Fundación Hospital La Misericordia: 119 años sanando niños con cáncer

Fundación Hospital La Misericordia: 119 años sanando niños con cáncer

Bajo la dirección de una sola familia, es el centro más completo del país para atención pediátrica.

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07 de febrero 2016 , 09:42 p.m.

“La risa inocente de un niño es música de bellísimas armonías; es luz, es consuelo, es dicha, lo hace olvidar a uno, por un momento, que existen tantas miserias en el mundo”.

El 6 de junio de 1905, el doctor José Ignacio Barberi Salazar escribió esas palabras sobre una hoja de papel, hoy desleída por el tiempo. Tal vez lo hizo recordando a su amada esposa, María Josefa, que trabajó a su lado durante años para construir el primer hospital pediátrico del país.

La Bogotá del siglo XIX carecía de centros de salud, de hospitales y, mucho más, de especialistas en enfermedades pediátricas.

“Mi bisabuelo, inspirado por su esposa, no descansó hasta ver poner la primera piedra del hospital”, dice Mauricio Barberi Abadía, actual director general de la fundación Homi u Hospital de La Misericordia, una obra que cumple 119 años. (Lea también: Bacterias de la Antártida podrían ayudar a rastrear el cáncer)

El proceso no fue fácil. José Ignacio tuvo primero que graduarse como médico y abogado de la Universidad Nacional, viajar a Inglaterra y, durante nueve años, cursar de nuevo la carrera de medicina.

Allá fue socio del Instituto Médico de Liverpool y trabajó en la Enfermería Real, donde ejercía la docencia por encargo de sus profesores, pero el drama de su país seguía latente en su cabeza. En 1895 regresó a Bogotá, una ciudad donde los niños enfermos morían sin explicación, por las deplorables condiciones higiénicas de los lugares donde eran atendidos.

Los planos de los centros de salud europeos lo hacían soñar con un hospital, pero el primer paso para cumplir su sueño fue más modesto. “Se trataba de un centro de atención que se ubicó en la ‘calle de las cunitas’ (carrera 9.ª entre calles 12 y 13). Era un consultorio donde mi bisabuelo y su esposa atendían a los niños más pobres de Bogotá, los aseaban y les regalaban medicinas. De hecho, tenían una botica. Muchos médicos se educaron en la especialidad en ese lugar”, cuenta Barberi. La historia es larga, porque luego vino una lucha incansable para conseguir los recursos que permitieran construir el Hospital de la Misericordia, en la avenida Caracas n.º 1-65, en cuya construcción intervinieron hasta los presos.

El 25 de julio de 1897 se puso la primera piedra de un proyecto que surgió del amor de una pareja por los niños. Ella, María Josefa, ya había muerto, pero su legado no. En 1906, finalmente, se abrieron las puertas del centro asistencial. Al comienzo eran solo dos pabellones, pero luego llegó a tener 700 camas y muchos médicos se unieron a la causa.

José Ignacio Barberi y su esposa, María Josefa Cualla, fueron pioneros en la atención de niños. / Foto: Archivo particular.

El Hospital de la Misericordia es, sin duda, la cuna de la pediatría en el país. Su gran sentido humano hizo que muchos niños fueran abandonados en sus puertas, para terminar viviendo en los pasillos y recibiendo el amor del personal médico.

Rafael Barberi Cualla siguió la causa durante 34 años. Era un hombre de temperamento fuerte, a quien no le importaba sacar de sus propios recursos para sostener el hospital.

Luego fue su hijo Rafael Barberi Zamorano quien heredó la dirección en 1951. En 1958, el hospital contaba con 535 camas y llevaba a cabo 21.595 consultas externas, 6.626 hospitalizaciones y 1.941 cirugías. (Además: Quejas por falta de atención de EPS a niños con cáncer)

El peso de toda esta historia de luchas titánicas de cuatro generaciones por sacar adelante un sueño filantrópico recae hoy sobre Mauricio Barberi Abadía, un hombre que desde niño quiso gerenciar el legado de sus antecesores.

“Siempre me identifiqué con la labor social –subraya este administrador de empresas, que llegó a romper esquemas en 1991, luego de la muerte de su padre–. Yo no soy médico, pero tengo posgrado en pediatría y oncología. Me tocó aprender, porque cuando llegué a la institución esta tuvo que enfrentarse a un cambio total”.

En esa época, el hospital dependía en un 95 por ciento de los aportes de la Nación y su presupuesto era muy limitado, por lo que ya se había pensado en cederlo al Gobierno.

“En 1990 apareció una ley que complicó nuestra situación, porque decía que las instituciones debían ser autosostenibles. Nosotros escasamente lográbamos contribuir con el 5 por ciento”, recuerda Barberi. Y el panorama lo empeoró la Constitución de 1991, que definió que a instituciones como La Misericordia se les acabarían los auxilios.

Pese al negro panorama, Barberi enfrentó el reto. Hizo todo un cambio organizacional que hoy tiene a la institución como referente mundial, sobre todo en el tratamiento de los niños con cáncer. “Comenzamos a hacer gestión, a abrir mercado. Teníamos que comenzar a funcionar como empresa”, explica.

