Tras la huella del cura que un día se fue para el monte

Tras la huella del cura que un día se fue para el monte

Habla Ramón Fayad Naffah, quien organizó el tributo que rinde la Unal al padre Camilo Torres.

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12 de febrero 2016 , 08:14 p.m.

No conoció a Camilo. Lo vio dos veces, de lejos. En un corredor de la Universidad, levantándose la sotana y sacando de su pantalón la pipa que fumaba, y en el lanzamiento del Frente Unido, su organización política.

Recuerda, como si fuera ayer, que el 15 de febrero de 1966, cuando se conoció la noticia de la muerte de Camilo, su papá dijo: “Mataron a ese sacerdote que se fue al monte. No sabemos a cuántas personas confesó por allá”.

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“Tomémonos un tintico y hablemos de Camilo” es la frase que más ha repetido Ramón Fayad Naffah en los últimos meses. Encargado por Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional, para coordinar, con un grupo de profesores, la conmemoración de los 50 años de la muerte del padre Camilo Torres Restrepo, son muchas las personas que ha visitado y a quienes ha acudido en la búsqueda de las huellas del sacerdote.

Algunas de las tareas que ya ha hecho, en compañía de jóvenes entusiastas que trabajan largas jornadas con mística (alguno de ellos no sabía quién fue el sacerdote), son: una semana académica, una gran exposición que irá hasta junio, la Cátedra Manuel Ancízar durante 16 semanas en el León de Greiff, y la conformación de un Centro de Pensamiento, que aspira a que se institucionalice.

Fayad Naffah (nacido hace 68 años en Bogotá, de padre de Honda, Tolima, y madre facatativeña), se enorgullece de que sus abuelos paternos y maternos vinieron del Líbano. Exrector de la Nacional, entró en 1975 y trabajó hasta pensionarse; ahora que está de regreso no se cambia por nadie. Físico y matemático de profesión –durante años dictó biofísica a estudiantes de medicina– se confiesa un historiador frustrado.

Tal vez por ello, cuando Mantilla convocó a un grupo de académicos para organizar este aniversario, Fayad se lo tomó muy en serio y comenzó a desempolvar uno que otro recuerdo del sacerdote y de la época, y para la segunda reunión fue quien llegó con más cosas para mostrar. Por eso lo señalaron todos como Coordinador. Coordinación sin un solo peso, solo sorpresas, abrazos y mucho café.

¿Cuál fue el objetivo central de esta conmemoración?

El de trascender la etapa de Camilo como cura guerrillero. Esa fue mi posición. Un punto de vista que no es original, muchos lo han expresado, pero mi idea fue compartida por unanimidad y creo que este fue otro de los motivos para hacerme coordinador. El cura guerrillero es, tal vez, la faceta que más ha trascendido. Para muchos es un trofeo, un ejemplo por seguir. Para otros es un sacrilegio, pecado mortal. Y para algunos más, símbolo de delincuencia. En etapas de nuestra historia, tener la foto de Camilo equivalía a ser simpatizante de la lucha armada.

¿Por qué Camilo es importante?

Varias razones. Entre otras, Camilo se doctoró en Lovaina con una tesis de grado que se convirtió en libro sobre el proletariado en Bogotá; hizo una especialización en Minnesota y fue rector allá de un colegio formador de sacerdotes. Creó, ahí también, una organización estudiantil y trabajó con obreros. Regresó a Colombia, fue uno de los fundadores de la Facultad de Sociología de esta universidad, uno de sus profesores más estimados y capellán por un par de años.

El Cardenal Primado le pidió que renunciara y lo relevó de sus funciones de profesor y guía espiritual, pero a su vez lo nombró su representante en la junta directiva del Incora, lo ayudó para que fuera decano en la Escuela de Administración Pública (Esap) y lo hizo párroco en la iglesia de La Veracruz. Cargos que Camilo desempeñó con brillo, dejando huella imborrable. Su acompañamiento a los integrantes de las nacientes juntas de acción comunal fue fundamental para que se robustecieran. Trabajó con los obreros del barrio Tunjuelito. Fundó el Frente Unido, con la idea de convertirlo en partido político que les disputara seguidores a los partidos tradicionales. Generó una esperanza de cambio y muchas cosas más que no cabrían en esta página.

