Ahí vino la plaga

Ahí vino la plaga

Esa es una de las grandes plagas de nuestro tiempo: la torpeza de la tal 'cultura organizacional'.

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03 de febrero 2016 , 06:51 p.m.

Nunca quise tener una tarjeta de crédito; nunca me pareció necesario y en cambio me daba miedo desbordarme con ella y caer sin remedio en las garras ansiosas del consumismo. Lo que Alfonso López Pumarejo llamaba ‘la prosperidad al debe’, la felicidad (y la ruina) al fiado. Hasta que un día descubrí que en el mundo de hoy nada se puede hacer sin tarjeta de crédito, nada, y que es más fácil y urgente tener una que tener alma.

Así que hace algunos años saqué mi tarjetica con el Citibank, cuyo nombre menciono no para hacerle propaganda sino dentro del más puro ánimo constructivo y anecdótico. Llegué a él casi al azar y porque era el banco que me quedaba más cerca. No pregunté mucho (para qué; todos los abismos son iguales), firmé lo que tenía que firmar y salí de allí como alma que lleva el diablo, solo que después de habérsela dejado.

Lo cierto es que desde entonces me ha ido muy bien con la tarjeta de crédito, me ha servido muchísimo. No tengo quejas ni objeciones salvo una, y es que para gestionarla y controlarla hay que llamar a un número telefónico. Escribe uno la cédula, da una clave, y oye la cálida voz femenina de una máquina que lo va guiando, como vaca al matadero, por entre el laberinto de las deudas, las fechas de corte y las cuotas por pagar.

Ese procedimiento, tan fácil, funcionaba a la perfección hasta hace poco. Pero entonces decidieron ‘mejorar las cosas’ (horror), y por supuesto las empeoraron y las hicieron incomprensibles y tortuosas. Lo que antes era lógico se volvió misterio e intuición, y siempre que llamo a mi banco, ahora, acabo como en una escena de Mr. Bean o de Woody Allen o de Kafka, o de los tres juntos, hundiendo como loco todos los botones del teléfono.

La cosa se hizo tan angustiosa que me fui en persona hasta allá, donde un señor, otro cliente, interpretaba como nadie mi sentir mientras le imploraba a una niña de información: “¡Quiero hablar con un ser humano!”. Ella le respondió: “Como tal el sistema ahora es más fácil porque busca tener más interacción con el usuario...”. Nos dijo que no nos podía ayudar más, que llamáramos a la línea de atención telefónica.

Ahora: digo el Citibank como podría decir cualquier otro nombre –cualquiera–, pues esa es una de las grandes plagas de nuestro tiempo, o la más grande: la torpeza de la tal ‘cultura organizacional’; la dictadura implacable del ‘sistema’ frente al individuo, aplastado y abrumado por una cantidad desmesurada de procedimientos absurdos que además siempre son peores porque siempre los están mejorando.

Si me gustaran las teorías conspirativas diría que eso ocurre así justo con ese propósito, para que al final el individuo desista y se resigne humillado y envilecido ante los mandatos del sistema. Tanto en el sector privado como en el sector público: filas interminables; turnos, siglas, códigos; confusiones, le faltó el sello, eso no es aquí. Eternas llamadas telefónicas a un robot mientras suena en ocarina, al fondo, la canción del Titanic. Y sí.

Y que no se nos olvide nunca, pero nunca, lo que define a este país y lo hace ser lo que es; lo que le da todo su poder moral y su gran valor como sociedad, como nación civilizada y de bien: la fotocopia de la cédula ampliada a 150. Ah, eso sí. Es más: es fundamental que desde ya la saquen y la tengan a la mano quienes vayan a firmar el 23 de marzo el acuerdo de paz con las Farc, porque sin ese requisito no hay proceso que valga.

¿Que somos demasiados en este mundo? Es cierto. ¿Que no hay más camino que dejarles la inteligencia a las máquinas? Quizá, no es que yo me esté quejando.

Como tal estoy solo esperando a que un humano me atienda por teléfono en mi banco.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

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