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El soldado chocoano que pasó de héroe a condenado

El soldado chocoano que pasó de héroe a condenado

Tiene 6 distinciones y hoy paga cárcel por caso de 'falsos positivos'. Dice que condena es injusta.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de febrero 2016 , 08:41 p. m.

Es un lugar remoto. Para llegar allí en una soleada mañana de domingo debe cruzar uno los vastos suburbios del sur de Bogotá, hasta encontrarse en un extenso cantón militar con vías que se prolongan entre prados, arboledas y las llamadas casas fiscales, donde se alojan oficiales con sus familias. El CRM, Centro de Reclusión Militar, se alza en un apartado confín del cantón. El helado viento que desciende del Sumapaz parece filtrarse entre las alambradas que ciñen las paredes y ventanas del penal.

Es un sombrío lugar que suelo visitar dos o tres veces cada mes, para no dejar en el olvido a oficiales amigos cuyos casos no me dejan en paz por culpa de una azarosa justicia. Alrededor de ellos, tropiezo siempre con dolorosos testimonios de suboficiales y soldados que, junto con sus esposas y sus pequeños hijos, aprovechan el día de visita para relatarme sus casos.

La última vez que estuve allí me encontré ante un inesperado percance sufrido por uno de los reclusos. Jugaba fútbol en una improvisada cancha de cemento, cuando, al disputar el balón con un adversario, la prótesis de su pierna izquierda se desprendió bruscamente. A pesar del desesperado esfuerzo que hizo para mantenerse en pie, cayó estrepitosamente al suelo. Los primeros en dar un grito de alarma fueron su esposa, sus hijos y su padre, que estaban de visita aquel día. Como él, todos ellos eran chocoanos, de raza negra.

En el penal, ‘Chigüi’ se desempeña haciendo pan para la comunidad de internos.

Un oficial amigo suyo me contó de él varias cosas que me llamaron la atención. Había perdido su pierna en una vereda del municipio de Argelia, en Antioquia, cuando, mientras perseguía una cuadrilla de guerrilleros, cayó en un campo minado. Siempre había sido visto como un atrevido puntero de su compañía en las selvas del Urabá antioqueño. Su valor le había merecido medallas y condecoraciones que guardaba como reliquias en una pequeña caja de madera en su celda. Se llamaba Ramón Antonio Córdoba, pero siempre había sido conocido como el ‘Chigüi’.

Decidí entonces hablar con él. Alto, delgado, con porte atlético, tomó asiento delante de mí, acompañado por su esposa. Robusta, vivaz, con una hermosa sonrisa y el encanto propio de la mujer chocoana, me dijo que se llamaba Rosa Angélica.

Cuando quise saber por qué llamaban ‘Chigüi’ a su marido, ella se echó a reír.

“Porque tenemos nueve hijos, nacidos el uno detrás del otro. En el Chocó lo comparaban con el más prolífico de los animales del campo, el chigüiro, y por eso todos lo llaman ‘Chigüi’ ”.

Me volví hacia él:

¿Cuáles son las medallas que usted guarda en su celda?

Pues, mire usted, tres veces recibí la medalla de Servicios Distinguidos en Orden Público, y dos veces la medalla al valor. También tengo la Orden a la Excelencia, que da la Gobernación de Antioquia.

¿Qué méritos tuvo para que le otorgaran esos reconocimientos?

La verdad es que yo no los esperaba. Solo creía estar cumpliendo con mi deber. Para mis compañeros, yo era muy rápido y resistente. Sabía romper la maraña, tenía malicia para rastrear las huellas del enemigo; los olía, los sentía. Me veían como un águila porque en la selva mis ojos se adaptaban muy rápidamente en la oscuridad. Tal vez por eso fui designado puntero de la Compañía Arpón. Participé en muchos combates contra las cuadrillas que comandaban ‘Karina’ y el ‘Manteco’.

¿Dónde nació usted?

En Guayabal, un corregimiento a solo veinte minutos de Quibdó. Mi padre fue minero. Éramos muy pobres. A los diecisiete años yo no sabía qué hacer para ganarme la vida, pero todo cambió para mí cuando fui reclutado para prestar mi servicio militar obligatorio. Ahí mismo me llevaron a Palmira, en el Valle del Cauca. A mí me gustó la vida militar, y como siempre quedaba de primero en todos los entrenamientos, cuando terminé mis dieciocho meses de servicio acepté ser soldado profesional del Batallón de Contraguerrillas número 4 Granaderos de Antioquia.

