Maestro de modernidad

Maestro de modernidad

Ubicación de Danilo Cruz en la Colombia de la incipiencia filosófica MODERNA.

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12 de febrero 2016 , 11:13 a.m.

Para situar a Cruz Vélez en la historia cultural colombiana es pertinente referirnos a la generación a la que perteneció y al significado que ella tiene. Le correspondió formarse intelectualmente en un período en el que el Estado colombiano asumió la tarea de modernizar las instituciones educativas y culturales, en especial la universidad pública.

Las reformas promovidas por los gobiernos de la República Liberal (1930-1946) produjeron un cambio radical en los estudios superiores, en especial de las ciencias sociales. Un cambio que fue favorecido por la presencia de un grupo de intelectuales y académicos europeos que había inmigrado a Colombia para protegerse de las persecuciones de las que eran víctimas en sus países de origen. Alemanes adversos al régimen nazi, en su mayoría judíos, y españoles republicanos le dieron en aquellos años un clima de cosmopolitismo a nuestro mundo cultural, ambiente que nunca antes había tenido y que desapareció pronto pero dejando una huella indeleble. Estas inmigraciones fueron un fenómeno nuevo en la historia de Colombia.

También hay que reconocer que no tuvieron la amplitud de las que por la misma época se produjeron en otros países latinoamericanos, con tradiciones muy receptivas de personas con formación cultural diferente a la nuestra y de credos religiosos distintos al católico. Con su participación en la cátedra universitaria y en la prensa nacional, Colombia empezó a modificar su actitud frente a las propias tradiciones, pues ellos trajeron nuevos nombres de científicos, pensadores y escritores, así como nuevos temas y orientaciones para el estudio de las ciencias sociales, que ayudarían a superar nuestro tradicional atraso en el campo de pensamiento.

Un estudio de su presencia arrojará resultados positivos sobre su participación en nuestro desarrollo educativo y cultural durante el siglo XX. Son nombres que llegaron a tener pronto una autoridad en nuestros medios académicos y a quienes se les deben cambios esenciales en el tratamiento de las disciplinas que eran de su especialización. Sin duda, sus actuaciones en la cátedra y en la prensa ayudaron a modificar nuestros hábitos relacionados con la sensibilidad y las maneras de comprender y de relacionarnos con el saber científico. Algunos de ellos con una amplia trayectoria en sus países de origen, al llegar a Colombia se vieron en la necesidad de reorientar sus tareas de investigación ante la penuria de nuestros recursos bibliográficos y, en general, académicos, una reorientación que dio inicio a nuevas maneras de enfocar ciertas áreas de estudio y a inaugurar otras desconocidas en nuestro mundo universitario y cultural.

En la cátedra, en artículos de periódico, en charlas de café o a través de la orientación personal, ese grupo de inmigrantes formó la generación que dio comienzo en Colombia a estudios realmente científicos de las disciplinas que tratan de la sociedad y la cultura. Todos estos, entre quienes podemos citar como ejemplos a Jaime Jaramillo Uribe, Virginia Gutiérrez de Pineda, Orlando Fals Borda, Luis Flórez, Rafael Gutiérrez Girardot, entre otros, pertenecieron a la generación que nació en 1920 o años cercanos a esta fecha, y que irrumpe en la vida nacional al finalizar la década de 1940 o a comienzos del decenio de 1950. En todos, es fácil percibir el mismo propósito de responder a los problemas del “mundo actual”, de cuestionar un pasado que no había logrado situarse en las corrientes de pensamiento que en Europa y América estaban cambiando radicalmente los objetivos, y el tratamiento conceptual y temático de la cultura académica en sus diferentes ramas.

Ese grupo coincide en el tiempo con la generación de escritores y artistas que se relaciona con Mito, la revista que con los años ha venido a convertirse en la publicación que mejor representa el espíritu de la época a la que me refiero. Hablando justamente de la revista de Gaitán Durán, Héctor Rojas Herazo, uno de sus colaboradores, afirmó que “por primera vez una generación cuestionaba a su país y se cuestionaba a sí misma”, para concluir que el afán de “esclarecimiento” era lo que en realidad caracterizaba el grupo generacional al cual él mismo pertenecía. Es sin duda un juicio acertado, pues esa actitud de “esclarecimiento” es la que define no solo a los escritores y artistas plásticos que rodearon a Jorge Gaitán Durán en su empresa editorial, sino a quienes iniciaron la renovación de los estudios sociales en Colombia. En estos estudios es más evidente la actitud a la que se refiere Rojas Herazo.

