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La valentía de Astrid Helena

La valentía de Astrid Helena

En términos de costo social, el escarnio público es lo que más teme el abusador.

09 de febrero 2016 , 05:32 p. m.

“La valentía es la textura última de la libertad”, escribe José Antonio Marina en uno de los libros más inteligentes que leí el año pasado: Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía (Editorial Anagrama, 2014). Lo maravilloso de estudiar la valentía es descubrir que se trata de una construcción de la inteligencia, de un fenómeno típicamente humano. Mientras el miedo es un mecanismo biológico que compartimos con otras especies (algo que nos viene dado en nuestro equipo natural de supervivencia), la valentía es una manifestación ética reservada a los seres humanos, que además constituye la máxima expresión tangible de su libertad porque les exige, para materializarse, la movilización de una gran fuerza de voluntad con el objetivo de sobreponerse a una situación injusta.

Se suele confundir el valor con la ausencia de miedo. Nada más alejado de la realidad, pues el miedo es condición de la valentía. La falta de miedo es temeridad e incluso psicopatía. La persona valiente, en cambio, actúa a pesar del miedo que la invade, transmutando así el instinto en una experiencia voluntaria que la hace más libre. Por esta razón, un carácter miedoso puede dar nacimiento a una personalidad valerosa, y allí estalla con toda su luminosidad el resplandor de la libertad humana, del débil que se vuelve fuerte gracias al coraje que lo singulariza como especie. Paralelamente, el cobarde no puede ser libre, y por lo tanto siempre será infeliz, mientras el valiente pavimenta el camino hacia su propia felicidad. Espero, en estos dos primeros párrafos, haber dejado sentada con toda claridad la idea de que la valentía es una creación humana altamente deseable en términos morales.

Son conocidos los detalles del episodio que terminó con la renuncia de Jorge Armando Otálora a su cargo de Defensor del Pueblo, gracias al valor de su secretaria privada, Astrid Helena Cristancho, quien lo denunció públicamente por acoso laboral y sexual a pesar de la embestida machista que era de preverse en su contra, en un país acostumbrado a revictimizar a las mujeres que son acosadas sexualmente. La denuncia y la subsiguiente renuncia del funcionario se produjeron también gracias al valor de un periodista que decidió apoyar esta causa esencialmente porque le pareció justa.

“¿Por qué no se quedó callada?”, me preguntó el otro día alguien realmente sorprendido de que Astrid Helena hubiera salido a dar la cara, a sabiendas de que ello le valdría el rechazo de buena parte del colectivo machista y de que no podía anticipar el resultado de una sentencia penal que es por definición imprevisible. “Porque la hace libre”, fue mi respuesta. Al margen del resultado del proceso judicial (en el que el acervo probatorio que hasta ahora conoce el público parece indicar la culpabilidad del denunciado), el rédito social y también personal para la víctima de cualquier abuso cuando tiene el coraje de destaparlo es enorme. La hace sentir mejor frente a sí misma al verse como alguien valiente y, en esa misma medida, más libre, pero además tiene un efecto positivo en cadena porque anima a las demás víctimas de abusos similares a visibilizar sus dramas personales.

La mejor forma de combatir cualquier forma de abuso es visibilizándolo. Aunque el abusador suele ser alguien de quien abusaron y no pudo superar las secuelas psicológicas que le dejó el abuso, esto explica pero no justifica sus actos. En términos de costo social, el escarnio público es lo que más teme el abusador: aprovecharse de la debilidad del prójimo solo es rentable cuando se hace clandestinamente y el abuso permanece en secreto. Estoy seguro de que el próximo alto funcionario colombiano proclive al maltrato de sus subalternos se lo pensará dos veces antes de no moderarse. En estos casos, la censura social y la función de prevención de la pena cumplen un papel crucial en la reducción de los delitos.

Colombia es un país de abusadores. De jefes que maltratan a sus empleados y se creen con derechos sexuales sobre ellos, pero también de cónyuges abusivos con sus parejas y padres maltratadores con sus hijos, con frecuencia en nombre del amor. El “amor” es una palabra tan manoseada en estos expedientes que el propio Otálora quiso disfrazar su abuso con ella: “Si de algo soy culpable fue de haberme enamorado”, dijo ante los medios en su defensa. No pocas veces, abuso y amor están en relación de falsa sinonimia cuando se trata de justificar el maltrato.

La normalización del abuso en cualquier sociedad tiene directa relación con la debilidad del Estado. Cuando el Estado no consigue reaccionar eficazmente contra el maltrato de sus niños, mujeres, ancianos, minorías y demás personas en situación de indefensión, se convierte en caldo de cultivo para todo tipo de injusticias. La escandalosa tasa de impunidad superior al 90 por ciento que tiene Colombia (somos el tercer país en el Índice Global de Impunidad, que mide a los 193 miembros de la ONU, superados solo por México y Filipinas) es una manifestación de la incapacidad del Estado para cumplir su función más básica, que es garantizar la seguridad de la población.

Platón consagró uno de sus diálogos socráticos (Laques) a discutir sobre el valor. Una de las preguntas debatidas fue si la valentía era susceptible de enseñarse. Mientras para Laque, general de los atenienses, la cobardía era algo que no tenía cura, Sócrates, siempre optimista sobre la perfectibilidad del hombre, pensaba que el valor, como toda virtud, podía aprenderse.

En este, como en tantos otros asuntos, pienso que Sócrates tuvo razón. La valentía, al igual que cualquier virtud, no solo puede enseñarse sino que tiene un efecto multiplicador: cuantos más virtuosos haya para enseñarla, la virtud se propagará con mayor eficacia. Por eso me parece deseable apoyar cualquier manifestación de valentía o, dicho de otra forma, cualquier causa justa. Adelante, Helena.


José Fernando Flórez Ruiz
* Abogado y politólogo. Profesor de la Universidad Externado de Colombia

@florezjose

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