Los viajes de la música

Los viajes de la música

Por Alonso Aristizábal

11 de febrero 2016 , 07:07 p.m.

Fabio Martínez es un escritor para esta época, escribe de manera constante y publica contra viento y marea tras los lectores que piden sus palabras. Sabe que su trabajo debe ser luchando contra los imposibles como la guerra de un hombre solo. Sus libros aparecen en pequeñas editoriales de España y Colombia, su manera de seguir adelante con su mensaje de sueños y realidades con una aguda visión como en el caso de Los viajes de la música. Resalto esto porque me parece que su obra corresponde no solo al conocimiento y la experiencia sino también a la necesidad de expresar lo que ve y siente dentro del contexto de la cultura nacional y universal como intelectual que encuentra allí su misión. Ha escrito varias novelas fantásticas que todavía el lector colombiano debe descubrir. En esta oportunidad digo que me gusta este libro por su significado y su gran ejercicio de síntesis casi pedagógica para las nuevas generaciones, con muchas y admirables precisiones, la claridad y concreción de manual para neófitos. Por ejemplo, afirma que la música es la viajera de las artes. Ojalá obras como esta llegaran a los ojos y oídos de la Ministra de Educación urgida de llenar la mente de la juventud con contenidos definitivos para su futuro. Es un ensayo sobre música, como los escritores que no dejan de pensar en su medio, la manera de hallar su raíces y abrirle al lector las puertas del mundo. Creo que un poeta hubiera escrito un gran poema con esta historia que tiene mucho de entrañable por la relación con la épica que canta la cotidianidad y define la vida de un país en un momento determinado. Es una lección de las más admirables que pueden dar los escritores cuando se atreven a meterse en el modo de pensar de una cultura para que sus contemporános se adentren en sus caminos. A fin de buscar los orígenes africanos de aires como el currulao, se remonta a La Habana, a Ciudad de Panamá y a Buenaventura. Anota que de la música nació la rica poesía del canto afrocubano de los bogas y los negros de las plantaciones de caña. Está allí la influencia del romance español que viene del siglo de oro, que como dice se divulgó de pueblo en pueblo, de taberna en taberna. Agrega que los negros se expresan a través del tambor, y que la llegada de los navíos se anunciaba con su repique. Así habla de lo que llama fusiones musicales, el son cubano, la cumbia colombiana y el samba brasileño. Luego pasa a los cantos espirituales, blues y jazz. En este recorrido cuenta de la princesa negra que según Jorge Isaacs, fue arrancada de su tribu y llevada como esclava primero a Cuba y luego al Darién de Colombia. Otra forma de reiterar el significado de María dentro de la cultura colombiana. Están allí Candelario Obeso, los cantos de minería, para terminar en el porro como si fuera el final de un recorrido. Sin embargo, no se queda ahí porque tendría que derivar también en ritmos como el currulao que aparece a modo de centro de este relato. Es su devoción aunque no puede dejar de referirse a los otros ritmos caribes tras el sentido totalizante de quien entiende la cultura como un proceso universal.

 

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