La paz sin los 'elenos'

La paz sin los 'elenos'

Un acuerdo con las Farc que no incluya al Eln puede tener consecuencias fatales para el posconflicto

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11 de febrero 2016 , 06:56 p.m.

Es casi increíble a lo que han conducido 25 meses de diálogos exploratorios con el Eln.

Pese a media docena de anuncios de que la agenda de conversaciones está lista y la negociación, a punto de empezar, lo que ocurre es exactamente lo contrario: el Eln ha convocado un ‘paro armado’ para el cincuentenario de la muerte de Camilo Torres, vuela oleoductos, ataca instalaciones militares, sigue secuestrando civiles y llevándose uniformados e insiste en un cese bilateral de hostilidades, mientras el Gobierno le dice públicamente que lo está dejando el tren de la paz y promete enfilarle todas sus baterías.

Veinticinco meses. Cuatro veces más tiempo que el que invirtieron el Gobierno y las Farc, entre febrero y agosto del 2012, para convenir la agenda de La Habana. Y nada. O peor: al cabo de todo ese tiempo, y pese a los acuerdos que han logrado en torno a una agenda común, las partes siguen mostrándose los dientes y crece la perspectiva de que se llegue a un acuerdo final con las Farc sin abrir la negociación con el Eln.

Puede decirse que el Eln no tiene (¿aún?) la convicción de que el fin de la negociación es dejar las armas y pasar a la política. Puede asumirse que este grupo no es un ejército centralizado, sino una federación de frentes y que a algunos de los más fuertes, como el Domingo Laín, negociar no los convence. Puede hasta sostenerse, como alegan los ‘elenos’, que la demora no es solo de ellos, sino del Gobierno.

Pero a estas alturas las explicaciones de por qué no se ha podido iniciar la negociación son, en el fondo, irrelevantes. Si un proceso con ellos no se concreta –y poco indica que así vaya a ocurrir pronto–, las consecuencias para el posconflicto pueden ser funestas.

Un Eln en pie de guerra complica extraordinariamente la implementación de un cese bilateral de hostilidades con las Farc en algunas regiones. ¿Cómo se haría en el Catatumbo, en Chocó, en Nariño, en la Bota caucana o el bajo Cauca para adelantar grandes operaciones militares contra el primero y mantener la tregua final con las segundas?

Complica, también, el paso de las Farc de las armas a la política. El Eln sería un tentador aeropuerto alterno para disidentes o rearmados. ¿Y qué tal si termina reeditando contra desmovilizados de las Farc una ofensiva como la que estas mismas desataron en Urabá en los años 90 contra los del Epl y su movimiento político Esperanza, Paz y Libertad, que costó la vida de cientos de ellos?

Sin el Eln, el cierre del conflicto armado sería incompleto y las posibilidades de reciclaje de la violencia, más elevadas. Ya hay síntomas. En zonas de Nariño, por ejemplo, donde las Farc se han replegado para preparar sus tropas para el fin de la guerra, el Eln (y otros grupos) han ocupado velozmente los espacios libres. Probablemente, el Eln reforzaría sus vínculos con el narcotráfico: por algo, varios de sus frentes han sobrevivido en zonas a las que se ha desplazado la economía cocalera, como Catatumbo, Nariño, Chocó.

Todo esto pone una nube sombría sobre el posconflicto. Y es un argumento potente para resistir todo cambio en la doctrina y el tamaño de las Fuerzas Militares, en las que no faltará quien opine que, como sigue una guerrilla, debe seguir la guerra. Habrá pie para seguir estigmatizando la protesta social como ‘infiltrada’ y tachar de ‘guerrillero’ al contradictor... En fin, la ‘culebra’ del conflicto armado y sus secuelas quedará disminuida, pero viva.


* * * *

Hay quienes llaman a los ‘elenos’ a ser ‘razonables’ y a considerar la ofensiva militar que se les viene encima si se quedan al margen. Pero no hay que olvidar la tentación cristiana del martirio: mantenerse como la última guerrilla de América Latina refuerza la narrativa épica que tan bien ilustra la consigna con la que firman sus comunicados: ‘Nupalom: ni un paso atrás, liberación o muerte’.


Álvaro Sierra Restrepo

cortapalo@gmail.com
@cortapalo

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