Emergencia en el Caribe: se acaba el arroz con coco

Emergencia en el Caribe: se acaba el arroz con coco

El coco, elemento fundamental en la cocina de las costas, subió al doble de su precio en un año.

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08 de febrero 2016 , 08:21 p.m.

¿Se imaginan ustedes lo que pasaría si se acabaran los frijoles en Antioquia, si Boyacá tuviera que importar papas o si en Bogotá se extinguieran los ingredientes del ajiaco?

Pues todo eso, junto, es lo que está pasando con el coco en la costa Caribe colombiana: se está extinguiendo, se acaban las existencias y ahora tenemos que importarlo. Las tres cosas. Está en peligro el tradicional arroz con coco, están en peligro las incomparables cocadas con panelita, está en peligro la comida del pueblo.

Como mi obligación consiste en decir la verdad completa, debo contarles a ustedes que el problema no es nuevo, ni mucho menos, pero es como si lo fuera, porque solo ahora hemos venido a descubrirlo. Nos acabamos de enterar, con la boca abierta, a cuenta del dólar, ese dios moderno que todo lo sabe y todo lo controla. La primera alarma se encendió en diciembre pasado, cuando la gente no encontraba coco para celebrar las fiestas.

La historia completa de este drama comienza, quién lo creyera, hace alrededor de sesenta años, a finales de los cincuenta. Los cocoteros que se levantaban a lo largo del Caribe, desde La Guajira hasta Córdoba, fueron atacados por una enfermedad cuyo origen todavía es un misterio. La llamaron “porroca”. Es bueno advertirles que la palabra es mucho más vieja, y que en este caso la usaron apropiadamente porque desde tiempos inmemoriales se ha dicho en estas tierras que a alguno “le cayó la porroca” cuando lo agobia el infortunio.

La plaga, que es al mismo tiempo animal y vegetal, empezó a debilitar los árboles y a destruirlos. Al principio, los campesinos le echaron la culpa al excesivo verano, pero la porroca también se mantuvo en los inviernos más impiadosos. Un ejército de hongos bombardeó las palmeras, mientras los insectos minúsculos, conocidos como ácaros, se comían el cogollo de las frutas.

El Estado, el trueque y el coco

Los sembradores, agobiados por la pobreza, pidieron ayuda en todos los idiomas. Acudieron a las secretarías locales de Agricultura, al Gobierno Nacional, a los congresistas. Les pintaron pajaritos de oro. Les ofrecieron el cielo y la tierra. Puras promesas de cumbiambera, como dicen en Barranquilla, porque nadie movió un dedo.

Entonces la gente, abandonada a su suerte, resolvió aplicar remedios caseros. Se usaron calcetines de seda llenos de sal para proteger los cogollos que se estaban pudriendo. Creían, en su inocencia, que la humedad pegajosa de la sal ahuyentaría los hongos y gusanos, pero nada detuvo a la porroca. Los cocoteros morían poco a poco, con las ramas atrofiadas apuntando hacia arriba, como si tuvieran las manos en alto.

Mientras tanto, y ante el riesgo de quedarse sin coco para el arrocito diario, empezaron a viajar los navegantes a las islas de San Blas, un archipiélago de Panamá que queda bastante cerca. Los nativos les entregaban los cocos en trueque por arroz, azúcar, sal, manteca, latas de sardinas y sillas plásticas.

Llegaron los industriales

Una tarde venteada de enero me reuní a conversar con los lancheros y comerciantes de coco en el mercado público de Cartagena. Ellos son los que conocen con mayor profundidad los pormenores de esta historia.

Dicen que la crisis verdadera comenzó hace unos cuantos años, cuando amaneció el día en que ya no eran las amas de casa las que buscaban el coco, sino los grandes industriales, quienes lo acapararon para producir caramelos o cosméticos, cremas eróticas, aceites de tocador, bronceadores, labiales, perfumes. La propia concha del coco se volvió valiosa para fabricar muebles finos y alfombras.

El padre de Óscar Rodríguez, nativo de Moñitos, que queda en las costas luminosas de Córdoba, fue uno de los primeros navegantes a vela que viajó a San Blas.

—En aquella época –me cuenta Óscar–, la coquera que teníamos en Moñitos producía 60.000 cocos anuales. Hoy, cincuenta años después, si acaso llegamos a 10.000.

Su majestad el dólar

Un día, al ver lo floreciente que se había vuelto el negocio, los panameños dijeron que ya no querían recibir más cambalaches sino dinero en efectivo. Plata física. El dólar, que es billete de circulación legal en su país.

Hasta que llegó la cosecha del año pasado, la más crítica de cuantas hemos tenido en Colombia. La producción bajó un 60 por ciento. Al mismo tiempo, y por razones desconocidas, la de San Blas también se redujo. Entonces, como éramos pocos, parió la abuela: el dólar se pegó una trepada del 50 por ciento en menos de un año. Se puso a más de 3.300 pesos. Ahí fue donde estalló la bomba.

El drama comenzó a sentirse, entonces sí, a partir de julio del 2015, hace apenas seis meses. En ese momento, un coco le costaba al ciudadano 1.600 pesos en el mercado de Cartagena, pero al llegar las fiestas de diciembre ya estaba en 2.300. El mismo coco vale hoy 3.200 pesos. Subió el doble en solo seis meses.

