Crónicas sobre barrios

Crónicas sobre barrios

El Benjamín Herrera de Bogotá

11 de febrero 2016 , 07:09 p.m.

Me cuesta trabajo creer que todo fue así. Podría dudar de los hechos y los lugares. Pero si. El barrio Benjamín Herrera de Bogotá fue asi. El Benjamín Herrera. hacía parte de los llamados Barrios Unidos. Estaba ubicado al noroccidente de la ciudad. Sus comienzos pueden ser la metáfora de todos los barrios populares de la ciudad. Y también, por qué no, la imagen fundadora de barrios de igual condición: campesinos arrastrados a la ciudad en Ecuador, o Perú o Brazil.

Los barrios vecinos tenían un sello común. La historia de sus inicios podría relatase de la misma manera. Con el mismo ritmo lento y temeroso. Alumbrado por los milagros del ingenio y la improvisación. Estos barrios eran Las Ferias, San Fernando, Doce de octubre, con antecedentes muy diferentes a los que llegaron después el barrio Modelo del Norte y La Estrada.

Así que su historia estuvo enmarcada por los mismos signos. La misma astrología. La ciudad era un espejismo para los pobladores del campo. Viajaban en trenes atestados de gente, cargados de lo que habían sido sus bienes terrenales; atados de pollos, canastos de huevos a punto de empollar, quesos, almojábanas y golosinas, de las que la ciudad aún conserva algunos lejanos recuerdos.

El barrio se fue creciendo con gente venida de lugares indescifrables al comienzo. Su traje lo decía. Vestido de tres piezas, incluído, claro, chaleco de seis botones. Corbata de listas vinotinto. El sombrero de paño de colores oscuros, había reemplazado a su tradicional sombrero de jipa de colores claros, abrazándolo, cinta de luto sin saber por qué.
Eran campesinos. Venidos desde varias regiones, especialmente Boyacá y los Santanderes. Abandonaron sus campos, sus cultivos de frutas sus animales, huyendo de la guerra entre entre cachiporros y chulavitas. Venían a la capital en busca de fortuna. Sin llegar a descubrir qué era tal cosa, porque tuvieron que medírsele a lo que les ofreciera la ciudad.

Naturalmente era necesario estar lo más cerca uno del otro para protegerse del frío que descendía de los cerros de Monserrate y Guadalupe. Se inventaron las primeras casas de inquilinato, en donde cabían todos y donde había de todo. Sus habitantes aprendieron pronto el arte de la sobrevivencia y se convirtieron, en cosa de dos décadas, en albañiles, mecánicos, latoneros, ebanistas y uno que otro ladroncito de bicicletas, que se abastecían en barrios de gente mejor acomodada, Teusaquillo, Palermo, Chapinero. Con esos oficios se ganaban lo de su mercado semanal, su libra de arroz y su panela. Y la media canasta de cerveza para el partido de tejo.

Por sus calles fueron apareciendo talleres de modistería, zapaterías, talabarterías y la infaltable tienda de la esquina. La de doña Inés que tenía que fiarle a todo el mundo. Había un punto de referencia para los que comenzaron a hacerse a su primer yin y sus primeros zapatos mocasines. Ese punto de referencia era el teatro Rosario. De allí nacieron los ídolos: Jeff Chandler, Victor Mature, Tyron Power, Cary Grant. Mas allacito apareció luego el teatro Fausto, que trajo a los nuevos ídolos, Tony Curtis, Rock Hudson, Burt Lancaster. Y las inolvidables estrellas Gina Lollobrigida, Marilyn Monroe, Claudia Cardinale, Natalie Wood.

Los primeros partidos de fútbol se los jugaron, los muchachos de entonces, en el potrero de enfrente del barrio: un Zahara cubierto de polvo y piedra. Los arcos eran demarcados por dos montones de cascajo. Allí se produjeron las primeras "víctimas" de la pasión desatada entre los hinchas de Millonarios y Santa Fe. Esos primeros hinchas se cultivaron en esos fragorosos partidos. Se jugaban hasta las diez de la noche, alumbrados por los postes del alumbrado público. Por irónica razón esos craks en potencia, no nacieron en este barrio, porque esa cancha donde pudieron darse, como en el caso de Pelé, jugadores de pata al piso, fue allanada por las máquinas que pasaban para iniciar la construcción del estadio Nemesio Camacho El Campín. Después, una amenaza, que había comenzado diez años antes, se hizo realidad y levantaron esa cancha improvisada, para que pasara lo que tendría que pasar: la avenida anunciada (terminó llamándose "Avenida Ciudad de Quito").

El fútbol se traslado al callejon, en medio de las dos cuadras del barrio. Este también debió desaparecer invadido por los Mercury y los Chevrolet y los Ford de los talleres de mecánica callejeros. Y luego las ventas de repuestos se llevaron los vestigios de la única sancochería que albergó el Benjamín Herrera.
Toda esa fue una historia que habría de convertirse en un sueño para una novela. Una nostalgia.

 

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