Fatigas íntimas

Fatigas íntimas

Por aparecer, 'Terceto', nueva obra de Pablo Montoya, Rómulo Gallegos 2015

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12 de febrero 2016 , 05:28 p.m.

Los apuntes son al escritor cual los bocetos al pintor y los arpegios al musicante: trazos, signos y notas rápidos, nerviosos, lúdicos. Unas veces orgiásticos, otras orgásmicos. Y, aun en el malogro, siempre lúdicos. Los une ser ejercicios de taller, pues pintar, escribir y musicar son también artesanía. Son los fatigas íntimas que afianzan ideas, exploran argumentos, definen poéticas. Son oficios, los tres, no tan antiguos como el del alfarero, pero de igual valor, pues conservar la memoria, narrar la historia y contar el mundo con signos, trazos y sonidos es tan relevante como modelar el plato para disponer las viandas y la odre para trasegar el vino. Y alimentar el cuerpo es vital como nutrir el ánimo. Tal cual soñar: la libertad, el amor o la tragedia.

Si bien es reciente la publicación de ‘Tríptico de la infamia’ (Random House, 2014) -esa gran novela que en Colombia hace coro con ‘Los parientes de Ester’, ‘En diciembre llegaban las brisas’, ‘La ceiba de la memoria’ y ‘Dionea’, esa novela grande que ha sido galardonada, sin engaños o política alguna, con el Rómulo Gallegos 2015-, es inminente la aparición de ‘Terceto’, siempre por Random House, el nuevo tríptico de Pablo Montoya, compuesto por ‘Viajeros’, ‘Trazos’ y ‘Programa de mano’, escritos en tres décadas de labor artesanal en su atanor, donde forja el verbo.

1985 fue el año cuando afinaba el oído entre partituras, descalabros y conciertos y, a la sazón, flautista en Tunja, Pablo “quería escribir una breve y poética historia de la música, mas la empresa sobrepasaba en demasía a ese neófito escritor que yo era entonces”. 1995 fue el año de París, navegando a la deriva, y con nuevos sueños que cristalizan ‘Viajeros’, “como una breve y poética historia del viaje”; esa década de aulagas, de pobre diablo en París, cuando Pablo tenía como única certidumbre ser un escritor y cuando realizaba el doctorado en la Sorbona con una tesis sobre Carpentier. 2005 fue el año de ‘Trazos’, que para Pablo es: “mi breve y poética historia personal de la pintura”, mientras que educaba el ojo en los museos de toda Europa. Y atendiendo a las palabras de Da Vinci, Baudelaire y Paz, aprendía el valor de la poesía muda y la pintura ciega. 2013, de nuevo residente en Colombia, es el año de ‘Programa de mano’, “un intento de pesar en la balanza de la escritura poética a la inasible música”.

El ‘file rouge’ de estos fragmentos de vida y esperanza es “la base histórica que los sustenta y la atmósfera poética que los alienta”. Más –añado yo– la alegría y el amor por la humanidad y la belleza. Mientras tanto, en el aula de la Universidad de Antioquia esparcía conocimiento. Mientras, en la soledad absoluta de la hoja en blanco, Pablo bosquejaba cuentos, redactaba novelas, lucubraba ensayos y componía poemas: desgarrados, exactos, dolorosos. Como es en el taller y en los días del escritor, el pintor y el musicante. Allí donde se le hurtan al universo los fragmentos que componen nuestras vidas y hacen este libro: en la desesperanza, sin prestar flanco a la desesperación: donde el poeta atalaya la epifanía del deseo. Y la proclama.

Fabio Rodríguez Amaya

 

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