—Ni almuerzo ni paleta de coco –dice una señora, a mi lado, con desconsuelo, devolviéndole al vendedor el coco que no puede pagar.

De Barranquilla me informan que entre julio y enero el precio del coco, que allí no se vende por unidad, sino por kilo, ha subido 90 por ciento.

El desempleo

–Como si fuera poco –me dice Henry Padilla–, a esta situación angustiosa se le suma ahora el desempleo: cada lancha ocupa entre siete y diez trabajadores. ¿Qué vamos a hacer con ellos?

Óscar Rodríguez ratifica la gravedad de la situación con sus propias cifras: “Hasta hace un año, mi lancha traía de Panamá 75.000 cocos por mes. Ahora trae 25.000”.

Padilla agrega que su carga se redujo a una cuarta parte en menos de un año. “El año pasado cargábamos 150.000 cocos por viaje, pero en el último que acabamos de hacer solo trajimos 46.000. Y, encima de todo, el viaje duró 70 días esperando carga, porque no había”.

En cualquier calle de Cartagena, residentes y turistas podían refrescarse frente al inclemente calor tomando agua de coco en cualquier esquina. Foto:  Yomaira Grandett / EL TIEMPO

Rufino Medina, que hasta ahora ha callado, dice de repente, con un vozarrón de trueno:

—Quince años atrás venían grandes cantidades de cocos desde San Andrés, pero las goletas no volvieron porque se acabaron los cultivos. En Colombia nunca ha habido una política agraria. Ni una. Jamás.

Ariel Rodríguez agrega que “no hay nuevas plantaciones de coco, y las viejas están desapareciendo. ¿Sabe por qué? Porque un saco de abono para los cultivos de coco vale 15.000 pesos en Venezuela, y 80.000 pesos en Colombia. Por eso”.

El noble compañero

El arroz es el alimento que más se consume en Colombia. El arroz con coco, del cual se conocen hasta ahora 74 recetas diferentes, es el alimento que más se consume en el Caribe colombiano.

Cuando los tiempos son buenos, y soplan vientos de prosperidad, se come revuelto con pollo o con camarones. Pero si aprieta la pobreza, cuando no hay más nada, lo mezclan con humildes tiritas de la piel del tomate, y guardan la pulpa para aprovecharla en otro almuerzo. Es tan humilde que a eso le dicen en los pueblos “arroz de puta pobre”.

En épocas de escasez, el pueblo barranquillero capotea las penurias cocinando una libra de arroz con medio coco. Compran en la tienda del barrio una bolsita de salsa de tomate, que viene en forma de cojín, y para darle variedad al saborcito, cuando ya está servido en el plato se la echan al arroz en rayas verticales: una roja, una blanca, una roja, otra blanca, y así. Lo llaman “arroz Junior”, porque queda exactico a la camiseta del legendario equipo de fútbol.

Lo que quiero decir es que, con camarones o con pellejito de tomate, el arroz con coco, pues, es para nosotros más que una simple comida. Es un compañero leal en las buenas y en las malas. Un hermano inseparable en las verdes y las maduras.

Charadas y limonadas

Mientras se terminan de acabar los cocos, yo, que fui chef en San Bernardo del Viento, quiero advertirles a las cocineras que no se dejen engatusar por los embelecos de la tecnología moderna. El coco para el arroz no debe disolverse jamás en una licuadora japonesa, ni en exprimidores eléctricos traídos de China.

El coco se raspa, bendito sea Dios, en un rallador de hojalata, curvo, lleno de huequitos, artesanal, cuidando de no rallarse usted los nudillos porque lo que sigue es dedo. Nunca bote los pedacitos que van quedando porque pasan por ahí los niños y se los piden.

—Niña –le dicen amorosamente–: ¿me regala el cabo?

Pero los tiempos han cambiado. Quién sabe ahora con qué iremos a preparar la limonada de coco con hielo picado, que tanto refresca y tanto les gusta a los turistas. Ya tiene hasta su propia página en internet. Además, se extinguirán también las charadas infantiles, que nos enseñaban en la escuela para que aprendiéramos a modular las sílabas: “Compadre, como poco coco como, poco coco compro”.

Epílogo

¿Dónde se ha metido en todos estos años el Ministerio de Agricultura? Y los técnicos agropecuarios del Gobierno, ¿qué se hicieron?

Si esto sigue así, dentro de poco el pescado en leche de coco ya no será más que un recuerdo, y el insuperable langostino que hacen en La Guajira, bañado en zumo de coco, pasará a la historia. El cazabito de coco con anís, en forma de media luna, que los muchachos ofrecen en las calles de Montería, habrá que hacerlo con maracuyá o con uchuvas.

Me gustaría saber lo que dirían los españoles si se quedaran sin arroz para la paella. Hasta acá oiríamos el grito de los parisinos si se extinguiera la masa para el pan francés.

Pero aquí nadie dice nada. La verdad es que ya nos están vendiendo ese pescado cabezón que importan de Vietnam. En los restaurantes sirven un bocachico insípido traído de Argentina. Un día de estos iremos a tomar café en Brasil. Un día de estos, en fin, nos vamos a quedar sin plátano y se nos va a secar el mar. Entonces sí, compadre, apague y vámonos…

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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