La última moda

La última moda

De afuera nos llegan enlatadas y vencidas fórmulas que acogemos y aplicamos con verdadero fanatismo.

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10 de febrero 2016 , 07:30 p.m.

Decía Guillermo Camacho Carrizosa –aunque hay quienes dicen que fue Alfonso López Pumarejo, y no– que Colombia es el país de la penúltima moda, solo que convencido de estar a la última, lo cual es mucho peor. Porque todo nos llega tarde, como escribió el poeta y como debería leerse también en el escudo nacional, pero con el agravante de no saberlo. Orgullosos de colgarnos del último alarido de lo nuevo cuando ya es un eco.

Pasa muchas veces, por ejemplo, con la economía, con la política, con el arte, con la ciencia y el pensamiento, con la educación: que nos llegan enlatadas y vencidas (eso es lo peor, eso es lo más triste y grotesco) fórmulas que acogemos y aplicamos con verdadero fanatismo, creyendo además que están a la vanguardia y que por eso mismo son inobjetables y perfectas.

El argumento de autoridad para que eso sea así, además de la novelería y además de la pasión y el complejo y la obsesión por no sentirnos marginados del mundo, ni más faltaba, el argumento de autoridad se refiere siempre a un caso extranjero de éxito. Basta decir que algo se está haciendo afuera y que esa es la ‘tendencia’ que se impone en los grandes centros del poder internacional, y abrimos de inmediato las piernas y la boca.

Reproduciendo, sin beneficio de inventario, lenguajes, modelos, estructuras, prácticas, normas, ideas, valores, en fin: universos enteros y ajenos que nos colonizan y nos determinan y ante los que nos plegamos con reverencia, con ingenuidad y fe ciega; con ese entusiasmo que suelen infundirnos las cosas que no entendemos bien: las cosas que nos producen una admiración que en realidad es miedo y es derrota y es ignorancia.

Claro: en el mundo de hoy es ridículo aspirar a la originalidad absoluta. Nadie puede pretender –nadie pudo hacerlo nunca, menos mal– la autenticidad pura, librarse de la influencia de los otros. Tampoco se trata de eso. Pero no hay mayor prueba del atraso que la obsesión por demostrar que uno no es atrasado; y más cuando el ‘progreso’ consiste en aplicar caminos trasnochados que ya en otras partes se están devolviendo.

“¿Qué raro: ¿por qué no nos funcionó eso acá, si allá donde lo copiamos funcionaba tan bien?”, se preguntan aturdidos, siempre, los apóstoles de la última moda trasplantada y caduca; la penúltima moda. En la pregunta, desde luego, está la respuesta: eso funcionaba allá porque era allá, no acá. El éxito de las cosas suele estar en su contexto: en la raíz y la cultura que las hacen posibles y les dan sentido, no en las cosas mismas.

Por eso en ocasiones fracasan con estruendo modelos y principios que se traen de afuera con tanta ilusión y tanta furia: porque no existen las ‘condiciones ambientales’, digámoslo así, para aclimatarlos. Porque el software y el hardware resultan incompatibles. Y porque además muchas de esas ideas copiadas y recibidas acá, sin levantar la mirada, ya fracasaron allá, donde las compramos como novedades en un mercado de las pulgas.

Aunque hay que decir que con internet y la globalización y las redes sociales y lo de ahora este proceso de asimilación tardía del mundo se está diluyendo, y cada vez somos más capaces de estar, ahora sí, a la última moda. Cada vez más nos parecemos más a los demás en tiempo real, y eso significa que los copiamos en el acto, ya no con 30 años de retraso. Los mismos programas de televisión, las mismas selfis, todo.

Se diría en principio que hemos progresado –y sí: sería inútil negarlo–, que ya no corremos exhaustos detrás del tiempo, que ya no nos queda tan grande la ropa usada que compramos. Ya llegamos, ese era el mundo, ahí está.

O tal vez es que estar a la moda ya pasó de moda y por eso lo logramos por fin.


Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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