Lea la crónica ganadora del concurso de Andiarios en el 2015

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Este viernes serán premiados los ganadores del concurso Mejores Crónicas Prensa Escuela 2015.

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10 de febrero 2016 , 10:41 p.m.

Tras evaluar los textos preseleccionados por los periódicos vinculados al concurso, el jurado escogió las cinco Mejores Crónicas Prensa Escuela 2015, y concedió el primer puesto a Esteban Piñeros M., estudiante del Instituto Técnico Industrial Centro Don Bosco, de Bogotá. La crónica ‘¿Será que ahora sí?’ se inspiró en una noticia de EL TIEMPO. Esteban recibirá un minicomputador y un viaje a una de las ciudades donde haya diario ligado al concurso.

El segundo puesto fue para Ana María Garzón S., del Nuevo Gimnasio de Bogotá, por su escrito ‘De mendigo a faraón’ nacido de una noticia de El Espectador. Ana María recibirá un computador portátil.

El tercer lugar se le otorgó a Melissa Ramírez H., de la Institución Educativa La Ribera (Montería). Su texto ‘Los sabores de la realidad’ parte de una nota de El Meridiano de Córdoba, y el premio es una tableta.

El cuarto fue ‘El llamado es a estar atentos, ya que estamos ante un volcán activo e inestable’, de Sandra Camila Ortiz A., de la Institución Educativa Malabar, de Manizales. Se inspiró en una noticia del diario La Patria. Recibirá cámara fotográfica digital.

De quinto quedó Daniel Felipe León M., de la Asociación Alianza Educativa Colegio Argelia. Su crónica ‘La voz del bullerengue en Ceferina Banquez. ¡Mi Abuela!’ le fue sugerida por una nota de El Universal. Recibe una consola de juegos.

Integraron el jurado los periodistas Alberto Salcedo, José Navia, Carlos Restrepo, la filóloga Blanca González y la directora ejecutiva de Andiarios, Nora Sanín. Los premios se entregarán mañana, a las 8 a. m., en la sala Germán Arciniegas de la Biblioteca Nacional.

 

Jóvenes estudiantes de los colegios Don Bosco, Marillac y Fe y Alegría, que asistieron a los talleres de crónica previos al concurso. / Foto: Andiarios

Ganador: ‘¿Será que ahora sí?’

Muy temprano en la mañana, antes de que aun salga el sol, Leonilde ya está levantada y dispuesta a empezar la rutina; antes de hacer cualquier cosa, le da gracias a Dios por un día más de vida. Después de calzarse unas sandalias, va a hacerles el desayuno a sus nietos, de 6 y 8 años, Miguelito y Luisa Fernanda, quienes la esperan en la mesa ya bañados y listos para ir a estudiar. Posteriormente, ella misma se arregla para salir a la calle a esperar el bus que la llevará a su trabajo; Leo vive en La Estancia, y ha vivido allí desde que se mudó de La Palma hace ya 30 años, buscando mejores oportunidades laborales; actualmente es empleada doméstica.

Al subirse al bus, que casi siempre está lleno a reventar, Leo tiene que buscar cómo acomodarse sin sentirse demasiado abrumada, esto es lo que más le molesta de su jornada. Para llegar a su trabajo, tiene que recorrer la ciudad de extremo a extremo, que en un día sin mucho trancón es equivalente a un viaje de hora y media, muchas veces de pie, en un bus como este, aguantando una variedad de olores (la mayoría desagradables) y apretujada entre la multitud.

Al acercarse a su destino, ella le pide a gritos al conductor que se detenga, y con unos cuantos empujones ya está fuera del bus. Después de 10 minutos de caminata, por fin llega a la portería del conjunto El Prado para empezar su trabajo. Cuando sube al ascensor siente un ligero dolor en el cuello: hace casi 2 años a Leo le practicaron una tiroidectomía (extirpación de la glándula tiroides) en una operación que, entre trámites, plazos y excusas, demoró más de un año en realizarse.

Todo empezó con una cita para medicina general en septiembre del 2013, en la que le encontraron ciertas protuberancias en el cuello, y 2 meses después la mandaron con un especialista en el tema que le diagnosticó hipotiroidismo; él mismo le dijo que necesitaba cirugía. Pasó otro mes para que la viera una anestesióloga, y otro más para que la viera un cardiólogo; cuando por fin le dieron una fecha para la cirugía, esta tuvo que ser aplazada hasta nuevo aviso por razones aún desconocidas.

