Una posguerra con Gabo

Una posguerra con Gabo

El mayor acto de violencia es condenar a un pueblo a la ignorancia.

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07 de febrero 2016 , 08:22 p.m.

Colombia se acerca a la desmovilización definitiva de los guerrilleros que conforman las Farc. Se acerca el posconflicto con este grupo y se da el primer paso para negociar también el fin del asedio armado de otros grupos, como los paramilitares y el Eln. Sea este estímulo suficiente para poner en marcha una revolución educativa en todos los pueblos y ciudades intermedias de nuestro país.

Educar, llevarles el teatro, la literatura, el arte, dotarlos de maestros preparados, de bibliotecas es un paso tan importante como dar por terminada la guerra que nos ha atormentado durante décadas. La reconstrucción de nuestro país debe darse desde su identidad y desde su unidad cultural –dentro de la diversidad–, y la iniciativa que tuvieran los españoles de la Segunda República (Manuel Azaña, Josep Renau, Federico García Lorca), con sus Misiones Pedagógicas, debería reproducirse en nuestro país.

Hemos sufrido demasiadas décadas de abandono institucional, en un país concebido para el beneficio de una minoría y para el sufrimiento perpetuo de una mayoría. El arribo de la paz debe conllevar un esfuerzo explícito y sostenido para que las manifestaciones artísticas no sean privilegio de la élite y para que la educación llegue hasta los confines más lejanos de nuestro atormentado país.

El conocimiento enfocado hacia la convivencia y hacia el respeto por el otro es el mejor antídoto contra la violencia. Gestos tan sencillos como llevar libros, un grupo de teatro o películas devuelve la dignidad a los millones de colombianos que han crecido –y que han criado a sus hijos y nietos– en el abandono total y sintiéndose menos que aquellos que tuvieron la suerte de nacer en una familia acomodada de Bogotá o Medellín.

Colombia no puede seguir siendo un país de bachilleres que apenas si pueden desempeñar labores manuales, segregados por completo de las aulas universitarias, de los museos y de las salas de cine. La educación no puede seguir siendo un privilegio, sino que debe ser un derecho.

Las clases sociales están marcadas por los niveles educativos, y por esto el Ministerio de Educación debe dejar de hacer la vista gorda a una situación dramática de deserción estudiantil que solo garantiza pregrados, másteres y doctorados a un ínfimo porcentaje de la sociedad.

Las misiones pedagógicas que modernizaron España de 1931 a 1936 se vieron truncadas durante la Guerra Civil y la posterior dictadura de cuatro décadas de Franco. Pero la muerte de cada poeta, reprimido por un régimen militarista y enemigo de la inteligencia, no fue en vano. Hoy, España ha logrado avances notables y ha logrado salir de las condiciones medievales en las que subsistía el 90 por ciento de su población –30 por ciento de los cuales eran analfabetos–. Que sea ese un ejemplo por seguir para Colombia, que enfrenta un momento irrepetible para poner en marcha una revolución educativa que sea el primer paso para que nuestra nación deje de ser de las peores preparadas a nivel académico y de las más inequitativas de América Latina.

No podemos seguir estigmatizando el conocimiento, como lo han hecho públicamente la actriz De Francisco y la periodista Ana Cristina Restrepo. Lo que amarra a la mayoría de los colombianos a un salario mínimo es la falta de un título profesional. Y lo que nos amarra a la guerra es haber estado desconectados durante tanto tiempo del arte, la música y la literatura, es decir, del centro de nuestra identidad. Es hora de que todos leamos a Gabo, de que escuchemos a Lucho Bermúdez y de que podamos ir a un concierto de la Filarmónica así vivamos en La Guajira o en el Vichada. El mayor acto de violencia es condenar a un pueblo a la ignorancia mientras la élite se da el lujo de despreciar el camino al conocimiento.

MARÍA ANTONIA GARCÍA DE LA TORRE
@caidadelatorre

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