'Tema', qué palabra empalagosa / En defensa del idioma

'Tema', qué palabra empalagosa / En defensa del idioma

Cuando en un discurso no se encuentra el término apropiado, se acude a esta palabra como un comodín.

04 de febrero 2016 , 08:21 p.m.

Hay dos palabras que siempre me han parecido bonitas y cuyos significados resultan impostergables en la aplicación cotidiana del trabajo periodístico: vida (humana) y verdad. Aparte de que ambas empiezan por la “v” de “victoria”, de “voz”, las dos enmarcan el ámbito, no solo de la actividad propia de la comunicación social, sino de todos los quehaceres que pretenden constituirse en un aporte efectivo para el crecimiento integral de la sociedad.

Cualquier recurso que atente contra la vida humana (incluida la vida digna) y cualquier intento por disminuir, tergiversar, ocultar o posponer la verdad de ninguna manera contribuye a enriquecer al ser humano, como individuo o como ser social.

Con los estudiantes de periodismo, cada semestre cuestionamos cómo no basta un título profesional para certificar la idoneidad de un profesional, en cualquier área del conocimiento. ¿Cómo puede ser ingeniero alguien que recorta la calidad de unos materiales para que se derrumbe un puente, poniendo en riesgo la vida de una infinidad de personas? ¿Qué decir del “médico” que se niega a salvar una vida y luego luce sus diplomas de reconocido galeno? ¿Cómo designar a alguien de “periodista” si acepta sobornos, oculta información, inventa testimonios o persigue sólo conveniencias lucrativas?

Las cosas no son porque parecen o porque se las designe como tales. Debemos apuntar a la esencia, no a la apariencia. Las cosas tampoco dejan de ser lo que son porque se las designe de otra manera o porque se omita la designación de su existencia. Nos apartamos más de la verdad cuando dejamos de lado alguna información que resulta pertinente para un contexto específico; en el “periodismo” de estos tiempos (con valiosas excepciones) se publican solo trozos de realidad (y muchos de la ficción), como si la hoja seca de un árbol fuera el árbol.

No se pretende aquí agotar estas perspectivas, pues en sí mismas son inagotables en un debate de altura; la intención consiste, sobre todo, en plantear algunas reflexiones acerca del papel del periodismo como orientador (o desorientador) de la sociedad, ya que se acerca el llamado Día del Periodista.

Como intuyo que las expectativas de algunos lectores, por lo regular, se centran en hallar en este espacio ciertos cuestionamientos lingüísticos, aquí van algunos, tomados de los desaciertos de mis propios colegas, que conforman otras de sus carencias:

-“Murió un menor de edad por el tema de las balas perdidas”, dijo un locutor. ¿Eso implica que ya no puede ni hablarse de algo porque se corre el riesgo de perder la vida? ¡Ya he advertido muchísimo acerca de esa “temitis” aguda! Ese cliché demostraría la pobreza léxica. Cuando en un discurso no encuentra el término apropiado, un expositor acude a “tema”, que funciona como el comodín en una baraja: sirve para todo, pero no define nada. A manera de prueba, cuenten los “temas” en una emisión radial.

-“Si atentan contra una figura importante explota el proceso de paz”, dijo el presidente Santos. Sin exagerar en la interpretación de esta frase, la palabra “figura” debe entenderse aquí como “persona”. Por tanto (y yo no lo sabía), parece que hay personas que no son importantes. Quizás, por eso resulta tan impertinente y discriminatoria esa abreviatura del inglés (VIP) que clasifica a ciertas personas como “más importantes” o “muy importantes”.

-“Repita otra vez”, le decía un locutor a un colega de otra ciudad. Siempre que se repite una idea, está implícito el “otra vez”, a menos que se solicite la repetición por segunda vez. Eso es una redundancia, como decir “vuelva a repetir otra vez de nuevo”. Basta decir: “Repita, por favor”.

-Aparece con cierta regularidad una expresión a todas luces absurda, que entraña el cúmulo de falacias en algunas fuentes de información: “El número de muertos ha descendido en este mes” (o este año, o este fin de semana). Entonces, en serio, uno se espanta: ¿Están resucitando?, porque solo así podría disminuir el número de estos.

Cualquiera diría (como pretexto) que los “muertos son menos con respecto al mes pasado” (o al año pasado, o al fin de semana pasado, etc.). Eso, quizás, sea cierto, pero es muy distinto a decir que “las muertes han disminuido”. Al contrario, y no hay posibilidad distinta: siempre aumentarán.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA
Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana

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