El agua en botella le cuesta caro al planeta

El agua en botella le cuesta caro al planeta

La demanda está creciendo exponencialmente, lo que inunda al planeta de residuos plásticos.

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06 de febrero 2016 , 08:52 p.m.

El agua embotellada es, desde hace varios años, símbolo de pureza y de un estilo de vida saludable. En un mundo donde las personas están cada vez más preocupadas por lo que ingieren, esta industria pasó de producir 1.000 millones de litros en 1970 a 84.000 millones de litros en el 2000 y a 223.000 millones de litros en el 2010, según el Banco Mundial. Y se calcula que la humanidad consumió el año pasado 233.000 millones de litros, cifra que el diario ‘The Guardian’ equiparó con el consumo de leche: 30 litros anuales per cápita.

En otras palabras, mientras la población mundial se multiplicó por 2 en estos 45 años, el consumo de agua envasada se multiplicó por 233. Esto, a pesar de que puede costar hasta mil veces más que el agua potable que sale de la llave, de acuerdo con cálculos de la Unesco.

Pero el auge que está experimentando este producto, símbolo de la pureza alimenticia a la que aspira la sociedad contemporánea, tiene un costo que parece pasar inadvertido ante los ojos de sus consumidores.

Para comenzar, el agua embotellada es una de las mayores fuentes de residuos de plástico, pues buena parte de sus botellas están elaboradas con tereftalato de polietileno (PET), un polímero que tarda hasta un siglo en biodegradarse y que tiene un bajo nivel de reciclaje. En total, esta industria es responsable de la producción anual de alrededor de 1,5 millones de toneladas de plástico. (Lea también: Agua para hidratarse, mejorar el humor y concentrarse)

Un reciente informe de ‘Los Angeles Times’ estableció que únicamente se recicla el 23 por ciento de las botellas de agua que beben los estadounidenses. Incluso si hoy se frenara la elaboración de estos recipientes, se requerirían cientos de miles de años para que los residuos existentes desaparecieran.

Un estudio de la Universidad de Georgia, publicado en la revista Science el año pasado, calculó que cerca de 8 millones de toneladas de plástico son vertidas cada año a los océanos, y que en el 2025 este volumen podría bordear los 155 millones de toneladas, si se mantiene la tendencia de crecimiento. Se estima que el año pasado fueron a parar al mar 9,1 millones de toneladas de plástico.

Otra preocupación ambiental derivada del comercio del agua es la huella de carbono producida por el trasporte de botellas desde lugares como Fiyi o el Himalaya hasta Estados Unidos y Europa.

La industria se defiende con el argumento de que invierte grandes sumas de dinero en la adopción del PET reciclado (rPET), que utiliza menos agua y energía en su fabricación. Las firmas más reconocidas en este negocio ofrecen hasta la tercera parte de sus aguas en envases hechos de rPET, una proporción baja en un mercado que no para de crecer.

Otro motivo de preocupación ha sido la presencia en los envases plásticos de bisfenol A, un monómero vinculado con efectos negativos en los planos hormonal, cerebral y cardiovascular, y hasta con cáncer. Sin embargo, las regulaciones y la evolución en los procesos de fabricación han venido eliminando este compuesto. (Vea: La lucha de la vereda Granizal por un agua sin heces fecales)

Hoy, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, su sigla en inglés) y la Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria (Aesa) consideran que la cantidad potencial de bisfenol A que se pueda liberar de una botella de PET no representa un riesgo para la salud humana.

No obstante, Ana Troncoso, profesora de Nutrición y Bromatología (ciencia de los alimentos) de la Universidad de Sevilla (España), aseguró en un informe publicado por la BBC en octubre pasado que el bisfenol A “forma parte de esas sustancias que la ciencia está revaluando constantemente para descartar que sea potencialmente dañina”.

Como es natural, también hay quienes defienden con argumentos el consumo de agua embotellada. Kris De Decker, creador del blog Low-tech Magazine, aseguró que es exagerado estigmatizar a quienes beben en botellas de plástico al punto de calificarlos como los nuevos fumadores. Y aunque acepta que en los países desarrollados el agua del grifo es de buena calidad, insiste en que beber agua embotellada es mucho mejor que beber café, gaseosas o cerveza.

De Decker explica que la producción de un litro de agua mineral requiere solo un litro de agua para producirse –aun cuando algunos estudios sugieren que se necesitan hasta cinco–, mientras que se necesitan 35 litros de agua para producir uno de té, 75 para uno de cerveza, 120 para uno de vino y 140 para un litro de café. Por no hablar de la leche o los jugos, agrega, que por cada litro producido consumen 200 litros de agua, con el agravante de que también se embotellan en plásticos, consumen la misma energía para transportarse y dejan los mismos residuos.

En resumen, este periodista independiente opina que es más ecológico cambiar cualquier bebida por el agua envasada que dejar esta por el agua de la llave.

Muchas veces sí es necesaria

Todo esto, obviamente, sin perder de vista que el agua comercial es una alternativa ante la falta de acueductos y las deficiencias de muchos Estados a la hora de garantizarles agua potable a todos sus habitantes. En ese sentido, defienden algunos, el tratamiento industrial del agua allana las posibles fallas estructurales en las redes de distribución, como la contaminación con bacterias, pesticidas, antibióticos y metales difíciles de eliminar en los procesos de potabilización realizados por los acueductos. Además, el agua embotellada es la mejor alternativa de almacenamiento y distribución del líquido en catástrofes y emergencias naturales. (Además: La Nación felicita a los barranquilleros por el ahorro de agua)

Y mientras unos y otros defienden sus posiciones, Peter Gliek, presidente del Instituto Pacífico, concluye en su libro ‘Bottled and Sold. The Story Behind our Obsession with Bottled Water’ (‘Envasada y vendida. La historia detrás de nuestra obsesión con el agua embotellada’) que “finalmente este debate es sobre el valor del agua, sobre derechos humanos versus responsabilidades, prioridades y protecciones ambientales y sobre mercados versus bienes públicos, entre otras cuestiones”.

Si somos reflexivos, plantea Gliek, veremos el agua embotellada por lo que es: “El resultado de la falta de sistemas y servicios públicos que provean con eficiencia agua para todos. Debemos darnos cuenta de que la obsesión por este producto puede ser superada si abordamos las razones por las cuales lo buscamos”.

No es un tema menor, si se tiene en cuenta que el planeta atraviesa por el mayor estrés hídrico del que se tenga noticia –según el Banco Mundial– y que la demanda está aumentando a un ritmo que requerirá un incremento del 50 por ciento en las fuentes de agua de aquí al 2050.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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