De la protesta a la barbarie

De la protesta a la barbarie

Los actos de destrucción contra TransMilenio son reprochables y deben ser condenados con vehemencia.

11 de febrero 2016 , 08:58 p.m.

El derecho a la protesta es uno de los valores insignes de cualquier democracia. Nuestras normas constitucionales lo proclaman y defienden, comoquiera que representa una garantía para el Estado de derecho y la sana convivencia. Protestar es legítimo, y las autoridades han de velar por el cumplimiento de dicho mandato.

Ahora bien, las manifestaciones que se derivan de la protesta también tienen un límite. A través de ellas no se pueden pisotear los derechos de las mayorías ni se puede incitar a la violencia, el vandalismo o el pillaje. Y eso fue lo que pasó esta semana con el saboteo al sistema TransMilenio, de Bogotá.

Una aparente manifestación de usuarios inconformes con el servicio terminó convertida, extrañamente, en una reyerta con fuerzas del orden. Oscuros personajes con megáfonos fueron apareciendo en medio de la trifulca, incitando a la desobediencia civil, con pancartas, ubicados de manera estratégica a lo largo de la troncal Américas y, lo peor, armados de piedras con las que destruyeron buses, estaciones y humildes viviendas.

Estos actos son reprochables y merecen ser condenados con vehemencia. Porque, además de la destrucción física, se puso en riesgo la vida de hombres, mujeres y niños que se hallaban a bordo de los articulados. Y, tanto como esto, sorprenden el silencio cómplice y la condena tímida de ciertos sectores políticos que, con lemas como ‘la rabia digna’, terminan propiciando interpretaciones que justifican acciones como estas en quienes, además, amenazan con repetirlas en el futuro.

Bajo ninguna circunstancia son aceptables esta actitud ni la confusión que se ha querido generar publicando fotos falsas tras lo sucedido. TransMilenio adolece de dificultades, es cierto, y la gente tiene derecho a reclamar una mejora que la Alcaldía está en la obligación de brindar. Pero lo que no puede hacer carrera es que, por las vías de hecho y respondiendo a oscuros intereses, se quiera desviar la protesta social para convertirla en barbarie. A la Administración hay que darle un compás de espera, pues resolver un problema agravado en la última década no se consigue en un mes ni en una jornada de pedreas.


editorial@eltiempo.com

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