Para ubicar generacionalmente a Cruz Vélez, debo recordar, además, que en la década de 1940 surgió en Colombia un fenómeno nuevo: el cultivo de la filosofía, particularmente de la filosofía contemporánea, como una profesión enmarcada dentro del “común cauce cultural” y no únicamente como una actividad pedagógica o como el instrumento encargado de justificar programas políticos o doctrinas religiosas. El auge de la industria editorial en los países hispanoamericanos que había iniciado la divulgación masiva del pensamiento contemporáneo, y el impacto que ejerció entre nosotros la personalidad intelectual de José Ortega y Gasset, crearon un clima propicio para la recepción de la filosofía del siglo XX. En concordancia, debo recordar que por la misma época en que Cruz Vélez inicia sus amistades con los poetas de entonces, otras relaciones, las de un grupo de jóvenes interesados en la filosofía, le habrían de ayudar a encontrar el camino hacia esta disciplina. La creación, además, del Instituto de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, en 1945, le ofreció la posibilidad de incorporarse a él como docente. Fueron siete años de profesorado que se convirtieron en su verdadero aprendizaje de la filosofía. Allí, en ese centro académico, un pequeño grupo conformado por Rafael Carrillo, Cayetano Betancur, Abel Naranjo Villegas y Cruz Vélez se impuso la tarea de introducir en Colombia nuevos temas y nuevas maneras de estudio de la filosofía, que en esos años de mediados del siglo XX estaban en auge en Europa, en especial en Alemania. Eran corrientes filosóficas de las que se conocía muy poco, si exceptuamos a Henri Bergson de cuya lectura, por lo demás, no ha quedado una presencia memorable en la historia cultural colombiana.

Debo precisar el anterior aserto y para esto recordaré lo que sucedía en Colombia con la educación, sobre todo con la enseñanza de disciplinas como la filosofía, que es la que más interesa en este momento. A diferencia del resto del continente, donde la filosofía contemporánea se abrió paso en polémica con el positivismo que se había impuesto desde el siglo XIX, en Colombia, la aparición de las nuevos movimientos filosóficos significó un abandono, sin que se hubiera dado un debate o una discusión previa, de la tradición neotomista que monseñor Rafael María Carrasquilla había impuesto desde su cátedra del Colegio del Rosario. El positivismo colombiano, o “filosofía experimental”, como se la llamaba en los años finales del siglo XIX, había prácticamente desaparecido a comienzos del siglo XX, tras un prolongado debate filosófico en el que sus críticos se apropiaron de instrumentos conceptuales procedentes de diversas escuelas, en general de tradición católica. El concordato que firmó el gobierno colombiano en 1887, al conceder a la Iglesia Católica el control del contenido de la enseñanza, desterró de los planes de estudio cualquier pensamiento que se considerara contrario a la doctrina cristiana, entre ellos el positivismo, que coincidía con “el materialismo ateo”, según la opinión de Marco Fidel Suárez. El neotomismo prolonga su predominio hasta pasada la década de 1930, aunque hay que reconocer que ya en algunos ensayistas como Baldomero Sanín Cano y Luis López de Mesa se observaba una actitud distinta de la adoptada por Carrasquilla: a los dos escritores citados se les debe en buena parte la secularización del pensamiento en Colombia y, por consiguiente, el tratamiento de los problemas sin referirlos al cuerpo de doctrina de la Iglesia Católica.

Pero la verdadera ruptura con la tradición neotomista está representada por tres pequeños libros de filosofía, aparecidos todos en la década de 1940: ‘Lógica, fenomenología y formalismo jurídico’ (1942), de Luis Eduardo Nieto Arteta; ‘Ambiente axiológico de la teoría pura del derecho’ (1947), de Rafael Carrillo, y ‘Nueva imagen del hombre y de la cultura’ (1948), de Danilo Cruz Vélez. Los temas estudiados y los procedimientos teóricos seguidos señalan las nuevas corrientes de pensamiento que en el país aparecen en escena: la fenomenología de Edmund Husserl, en especial la orientación que le dio Max Scheler, y la teoría pura del derecho de Hans Kelsen…

José Ortega y Gasset, Nicolai Hartmann, y Max Scheler fueron los filósofos de quienes Cruz Vélez recibió mayores estímulos durante su etapa de iniciación en los estudios filosóficos. Su primer libro, ‘Nueva imagen del hombre y de la cultura’, tiene la impronta del último de los filósofos citados, sobre quien llegó a afirmar que fue la mayor influencia que recibió en aquellos años, y que la lectura de ‘El puesto del hombre en el cosmos’, de Scheler, constituyó el momento de su “instalación en la filosofía”. El interés por Ortega y Gasset, en cambio, fue superado con los años: es notoria la poca huella que en sus escritos se encuentra de la lectura del autor de ‘La rebelión de las masas’, a quien sin embargo profesó hasta el final de sus días una franca reverencia. En ‘Tabula Rasa’, estudia su significado para la cultura española de ambos continentes, valorando con mesura la tarea que asumió de conducir a España por la ruta del pensamiento europeo contemporáneo hasta situarla a una altura digna de la edad moderna…
En cuanto a Martín Heidegger, los escritos de Cruz Vélez, antes de su viaje a Europa, ofrecen poquísimas referencias sobre su interés al respecto. Sin embargo, ya se había impuesto entre la comunidad filosófica el juicio de ser el filósofo más original del siglo XX, con quien se iniciaba un nuevo punto de partida en la historia del pensamiento filosófico, de la misma importancia que la revolución de Descartes en el mundo moderno. Su viaje a Alemania tuvo el propósito de profundizar en su estudio y su trabajo filosófico posterior está definido por la influencia heideggeriana (…)

Rubén Sierra Mejía

 

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