que, caso por caso, se analice. Lo que está ocurriendo es muy triste. Les niegan a las familias, a los padres, a los hijos el derecho de ver a sus familiares presos. Es una violación inhumana de todos los derechos. Hay allá gente humilde que entró al negocio de las drogas porque no tenían otra solución y están condenados a muerte lenta.

La justicia americana es una farsa. Cuando usted es colombiano y lo detienen, ya está dictada la sentencia. Con juicio amañado e ilegal, como el que me condenó. O sin juicio, como le ha pasado y les ocurre a tantos compatriotas que llenan hoy las prisiones de ese país.

Sitio en Facebook de Javier Marulanda: Repatriación y derechos humanos.

YAMID AMAT
Especial para EL TIEMPO

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