El acoso de la palabra

El acoso de la palabra

El uso del lenguaje para ofrecer productos o servicios se convierte en una estrategia de mercadeo.

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12 de febrero 2016 , 11:58 p.m.

En cualquier parque, bodega, tienda, almacén, centro comercial, cafetería y hasta en las aceras y calzadas de nuestras ciudades, el asedio y el acoso de los vendedores o de los artistas casuales son permanentes. Muchos de ellos ya se han posesionado de “su” semáforo, donde muy cerca vuelan pelotas, bastones o aros; hay brazos y cuellos tensionados (con venas brotadas y todo), así como piruetas y equilibrios… Otros más alquilan “sus” espacios públicos con expresiones como “bien cuidadito, patrón” (¿todos tendremos cara de Pablo Escobar?) o “déjelo ahí, madrecita”, mientras una dama parquea un vehículo. Algunos acuden al “colabóremen”, como estudiante que pierde cinco materias y está en semestre de prueba. Y eso que por ahora dejaré de lado las “atenciones” que reciben ciertos visitantes a las zonas turísticas de Cartagena.

Esos recursos informales de mercadeo cambian en otros ambientes, pero los propósitos se mantienen: $. Para lograr sus objetivos, el vendedor, en general, sigue aprovisionándose de una gran cantidad de aplicaciones retóricas en las que claramente el lenguaje parece un mayordomo disfrazado de atenciones afectadas, donde los tonos almibarados, las palabras exageradamente articuladas, las construcciones sofisticadas y el rebuscamiento en el diálogo confunden a los interlocutores, que piensan hallarse frente a un androide preprogramado. Si se le interrumpe, este cuadriculado parlanchín debe retomar la perorata desde el comienzo para impulsarse de nuevo.

Cuando el asedio es telefónico, aparecen saludos con una fuerte dosis de melaza, que lleva a pensar en que los oídos bien podrían padecer de diabetes si se acepta tanta adulación junta: “¿Cómo ha estado, señor? ¿Bien? ¿Sí? Me alegra mucho. Lo hemos pensado bastante…”. Son voces con tanta “cortesía” que, de entrada, ya generan desconfianza, sobre todo en estos tiempos de oportunismo y porque proceden de auténticos desconocidos: cómo pueden fingir un afecto que desde el principio se sabe que no existe.

Luego de una introducción para contextualizar, de esas bocas aparecen ofertas para aprender una nueva lengua, para enderezar la tapa de la olla de presión, para adquirir créditos de libre inversión, para viajar al Caribe en vacaciones, para pagar a cuotas cinco metros de morcilla, para contar con nuevas tarjetas de crédito, para adelgazar con el reductor “Bulímico Chancho”, para obtener nuevas aplicaciones en los dispositivos electrónicos de comunicación, para adherir los trozos de la cáscara de un huevo, para remodelar la casa con facilidades de pago, para remontar las chancletas y hasta para conseguir seguros de vida, como si fuéramos inmortales.

En esos discursos se derrama una cantidad ilimitada de palabrería barata, tan larga como vacía: “Hemos emprendido a futuro unas adiciones porcentuales que se asignarán a cabalidad una vez considerados los datos registrados en conformidad con las demandas itinerantes de los servicios asumidos, como corresponde a las excepciones aplicadas para los clientes que hayan retribuido en los más recientes periodos una cifra igual o superior a la cartera en depósito, de acuerdo con las marcadas tendencias del mercado y a la regulación internacional de la oferta embargable, que, no obstante, puede tomarse como una opción sujeta a estudio, que tendrá como beneficiarios a quienes, junto con usted, prescindan de alternativas comerciales que les permitirán acceder a descuentos a tratar en proporción a las necesidades que cada uno demuestre, siempre y cuando encajen en las medidas previstas en el estatuto, que de manera clara hemos expuesto, así como las transparentes alternativas aquí presentadas”.

Los estupefactos oyentes, con la boca semiabiaerta, se esforzarán por creer que esa lengua que suena es el español, pero que se entiende con la misma claridad que el marciano, si existiera ese idioma (con los galicismos subrayados). La actitud pasmada de ellos se incrementará porque apenas podrán comprender que exista alguien tan falto de autenticidad y tan carente de iniciativa: no puede expresarse por sí mismo; busca más impresionar que comunicar; es una grabadora circular que no habla, sino que recita; repite términos sin saber qué significan; ignora si hay ofensa o elogio en sus palabras. Y, en últimas, obtiene un resultado inesperado: convertirse en la representación plena de la ridiculez.

Por enésima vez: “La sencillez llevada al extremo se convierte en elegancia”, y aquí añadiríamos: “La petulancia extrema lleva a la insignificancia”. El auténtico comunicador es aquel que logra llevar de manera efectiva, precisa y clara el mensaje que pretendió transmitir. Y ese proceso está muy apartado del contenido de esa frase atribuida a Harry Truman: “Si no puedes convencerlos, confúndelos”.

Con vuestro permiso.

Jairo Valderrama V.
Profesor de la Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

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