Este era el crucifijo del padre Camilo Torres Restrepo. Foto: Claudia Rubio / EL TIEMPO

¿Cuáles fueron sus primeras fuente de indagación?

Cogí el libro de Joe Broderick, una de las biografías más completas. Comenzaron a aparecer nombres como el de Galo Burbano, muy cercano a mí, exrector de la Pedagógica, director ejecutivo de Ascún. Recordaba que él me había contado que acompañó a Camilo en su primera reunión, con un comando del Eln. Retomé este contacto. También tomé el trabajo del sociólogo Fernando Cubides, uno de los miembros del Comité, sobre personajes de la época de Camilo, fundamentales en toda esta reconstrucción.

Ha tenido muchas sorpresas, ¿cuál ha sido la mayor?

Tal vez la que me proporcionó Leonor Muñoz, amiga de tantos años. Sabía que ella había sido del grupo más íntimo de Camilo, pero nunca conversamos al respecto. No podía creer cuando me mostró la sotana que Camilo le dejó cuando se fue a la guerrilla, y su pipa y el Cristo que lo había acompañado tanto tiempo, objetos que harán parte de la exposición. Del mismo modo, las anécdotas y recuerdos que me compartió con generosidad y que contará en público.

¿Y otra entrega así de emblemática?

La de la socióloga Magdalena León de Leal. Mientras tomábamos café en su casa, sacó de un cajón una maravillosa acuarela que pintó Guillermo Páramo, exrector de la universidad, quien fue su alumno en antropología y un día, al terminar el curso, con las notas ya entregadas, se la regaló. Ella la guardó y ahora la cedió, y es la portada de las invitaciones y del programa académico. Guillermo no podía creer que ese dibujo suyo existiera. Recuerda el episodio de manera distinta. Dice que se la vendió, a muy buen precio, a su profesora.

¿Alguna de esas personas cercanas a Camilo no era conocida suya?

Sí. Emma Araújo de Vallejo, prima segunda de Camilo, quien, sin haber sido amiga de él, tiene muchos recuerdos de Isabel, madre de Camilo. Nos prestó un par de libros editados en Bélgica, en francés, con texto inéditos de Camilo, y compartirá un recuerdo único de la época de Lovaina, porque ella vivía en Bruselas y pasó algunos fines de semana con Isabel y Camilo. También Antonio Hernández Gamarra, exministro de Agricultura y excontralor, quien fue activista estudiantil muy importante y muy cercano a Camilo. No tenía ni idea.

¿Más sorpresas?

Sí. La de Gustavo Pérez, de 87 años, que fue sacerdote católico, compañero de Camilo en el Seminario, en Lovaina. Compartieron trabajo social académico, laboral y turístico en Bogotá. Lo trajimos de Ecuador, donde vive. Él escribió el libro 'Camilo, profeta en su tiempo'. La mitad del libro está dedicado a narrar cómo montaban en moto, dónde tomaban café en Bélgica, como eran las fiestas a las que iban, donde Camilo encantaba, cantaba y tocaba guitarra. Lo encontré después de una investigación larga que comenzó en los archivos de la Fundación Alejandro Ángel Escobar, continuó con la charla con Sonia Cárdenas, secretaria por mucho tiempo de este Premio, quien me dio el teléfono de Gustavo Pérez, hoy vicepresidente de la Academia de Historia de Ecuador. Se despidieron de Camilo en 1965, en octubre, luego de una larga controversia que Camilo cerró diciéndole que la continuarían en el monte, pero Gustavo le dijo que no, que no había la menor posibilidad.

La pipa que fumaba Camilo durante su vida de sacerdote. Foto: Claudia Rubio / EL TIEMPO

De esa etapa de Camilo guerrillero, ¿qué encontró?

