Shakespeare

Shakespeare

Fue autor de 38 obras dramáticas de las cuales 25 son reconocidas como clásicas.

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12 de febrero 2016 , 04:52 p.m.

Diez días después de bajar a la tumba el otro ingenio de su talla, don Miguel de Cervantes, falleció en su ciudad natal, Stratford, William, el tercero de los hijos del carnicero John Shakespeare. Vivió 52 años, de los cuales la mitad los empleó trabajando como dramaturgo y actor en Londres. A los 18 años estaba casado y a los 28 ya era famoso en Londres como actor y autor en el ambiente teatral de la ciudad.

Autor de 38 obras dramáticas de las cuales 25 son reconocidas como clásicas, el genio inglés, además, escribió poco más de un centenar y medio de sonetos en posesión de múltiples estilos.
Su biografía queda relatada mejor en sus dramas y sonetos en los que revela su vida pública y, sobre todo, su vida íntima y secreta. Durante esa época vivida hay un salto entre la relativa prosperidad del largo reinado de Isabel y el impopular régimen de Jacobo I.

El poeta cortesano representaba sus obras ante los reyes y los nobles, así como ante el pueblo grueso, como dueño de su propia compañía y socio de teatros como el Globo. Pronto, sus ingresos se multiplicarían y se convertiría en un acomodado terrateniente de su región. Mientras tanto, sus amores desgraciados y su experiencia vital tumultuosa le inspiraron los dramas y los sonetos arrebatados de pasión por ambos sexos. Sabemos que no solo amaba a un muchacho distinguido, sino a una dama oscura, como también es segura su animadversión por los abogados, los puritanos y los críticos de su época.

Pero lo que de veras importa es que escribió la mejor poesía y la mejor prosa de lengua inglesa; no solo es el padre de esa lengua, sino el inventor de toda la sensibilidad moderna. Se lo debemos todo en materia de sentimientos hasta el punto de que todos nosotros fuimos reinventados por él. Todos somos Hamlet como todas son Ofelia, y el libro de la realidad está contenido en las Obras Completas, como exclama su ferviente devoto y autor del ‘Canon Occidental’.

Muchos han llegado a dudar de la autoría de sus obras, como el inventor del psicoanálisis, quien se los adjudicaba al Conde de Oxford, y otros han puesto en duda la verosimilitud de sus dramas, como Tolstoi, quien sentía falso su arte por mantenerse ajeno a la vida. Pero, ¿quién se ha sentido ajeno al drama existencial de Hamlet, de ser o no ser, o ausente de los celos de Otelo o del sentimiento amoroso de Lear o libre de los fantasmas de poder y terror de un Macbeth?

Cuando leemos o vemos sus tragedias o comedias, sentimos que estamos ante el más grande tragicómico de la historia y que nuestra vida ha sido anticipada por sus actores. La vida representada como una gran obra de teatro hace pensar a Macbeth que la historia es “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”. Pero, además de ver que la vida tiene un fondo siniestro, también es sentida por el dramaturgo bajo el sentimiento de lo sublime, como el de otro rey Lear, capaz de amar aun en la derrota y la amargura. Porque, al fin de cuentas, todo en la vida es desigual y todo modo de vida no es más que un trozo de literatura.

Ciro Roldán Jaramillo

Profesor de la Universidad Nacional

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