Picasso Manía

Picasso Manía

En la capital francesa, muestra sobre cómo Picasso determina la plástica contemporánea.

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12 de febrero 2016 , 11:01 a.m.

Hace siete años, el Gran Palacio de París presentaba la exposición ‘Picasso y los maestros’, en la que se exhibieron unas 200 obras que daban cuenta de cómo el artista español había bebido y asimilado las lecciones pictóricas y estéticas de grandes nombres como El Greco, Velásquez, Goya y Courbet, entre muchos otros. Ahora, en ese mismo espacio, se lleva a cabo la muestra Picasso.manía, que pretende mostrar cómo los artistas posteriores a los años 60 han establecido fértiles diálogos e intercambios entre sus obras y las del genio que fue Picasso.

Picasso.manía exhibe más de 400 piezas (en los soportes más variados: pintura, video, escultura, películas, fotografías, instalaciones, etc.) y de ellas, alrededor de 100 son del artista malagueño. Es una exposición tan amplia que, de no estar organizada temática y cronológicamente, el recorrido sería interminable y hasta confuso. No obstante, los curadores tuvieron especial cuidado en darle coherencia con un montaje acertado que combina obras de Picasso con las de otros 76 artistas, como Andy Warhol, Jean-Michel Basquiat o Jeff Koons, para hacer evidente el impacto de Picasso en la creación contemporánea.

Sin embargo, no se puede olvidar que, si bien tras la Segunda Guerra Picasso se convirtió en el genio artístico moderno por excelencia, “este reconocimiento del público llegó cuando el arte contemporáneo se reconciliaba con un vanguardismo cuyos valores, encarnados en Marcel Duchamp, chocaban con la desbordante subjetividad, la notoriedad mediática y el éxito comercial de Pablo Picasso”, según se explica a la entrada de la muestra.

Y a pesar de esa tensión, el carácter visionario y el estilo vehemente de Picasso se impusieron irremediablemente y desde aproximadamente 1973, cuando se empezaron a llevar a cabo en el mundo entero exposiciones monográficas y colectivas en su nombre, muchos artistas alrededor del mundo rescataron, citaron, respondieron y lo homenajearon en sus obras.

Los curadores no se conformaron con exhibir una y otra obra aislada que hiciera alguna referencia al español. Fueron concretos y ambiciosos; por eso, a algunos artistas contemporáneos como David Hockney, Jasper Johns, Rineke Dijkstra y Martin Kippenberger les dedicaron salas monográficas enteras.

Por eso, los montajes Polaroid y las imágenes de videos en multipantalla de David Hockney permiten ver la referencia al cubismo de Picasso y a su exploración de un espacio con multitud de focos. Lo mismo sucede con los artistas pop: Lichtenstein y Errό, quienes a principios de los 60 fijaron la imagen arquetípica de la pintura de Picasso.

Por supuesto, también se pueden ver algunas de las variaciones que se han hecho de ‘Las señoritas de Aviñón’, como el lienzo ‘Sin título’ (2006), de Sigmar Polke, en el que posan seis mujeres en ligueros y ropa interior.
Y aunque el original de ‘Guernica’ no se trasladó para esta exposición, sí se puede encontrar en toda una sala una lectura de lo que ha significado históricamente esta obra maestra que se ha convertido en ícono social y político universal. Una muestra de ello es la contundente obra de Adel Abdessemed: ‘¿Quién le teme al lobo feroz?’ (Who’s Afraid of the Big Bad Wolf?) (2011), un enorme retablo en el que un sinnúmero de cabezas y garras de animales disecados atemoriza con su expresión salvaje y depredadora.

Ese contrapunteo entre pasado y presente o, más bien valdría decir, entre Picasso y los contemporáneos permite ver el legado infinito del pintor malagueño. Aun así, los curadores hicieron una apuesta adicional y dedicaron una parte de la exposición a mostrar momentos claves que fueron contribuyendo a conformar el llamado ‘mito Picasso’. Por eso se pueden ver también fragmentos de películas en las que cineastas como Jean-Luc Godard y Orson Welles le rindieron homenaje, o la cinta ‘El Misterio Picasso’ (Le Mystère Picasso) de 1955, que Henri-Georges Clouzot le dedicó a su vida.

Como si fuera poco, también se exhiben páginas de revistas y documentales de televisión que testimonian la figura política e intelectual en la que se convirtió, cuando tras la guerra mundial se comprometió con el Partido Comunista francés y con el Movimiento por la Paz. Eso, sin dejar a un lado su faceta de celebridad, que adquirió gracias a los ecos de su vida sentimental y al hecho de instalarse en una lujosa vivienda de la Costa Azul, cuando el turismo y la alta sociedad se daban cita allí.

En síntesis, una muestra que trata de abarcar el mito en su posteridad, pero sobre todo el genio y su manía de pintar, pues no en vano, cuando en una entrevista le preguntaron si seguiría pintando por mucho tiempo, no tuvo reparos en responder: “Sí, porque para mí es una manía”.

Melissa Serrato Ramírez

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