¿Sabía usted los riesgos que corría?

Claro que sí. Fueron muy duros y muchos los combates contra las cuadrillas de ‘Karina’ y el ‘Manteco’, que dominaban Antioquia y Urabá. En una oportunidad nos emboscaron y nos corretearon durante cuatro días porque la intención de la guerrilla en ese momento era agarrarnos vivos para convertirnos en rehenes. Iba yo como puntero un amanecer, cuando un disparo de fusil me tiró hacia atrás. No me pudieron sacar de allí durante tres días. El dolor que sentía era muy fuerte, pues la bala de fusil 7.62 me había fracturado el fémur. Pensé que me iba a morir. Me llevaron por fin al hospital Pablo Tobón Uribe, de Medellín, donde estuve ocho días, y luego me trasladaron al dispensario de la IV Brigada, donde pasé nueve meses en recuperación.

Rosa Angélica, la esposa de ‘Chigüi’, interviene para contar que solo muy tarde vino a enterarse de aquel suceso. “Él me escondía su herida para no alarmarme, pero al final vi que debió haber sido una herida muy grave”.

‘Chigüi’, ¿qué ocurrió con usted después?

Aunque nunca me recuperé del todo, en abril de aquel año volví a ser puntero de la compañía Arpón. Aunque me habían anunciado que podía retirarme para regresar con mi familia a Quibdó, sentí que no podía abandonar a mis compañeros que seguían librando combates en el monte. De modo que por muchos años continué compartiendo su suerte en las selvas, cañones y ríos de Sonsón, Argelia, el nordeste y el Urabá antioqueño.

¿Cómo perdió su pierna?

Fue algo que ocurrió en enero del 2011. Me encontraba a las cuatro de la madrugada terminando de romper una maraña para abrirnos paso en la selva al borde de un cañón en la vereda La Mina, de Argelia, cuando al dar un paso fui sacudido por una horrible explosión. Me envolvían el humo y el polvo, a tiempo que escuchaba a mi alrededor los gritos de mis compañeros. Rodé por varios metros a una especie de abismo, sin soltar mí fusil. Como a unos dos metros de distancia, vi a un compañero que era como mi hermano, Walinto Perea, cubriéndose la cara con las manos. Alcancé a pensar que estaba destrozado, pero no. Milagrosamente, solo estaba cubierto de barro y aturdido por el estruendo. Traté de reincorporarme rápidamente para ir en su ayuda y solo en ese momento noté, aterrado, que mi pierna izquierda estaba despedazada. Sí, yo había pisado una mina. Me llevaron a Medellín, de nuevo al hospital Pablo Tobón, y los médicos, al ver que la pierna estaba gangrenada, no tuvieron más remedio que amputármela desde la rodilla. Supe después que la mina tenía materia fecal, pedazos de cadena, tornillos y puntillas oxidadas.

Me vuelvo hacia su esposa:

Rosa Angélica, ¿usted cómo se enteró de este desastre?

Lo primero que me dijeron fue que él había muerto. Era muy temprano, y como me acababa de bañar solo tenía una toalla encima. Estaba lavando ropa en el solar, cuando un hermano mío llegó gritando “mataron a ‘Chigüi’ ”. La toalla se me cayó. Desnuda y corriendo de un lado a otro, me puse a gritar. Solo una hora después vine a saber que mi marido estaba vivo. Gravemente herido, pero vivo.

'Chigüi', después de que le amputaron la pierna, ¿qué pasó con usted?

Me trasladaron al Hospital Militar de Bogotá. Aquel piso sexto estaba lleno de soldados que también habían quedado lisiados, como yo. Casi no hablaban entre sí, parecían muy tristes, mirando por la ventana el paisaje de Bogotá. Afortunadamente, yo no estaba solo. Rosa Angélica me acompañaba, pero la verdad es que algunas noches me parecía sentir de nuevo la explosión y me despertaba aterrado y bañado en sudor. Todavía, a veces, me pasa lo mismo y debo tomar un calmante.

¿Cuándo y por qué fue detenido?

