25º

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Pelear por Petro o por Peñalosa son puras ganas de pelear.

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11 de febrero 2016 , 07:45 p.m.

Todo el tiempo pasa lo que se sabía que iba a pasar, pero lo de Bogotá es obsceno e inverosímil: la crónica de una mezquindad anunciada. Todo parecía indicar que, si por fin era elegido alcalde otra vez, el alucinado Enrique Peñalosa dedicaría sus primeros días de gobierno a desconocer, a desenmascarar, a desmontar lo hecho por su antecesor: su electorado, un respetable 33 % de los votos que sin embargo es un 33 %, le pedía que como un general sin ejército rescatara a la capital de las garras de “la izquierda”. También era de esperar que cuando dejara la alcaldía, apenas se viera en piyama con su megáfono de agitador de pequeñas masas, el reñidor Gustavo Petro hiciera lo que fuera –así fuera lo último que hiciera– para hacerle imposible la vida a su sucesor: su electorado, ese respetable 32 % en las urnas del 2011 que llegó al 2015 convertido en un 32 % de imagen positiva, lo llamaba a que defendiera la tierra de todos y todas de la aplanadora de “la derecha”.

Se sabía que iba a suceder, pero no deja de ser decepcionante que suceda: el 33 % grita “mamertos ineptos” al mismo tiempo que el 32 % pregona “fachos ladrones”, enloquecidos, todos, por esta Bogotá a 25º, como en cualquier país tropical de los 70.

Peñalosa ha sido Peñalosa: en apenas un mes ha sido tanto celebrado como abucheado por cometer a la brava, a la antigua, la inaplazable recuperación del espacio público; por echar atrás, dueño de Bogotá e irresponsable, “el metro de Petro”, que será un alimentador del maltrecho TransMilenio o no será; por inventarse una serie de experimentos con la movilidad que recuerdan los remedios peores que las enfermedades de su antecesor; por agradecerle a san Pedro, él, tan técnico, que haya apagado el incendio de los cerros; por repetir en la cara de los ambientalistas serios que la reserva Van der Hammen no es más que “potreros ordinarios”; por desconocer todo lo que se hizo por la cultura en estos doce años; por insistir, en fin, con el tonito que sabemos –el peor mal de los emperadores de acá–, en que todo el que se queje es que no sabe.

Petro ha sido Petro: viudo de poder, en este enero eterno, pesimista e hirviente, ha sido tanto respaldado como negado tres veces porque les ha recordado a estos patrones tecnócratas que ni “estatal” es una mala palabra, ni la función del Estado tiene por qué ser “hacer buenos negocios”; se le ha convertido a su sucesor en una pesadilla desde el primer minuto de un gobierno que está más que a tiempo de ser bueno; ha hecho parte, él, tan sabido, tan al día en lo que no se hizo en los cuatro años pasados, de una marcha de indignados que acaba de oír que estos neoliberales de cemento están cerrando jardines infantiles por doquier; ha caído en la tentación de menospreciar a sus enemigos igual que sus enemigos lo menosprecian a él: con sus propias versiones de los hechos, con sus propias cifras que vaya uno a saber.

Pelear por Petro o por Peñalosa son puras ganas de pelear, puras ganas de regodearse en la frase “no lo dejaron gobernar...”. Si uno lo piensa un rato, ahora que ha bajado la temperatura en Bogotá, la verdad es que desde hace mucho tiempo hemos vivido atrapados entre esos dos temperamentos: entre el líder pragmático pero sordo y el opositor crítico pero paranoico. Y es hora de que estos alcaldes mesiánicos, que creen que sus caprichos, por suyos, son más técnicos, dejen de gobernar para su 32 %, su 33 %. Tendría el 100 % que caer en cuenta, porque no es más ni es menos que un hecho, de que a esta alcaldía aún le quedan 47 meses menos pedantes, menos ansiosos, menos asfixiantes, para hacer las cosas bien. Pero todo parece indicar que nos hemos acostumbrado a que en esta ciudad no se viva sino se pague una condena.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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