Llegó la hora de la buena adaptación para el Magdalena

Llegó la hora de la buena adaptación para el Magdalena

Recuperar los bosques y restaurar la cuenca ayudará al país a enfrentar el cambio climático.

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05 de febrero 2016 , 04:53 p.m.

El panorama actual de Magdalena, la gran cuenca de la que depende  parte de la actividad económica del país y en donde habita el 77 por ciento de la población, nos hace preguntarnos sobre cómo un país con una de las mayores disponibilidades per-cápita de agua dulce del planeta pase por tantas dificultades para hacer frente a los extremos del clima.

Desde hace varios meses, en muchos municipios de la cuenca el abastecimiento de agua para las personas, y la producción de alimentos y energía, se encuentra gravemente limitado por una intensa sequía. Los mismos sectores que hace cinco años se vieron afectados por una ola invernal.

Esta experiencia la corroboran verificaciones de entidades, como la ONG Germanwatch (Harmeling 2012), según la cual en el año 2010, Colombia fue el tercer país más afectado por catástrofes naturales asociadas al clima; en este caso debido a las inundaciones de la ola invernal.

Según datos del IDEAM, al menos siete departamentos de la cuenca se encuentran en condición crítica de abastecimiento por la sequia asociada al fenómeno de El Niño.

Históricamente hemos respondido a los extremos climáticos de manera aislada, como si fueran problemas independientes; por ejemplo, durante épocas de invierno es común que desarrollemos o ampliemos obras de infraestructura, como diques, canales y embalses para proteger zonas urbanas y actividades productivas localizadas en antiguos humedales, zonas de recarga de acuíferos y planicies de los ríos.

Sin embargo, durante las épocas de estiaje, estos sistemas naturales transformados, que ahora son incapaces de recibir y almacenar aguas, conllevan a sequias más largas e intensas.

Para enfrentarlas, vemos cómo se proponen y construyen nuevos embalses, desviaciones y trasvases para garantizar la provisión de agua, fragmentando a su vez los ríos y otros ecosistemas de agua dulce, y limitando su capacidad de proveer servicios como la depuración de las aguas y la pesca, de las cuales depende el abastecimiento de las personas y la seguridad alimentaria.

El Canal del Dique fue uno de los puntos de mayores inundaciones durante el fenómeno de La Niña en el 2010 -2011. Fredy Gómez / TNC

Estos pocos ejemplos ilustran un ciclo donde la llamada “adaptación al cambio climático” desconoce las múltiples relaciones de causa y efecto de la intervención de los sistemas naturales y los servicios que dichos sistemas proveen a la sociedad. En la práctica, esto se llama “mala-adaptación”

Le propongo que imaginemos un escenario opuesto, que llamaremos de “buena-adaptación”.

Pero antes hagamos el ejercicio de conjeturar sobre el clima de las próximas tres décadas de la cuenca del Magdalena, digamos, hasta el año 2050. Con el cambio climático, la frecuencia y magnitud de los episodios como El Niño y La Niña serán inciertos, aunque potencialmente más intensos.

Por ejemplo, podríamos imaginar que durante el fenómeno de El Niño del año 20XX, las lluvias serán un 15 por ciento menores a las del niño actual, y que el fenómeno de La Niña de los años 20ZZ-20YY, será incluso un 20 por ciento más húmedo que el año 2011.

También imaginemos que durante el año podrá haber menos días con lluvia y que los aguaceros y granizadas serán un 20 por ciento más intensos que los peores que cada uno recordemos. ¿Cómo prepararnos, como individuos y como sociedad, para estos eventos?.

Junto a mis colegas de TNC realizamos un rápido ejercicio de modelación matemática, en el cual tomamos hipotéticamente una cuenca de ladera andina de alta montaña de 1.000km2 (por cierto, menos del 0.5 por ciento de la superficie total de la cuenca del Magdalena), para comparar la capacidad de retención y regulación hídrica de dos posibles cuencas: la primera con un ecosistema saludable y la segunda completamente deforestada, con sus suelos erosionados y desertificada.

El resultado nos mostró que los suelos y los bosques, sumada a la recarga de los acuíferos, en esta área, eran capaces de almacenar el equivalente a un embalse de 150 millones de metros cúbicos (que por cierto, si se construyera su costo rondaría los 100 millones de dólares).

Aparte de la inversión evitada para obtener un servicio que la naturaleza puede prestar, los ecosistemas sanos proveen otros beneficios, como hábitat de biodiversidad, producción de alimento, espacios de recreación, purificación y filtración del agua (lo que reduce los costos de tratamiento), entre otros.

La pesca artesanal en ciénagas aledañas es recurrente en las comunidades cercanas a los ríos.

Es decir, si detenemos la deforestación, y además nos fijamos el propósito como sociedad de restaurar en el mediano plazo el 10 por ciento o el 20 por ciento de los bosques de la cuenca, dispondríamos de más de infraestructura “verde” para reducir la vulnerabilidad a eventos climáticos extremos.

No podemos olvidar en este futuro “bien-adaptado” a los humedales localizados en las zonas bajas, que son ecosistemas que desempeñan un papel preponderante en la amortiguación de inundaciones y en almacenamiento de agua en época de sequías, y a su vez son los hábitats de cientos de especies de peces, reptiles, mamíferos y aves, muchas de ellas migratorias.

Por ejemplo, hemos estimado que el sistema de ciénagas y planicies de inundación del Bajo Magdalena, que incluye entre otros el sistema de la Mojana, la ciénaga de Zapatosa y la depresión Momposina, es un reservorio natural con una capacidad de aproximadamente 18.000 millones de metros cúbicos. Esto es equivalente a aproximadamente el doble de la capacidad de sumada de todos los embalses artificiales construidos en la cuenca desde 1960 hasta la fecha.

En las próximas décadas también habrá lugar para nueva infraestructura, pues no podemos desconocer la necesidad de garantizar el abastecimiento confiable de agua y energía para la gente y las actividades productivas. Nuestro propósito en este caso deberá ser una planificación con una visión sistémica de la cuenca, que reconozca las relaciones de dependencia entre los sectores, la gente y los ecosistemas.

Podemos, por ejemplo, definir desde ahora aquellos “ríos libres”, es decir, aquellos ríos que por su importancia ecológica deberán ser declarados áreas protegidas, y a su vez, desarrollar en los demás ríos solo los proyectos que minimicen la fragmentación y la alteración del régimen de caudales.

En este futuro imaginario podemos también construir una economía que funcione alrededor de los ecosistemas. Como sociedad podemos reconocer el gran valor de la función de conservación y restauración: desde las ciudades podemos valorar la labor las comunidades locales que ejercen la función de guarda-bosques y guarda-ciénagas, también podemos implantar otras formas de aprovechamiento y disfrute de los ecosistemas, como el turismo, o en zonas aptas, el desarrollo de actividades silvo-pastoriles o agro-forestales, y también diseñar seguros para la producción agrícola y pesquera que tengan en cuenta el riesgo asociado a la variabilidad climática. Deberíamos, por lo tanto, proteger todos los pocos bosques remanentes de la cuenca por su inmenso valor ecológico y social.

Estamos a tiempo de tomar medidas que mantengan la salud y resiliencia de la cuenca en el tiempo. En esencia, esta es una invitación a imaginar a alternativas para incrementar el bienestar de los habitantes del país y a la vez que beneficiamos a la naturaleza. Dicen que la mejor manera de predecir el futuro es construyéndolo, así que espero que todos acepten esta invitación.

*Thomas Walschburguer
Coordinador de Ciencias de The Nature Conservancy

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