Muchos años después, cuando menos podía imaginármelo. Después de pasar casi un año en el Batallón de Sanidad, donde, luego de muchas terapias, me adiestraron en el uso de la prótesis hasta el punto de que ya podía correr y jugar futbol con mis hijos, volví al Chocó para iniciar una nueva vida.

¿A qué se dedicó?

Hacía de todo un poco. Por fortuna para mí mujer y mis hijos, contaba con una pequeña pensión de invalidez, pero yo siempre buscaba mejorar este ingreso haciendo el mismo oficio de mi padre: el de la minería artesanal. Me acuerdo de que iba a pedir un crédito para montar con mi mujer un pequeño negocio, y por tal motivo viajé a Bogotá.

Necesitaba que el Ministerio de Defensa me diera una certificación de mi pensión de invalidez. Lo que nunca, nunca pude imaginar es que al llegar a la terminal de buses en Bogotá, en una de esas requisas de rutina que les hacen a los viajeros, luego de mirar mí cédula, me dijeron que tenía una orden de captura en mi contra. Me detuvieron.

¿Por qué motivo, qué razón tenían?

Nunca logré entenderlo. Al parecer, se trataba de una medida tomada contra mí y los demás integrantes de una compañía por unos hechos ocurridos muchos años atrás en algún lugar de Antioquia. Lo que para mí había sido un combate contra la guerrilla, cumpliendo nuestra misión, resultó ser calificado en lo que llaman homicidio en persona protegida. Yo ni sabía de qué estaban hablando.

¿Qué ocurrió entonces?

Me detuvieron y me trajeron a este penal. Solo una vez vi al abogado que se ocupaba de mi defensa. Para mí, todo lo que decían en el juicio era totalmente extraño. Lo único que yo podía decir era que siempre había cumplido con mi deber de soldado y que el hecho que mencionaban del cañón de San Pablo fue uno de los tantos combates que tuvimos con la guerrilla. El caso es que al final de todo me condenaron a 37 años y cuatro meses de prisión. Yo no podía creerlo, y míreme, aquí estoy pagando esa injusta condena.

Ramón, con su uniforme de soldado, cuando era puntero de la compañía Arpón.

De un momento a otro, sin quererlo, la vida de esta familia cambió dramáticamente. Rosa Angélica tuvo que venirse a vivir a Bogotá con siete de sus nueve hijos. Ella sonríe cuando le hago la última pregunta:

¿Cómo vive aquí en Bogotá?

Yo vengo dos veces a la semana a visitar a ‘Chigüi’. Para sobrevivir vendo cocadas y maní. Hasta hace poco lo hacía tranquilamente en los buses de TransMilenio, pero como ahora está prohibido, me toca pararme en cualquier esquina.

¿Espera algún beneficio con la justicia transicional que se acordó en La Habana?

Sí, es nuestro sueño. Sería justo que se revisara el caso de mi marido. El sueño nuestro es que un día, ojalá pronto, ‘Chigüi’ quede en libertad y vuelva a casa con nosotros. Como aquí en el penal aprendió a ser panadero, sería muy lindo que pudiéramos montar un negocio de pan, sacar adelante a nuestros hijos y olvidarnos al fin de esta pesadilla que nunca pensamos íbamos a vivir.

La sentencia que lo condenó en el 2012

La condena a ‘Chigüi’, como es conocido Ramón Antonio Córdoba, está sustentada en una sentencia del Juzgado Penal de Yarumal, del 30 de noviembre del 2012. Los hechos aducidos fueron los siguientes: “El 11 de diciembre del 2002, en el área rural del municipio de Campamento (Antioquia), tropas del Ejército Nacional al mando del teniente Juan Carlos del Río Crespo, comandante de la compañía Centurión 6 del Batallón contraguerrilla n.° 4 ‘Granaderos’, integrada por los soldados profesionales Jader Alexánder Montoya Mira, Sergio Andrés Pérez Cárdenas, Ramón Antonio Córdoba Gutiérrez y Warlington Yasney Palacios Perea, dieron muerte a José Alejandro Agudelo Agudelo, Ángel Ramiro Agudelo y Gonzalo de Jesús Agudelo Pérez, a quienes hicieron pasar como miembros del frente 36 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –Farc–, sin que en realidad lo fueran”.

La defensa de los condenados argumentó siempre que las supuestas víctimas fueron guerrilleros muertos en combate.

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO

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