Testimonios absolutamente confiables de personas que lo vieron en Bogotá en diciembre de 1965, o sea que parece que su paso por la guerrilla fue de 41 días, como me lo aseguró una de sus colaboradoras en el Frente Unido. Ella se llama Rosa Stella Hernández, la compañera de Julio César Cortés, estudiante de medicina, presidente de la Federación Universitaria Nacional (FUN). Ella dice que Camilo reunió a sus más allegados y les dijo que presentía que lo iban a matar, que tenían que dispersarse y algunos, desaparecer de la escena. Camilo le consiguió a Rosa Stella, sicóloga de profesión, una beca para estudiar un posgrado en Polonia y le regaló de despedida un chaleco negro que usaba a diario.

¿Qué más datos recogió de esos días?

Volví a la proclama de por qué se había ido para el monte, publicada el 7 de enero de 1966. Es una etapa de su vida muy confusa porque no hay documentos ni muchas personas que den testimonio. Habría dos: Fabio Vásquez Castaño, que está en Cuba, y Nicolás Rodríguez, ‘Gabino’, pero no sé si quisieran hablar. Encontré dos personas que me aseguran tener información fidedigna al respecto. Un exguerrillero que dice haber sido de su columna y que vio cuando Camilo cayó, y un exmilitar que asegura haber estado en el batallón del Ejército que los atacó. Dos testimonios que se deben contrastar para poder publicarlos.

¿Alguna información nueva sobre los restos de Camilo?

Sí. En la misa ecuménica que inaugura la Semana, el lunes 15 de febrero, Monseñor Darío Monsalve, arzobispo de Cali, quien ha liderado, desde hace mucho tiempo, la búsqueda de los restos de Camilo, tratará el tema en su homilía.

Por lo que he hablado con él, no es cierto, como se ha dicho, que el Eln le exigió al Presidente que los restos de Camilo tendrían que aparecer para empezar las negociaciones o que el presidente Santos haya designado una comisión para que los busquen. Monseñor Darío sostiene que los cadáveres de todos los caídos se tienen que recuperar en esta etapa del posconflicto. No puede haber más NN.

La misa ecuménica, con la participación de líderes de diferentes confesiones religiosas, constituye un homenaje a las 443 semanas en las que Camilo fue sacerdote. El cardenal Rubén Salazar no asistirá porque ya tenía un compromiso. Él delegó en el padre Manuel Alí, que acababa de ser nombrado obispo. También participará el padre Javier Giraldo, uno de los sacerdotes que más han luchado por el cristianismo y los derechos humanos.

¿Qué temas se tratarán en la Semana de Camilo, en el auditorio Alfonso López Pumarejo de la Nacional?

Una de las primeras conferencias es la de Joe Broderick, para que cuente cómo hizo el libro, por qué destacó unos testimonios y desechó otros. Otro tema importante y novedoso será conocer el ambiente en que nació Camilo, con quiénes se relacionó, cómo era la sociedad bogotana en su época, a cargo de José Luis Díaz-Granados, con muchas verdades y algunas fantasías, propias de un escritor como él. Otro de los tertulianos será Carlos Castillo, quien me dijo de entrada que hacía 25 años había jurado no volver a hablar de Camilo Torres, porque ahora todo el mundo decía que había sido amigo personal y no quería desvalorizar la amistad que tuvieron, pero cuando le fui contando cómo se desarrollaría la Semana, aceptó. Muy serio me dijo que no podía eludir la responsabilidad histórica de contar sus vivencias.

¿Cuáles son su balance y su mayor satisfacción?

Diría, por todo lo que he leído y conocido sobre Camilo, que él es una de las figuras más importantes del siglo XX en Colombia. Lo más satisfactorio de mi trabajo ha sido el descubrimiento de tantas personas que guardan su relación como uno de sus mejores recuerdos. Pero una de las mayores satisfacciones es el contacto que hemos tenido con todas las organizaciones estudiantiles de esta universidad, con los activistas políticos, a los que invitamos a participar y todos dijeron sí. En la inauguración de la Cátedra, el sábado pasado, no hubo ninguna nota disonante, todo el mundo fue muy respetuoso. Descubrir el cariño que estas nuevas generaciones le tienen al padre Camilo ha sido muy impactante.

¿Alguna persona a la que no pudo contactar?

Sí, a François Uthar, de 93 años, profesor de Camilo en Lovaina y quien guarda muchos recuerdos de esa época. Será para más adelante.

MYRIAM BAUTISTA
Especial para EL TIEMPO

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