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Sotanas con fusil

Sotanas con fusil

Prólogo a Curas y Obispos belicosos de Edgar Bastidas Urresty

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de febrero 2016 , 06:42 p. m.

En su Introducción a La Comedia Humana, Honoré de Balzac se declara monárquico y católico, con muy buenos argumentos, a los que la genialidad del colosal escritor les da un peso convincente, aunque los hechos lo contradicen.

“El hombre dice el novelista inmortal no es bueno, ni malo. Nace con instintos y aptitudes; la sociedad, lejos de depravarle, como ha pretendido Rousseau, lo perfecciona, lo vuelve mejor; pero el interés le desarrolla también sus malas inclinaciones. El Cristianismo, y sobre todo, el Catolicismo, que como ya lo he dicho en El médico rural, constituyen sistemas completos de represión de las tendencias depravadas del hombre, son los mayores elementos de orden social”.

Rousseau había dicho que “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Balzac le formula una corrección esencial: el hombre no nace bueno ni malo, sólo viene con instintos y aptitudes, que la sociedad le ayuda a desarrollar y a perfeccionar. No obstante, un elemento externo a la naturaleza del hombre, y de poderosa influencia en su formación, puede corromperlo por el camino. El interés. La Comedia Humana es el vasto panorama de cómo el interés introduce la corrupción en la sociedad humana, y de cómo les opaca a muchos sus aptitudes naturales para transformarlos en seres dominados por la ambición, la avaricia, la sed de poder y de riqueza. Balzac cree que la religión cristiana, y la católica en particular, son los únicos diques con capacidad para contener las inclinaciones depravadas del ser humano cuando el interés lo domina.

La realidad histórica y social nos demuestra lo contrario. El dique religioso se revienta a sí mismo, y cede como una presa arrastrada por un torrente superior, cuando el interés se apodera de las religiones, o mejor, de sus sacerdotes. La corrupción es la anarquista por excelencia. No reconoce amo, ni autoridad, y lo mismo afecta al religioso que predica la virtud, que al descreído que se entrega sin pudor al vicio y a la rapiña.

Las religiones están inspiradas en hermosos principios que se enderezan a un fin común: combatir la corrupción humana; pero el camino del infierno está empedrado de religiones bien intencionadas. Balzac nunca hizo la distinción entre religiones y religiosos. Si las religiones son buenas, los religiosos tienen intereses diferentes al ejercicio práctico de la virtud y de la represión de las “prácticas depravadas del hombre”. Antes que cuidar de sus ovejas, a los religiosos les interesa esquilarlas y esquilmarlas.

La comprobación de lo anterior nos la da en su nuevo libro, Curas y Obispos belicosos, el historiador y escritor Édgar Bastidas Urresty. Con prosa esmerada, característica en sus libros anteriores, Bastidas Urresty nos muestra cómo el interés por el poder económico, político y social, movió en el siglo XIX las acciones de curas y obispos católicos hacia la promoción de distintas y sangrientas guerras.

Los conflictos entre el poder civil y el poder religioso en Colombia comienzan en el nacimiento de la República. El presidente de Cundinamarca, Antonio Nariño, se vio enfrentado a las intrigas del arzobispo Juan Bautista Sacristán, que incitaba a los feligreses a rebelarse contra la independencia y a reponer en el mando a las antiguas autoridades españoles. En 1813, Nariño tomó la determinación de expulsar de Bogotá al Arzobispo Sacristán, cuyo regreso permitió cuando el arzobispo empeñó su palabra de honor de que se abstendría de intervenir en los asuntos civiles del Estado de Cundinamarca. A mediados del siglo el presidente Tomás Cipriano de Mosquera, para implantar la separación de la Iglesia y del Estado, ordenada por la Constitución de Rionegro, tuvo que expulsar del país al nuncio apostólico, y al Arzobispo Antonio Herrán, que habían dado orden de atacar desde los púlpitos al gobierno de Mosquera y a la Federación de los Estados Unidos de Colombia, y de predicar la guerra, lo que generó varios intentos de levantamiento en algunos Estados de la Federación, y finalmente el derrocamiento de Mosquera en su tercer gobierno (1867).

Édgar Bastidas Urresty hace el relato pormenorizado y analítico de cómo, en diferentes épocas de nuestra historia, los jefes de la iglesia católica y sus sacerdotes, han empuñado en una mano la cruz y en la otra el fusil, armas muy efectivas para inducir en los fieles un sentimiento belicoso contra los gobiernos que no privilegian los intereses materiales de la Iglesia espiritual.

Curas y Obispos belicosos no es en ningún caso un libro sectario, ni antirreligioso, ni ha sido escrito con esa intención, sino con la de mostrar, dentro del rigor documental que es propio de las investigaciones de Édgar Bastidas, una realidad que forma parte de la historia non sancta de nuestro país.

Enrique Santos Molano

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