El primer contrato fue con el departamento de Cundinamarca y, con el tiempo, el prestigio del hospital hizo que el número de convenios se fuera incrementando. Luego han venido años de modernización, no solo de la planta física sino también del sistema tecnológico y de la atención al usuario.

En marzo del 2006 se inauguró la central de urgencias pediátricas más grande del país, con 27 unidades de observación, 7 consultorios, 16 unidades de cuidados intermedios y áreas de reanimación y terapias, entre otros servicios.

Esta es la única fotografía de la inauguración del hospital, el 6 de mayo de 1906. / Foto: Archivo particular.

En el 2007 llegó la primera unidad pediátrica de trasplante de células y en el 2008 se abrió una sección de cuidado neonatal con 12 unidades, que luego se ampliaron a 15. Como si esto fuera poco, en un país donde la salud está en crisis, en el 2013 se logró la creación del Centro de Atención Integral en Oncohematología Pediátrica, con una extensión de mil metros cuadrados. “Nuestra lucha es por darles atención a los niños enfermos, sobre todo a quienes sufren de cáncer”, resume el director general. (Lea: Risas y color, la medicina para la felicidad)

El drama del cáncer

Barberi cuenta la historia de un niño de 13 años que se hizo todos los tratamientos posibles para ganarle la lucha a la leucemia, el cáncer con mayor recurrencia entre la población infantil en Colombia, pero que al final decidió parar su sufrimiento.

“Nos dijo que su último deseo era conocer al arquero Óscar Córdoba”, recuerda el ejecutivo. El proceso paliativo lo vivió en el hospital, donde se refugió a la espera de lo inevitable. Un día abrió sus ojos y ahí, parado al frente suyo, estaba su ídolo. “El niño estaba muy débil, pero apenas lo vio levantó sus brazos. A los dos días murió”, añade.

Esa es la labor silenciosa que el hospital cumple más allá de los tratamientos médicos y del uso de la tecnología: dar amor. Barberi, un hombre enérgico que se enternece al ver a un niño, asegura que nunca dejará de trabajar en la humanización del cuerpo médico.

Lo conmueven mil historias, como la de la niña que grabó el saludo con el que responde el conmutador del hospital y a la que un día tuvo que ver morir porque su EPS decidió trasladarla a otra institución.

“Madre e hija llegaron llorando. Me contaron que los médicos de ese lugar le dijeron: ‘No se haga muchas ilusiones, su hija se va a morir’. Cuando me la volvieron a traer, ya no había nada que hacer”, lamenta él.

En Colombia, la mortalidad por cáncer sigue siendo alta. Según el último estudio del Instituto Nacional de Salud, más del 50 por ciento de los niños diagnosticados con leucemia murieron por falta de un diagnóstico temprano.

“Eso es excesivo. Hay países más pobres que Colombia que tienen mejores tasas de recuperación. Un niño no tiene por qué morirse si hay tratamiento”, opina Barberi.

Hoy, los niños con cáncer fallecen esperando atención médica. Solo en el 2015, el Hospital de la Misericordia recibió a 1.106 niños con cáncer, hizo 3.461 ciclos de quimioterapia y más de 1.358 procedimientos de oncología, entre otras muchas atenciones pediátricas. Aun así, no alcanza a cubrir la demanda.

A sus pasillos llegan familias de todo el país tratando de buscar algo que salve la vida de sus hijos. “Hay muchas barreras de acceso. Hay buenas EPS, pero hay otras que no dan autorizaciones ni medicamentos, que no entienden que hay una ley que protege a los niños con cáncer”, denuncia el director de la Homi.

En consecuencia, este hospital no tuvo más opción que ampliar su infraestructura con un megaproyecto que doblará la capacidad de atención y que ayudará a que los 2.200 niños que cada año son diagnosticados con cáncer en el país (en promedio) tengan una esperanza.

La obra

El Hospital de la Misericordia recibe al 10 por ciento de los niños con cáncer en el país. Por eso, la única esperanza es la construcción de un nuevo edificio en el mismo lote de la avenida Caracas n.º 1-13, con la más moderna tecnología. Allí confluirán 119 años de experiencia y uno de los cuerpos médicos más especializados de Colombia.

La obra ya está avanzada, solo falta que más empresas apoyen la causa. Para Isabel Cristina Sarmiento, oncohematóloga pediatra, de nada sirve que más especialistas se preparen si Bogotá y el país no cuentan con los equipos, las salas y, lo más importante, la infraestructura para atender la demanda.

El nuevo edificio tendrá puntos de apoyo diagnóstico, cirugía y procedimientos, espacios para tratar a más niños con cáncer y otras patologías de alta complejidad, neurocirugía y nefrología, resonancia nuclear magnética de última generación en pediatría y laboratorios clínicos, entre otros servicios. En total, dispondrá de 9 salas de cirugía y 40 unidades de cuidado intensivo.

“Sueño con ver este edificio lleno de niños felices por haber encontrado una oportunidad”, concluye Barberi con ilusión.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
Escríbanos a carmal@eltiempo.com

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