Después de tantos inconvenientes, el día esperado llegó, la cirugía se realizó el 12 de diciembre del 2014, a las 9 de la mañana. A las 9 de la mañana de ese día Leo ya estaba vestida con una bata azul, esperando a que le indicaran entrar a la sala de cirugía. No había comido nada desde el día anterior, por lo que estaba muerta de hambre. Según ella, el lugar donde la operaron era un cuarto oscuro repleto de cámaras, solo ocupado por una camilla, algunas máquinas, la enfermera, el doctor y el anestesiólogo. Muy cortésmente, le dijeron que se recostara y que no se preocupara, pues todo iba a salir bien. Aunque estaba temblando de los nervios, cuando el anestesiólogo le pidió que contara hasta diez no pudo terminar, porque ya estaba completamente dormida.

La operación fue todo un éxito; con unos chequeos más, se esperaba que Leo estuviera totalmente recuperada, y así fue, por lo menos durante un año, porque el 18 de febrero del 2015, 13 meses después de la cirugía, en uno de los chequeos recurrentes descubrieron que la poca tiroides que le quedaba estaba inflamándose, como era de esperarse. Leo tuvo que volver a pasar por todo el tortuoso procedimiento, y hasta ahora lleva cuatro meses intentando comunicarse con su EPS, Cafesalud, para que le programe una cita con un especialista en cabeza y cuello, sin éxito todavía.

Leo acaba de llegar al piso nueve, camina despacio por el corredor hasta llegar a la entrada del apartamento; después de timbrar unas cuantas veces, una señora bajita le abre la puerta. A pesar de que lleva puesta una piyama y se ve despeinada, es la persona más elegante que he conocido en mi vida. Muchos la conocen como la señora Cecilia, Yo la conozco como abuelita.

Leo entra al apartamento. Dependiendo del día, si no tengo que estudiar y aún estoy en casa para cuando ella llega, me saluda con un beso en la mejilla y me abraza (cómo no hacerlo si ella me cambiaba los pañales cuando tan solo era un bebé). En seguida entra al cuarto de baño a cambiarse de ropa para empezar con su labor. Sé que el desayuno está listo cuando la dulce fragancia de los huevos revueltos y el chocolate invade el apartamento. Detesto admitirlo, pero Leo cocina mejor que mi propia mamá.

El reloj de la sala acaba de dar las 4 de la tarde, y para esa hora Leo ya ha tendido las camas, ha lavado la ropa, ha limpiado las ventanas, ha hecho el almuerzo y ha lavado los platos que se ensuciaron en el proceso. Ella sabe que, con 51 años encima, no está en condiciones óptimas para estar haciendo este trabajo, que es tan duro y tan menospreciado al mismo tiempo. Pero sin el cual sería más difícil vivir, pues su sueldo junto con el de su hijo, que trabaja como conductor de bus, son el sustento de la familia; con ese dinero comen, pagan facturas y le dan educación a Miguel y a Luisa Fernanda.

Antes de terminar con su oficio e irse, Leo toma el teléfono y llama al centro de salud para preguntar por su cita. Una voz de mujer, como muchas otras veces antes, le responde que no hay agenda. Esta es la sexta vez que llama en estos últimos 3 meses.

Son las 5 de la tarde y Leo ya ha terminado por hoy, se cambia de nuevo y, no sin antes despedirse, sale a la calle a esperar un bus que la lleve de vuelta a su hogar, lo que significa que tiene que repetir el suplicio de la mañana. Al llegar a casa, Leo se alegra de ver a sus nietos, quienes la reciben con un frenesí de besos y abrazos. En la noche, ya arropada en la cama, ve La vendedora de rosas hasta que finalmente la vence el sueño. En sus días libres, después de llegar de la iglesia (ella es muy devota en lo relacionado con Dios), Leo disfruta de acompañar a sus nietos al parque, jugar con su gata, Luna, y dar una vuelta con sus hermanas. Aunque su vida no sea perfecta, ella siempre dice que no se preocupa demasiado, pues podría ser mucho peor.

EL TIEMPO

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