Granada de mano

Granada de mano

Lo bueno de la longevidad es tratar de cumplir los sueños de amigos que se van, como Carlos Granada.

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02 de febrero 2016 , 06:21 p.m.

Si la vida del hombre es un paréntesis entre dos nada (que debe llenar de sentido para darle la categoría de destino), el paréntesis que es la obra de Carlos Granada colma el desafío del artista. Dejó una obra impecable, si ello es posible con toda la iracundia que su alma emanaba, ante la injusticia y el despojo que campeaban por donde pasara la vista. Si la tortura se ensañaba contra los reivindicadores sociales, él dejaba claro testimonio en sus lienzos que trabajaba con igual saña que los verdugos. Inserto desde joven en la cofradía de quienes se jugaban el pellejo del alma por el rescate de la menoscabada criatura humana, puso sus pinceles a la orden de la reivindicación acudiendo al reclamo irascible, bien alejado del facilista panfleto de cierta facción izquierdista.

Pincel virulento contra la violencia que se le inoculó desde niño, cuando pintaba parecía circular por sus venas lava a cambio de sangre. Era el equivalente del ángel con la espada flamígera, esgrimiendo el tigre vindicatorio. Y como la violencia y el deseo caminan de la mano como Eros y Tánatos, también el sexo emanaba como expresión desmedida en el tremendal.

Cuando los nadaístas hacíamos los festivales de vanguardia, en la Cali de los primeros 60, el recién desempacado de Italia mitológico Pedro Alcántara lo invitó a nuestra sala de la Librería Nacional en compañía de otros dos artistas desmesurados y tratantes de los mismos temas de la reivindicación y el estruendo erótico, cuales eran Umberto Giangrandi y Augusto Rendón. Y allí también teníamos recién desempacado de Italia a Norman Mejía. Imagínese el pandemónium.

Se encerraba con sus grandes formatos a rumiar la indignación que le apretaba los molares y las ansias que circulaban por el árbol de su deseo. El producto era la sublimación de sus percepciones erupcionantes que culminaban como en un orgasmo de dioses. El sexo, desaforado e inquietante que supo manejar Carlos, es una sugestiva granada de mano para sus suspicaces admiradores.

Ahora que Carlos Granada ha apagado sus luces y dejado encendidos sus cuadros para que nos sigan iluminando, quienes le seguimos los pasos en el arduo camino del arte y la poesía contestatarios tenemos el deber de no dejar que su memoria se pierda en este bosque de olvidos que suele ser Colombia cuando no se le pone el despertador.

La inolvidable Joyce, con la solidaridad que le atañe como cómplice de los días fervorosos de la protesta incendiaria que coincidía con la pasión por el existir amoroso, en su espléndida galería LamaZone, expuso en días pasados una tremenda muestra, bajo el apelativo genérico de ‘Los colores de la vida, los colores de la muerte’. Allí estuvimos los amigos que aún gozamos de ojos dispuestos a no dejar apagar esa reciedumbre de trazos que han sido parte de nuestro trasegar por los presentes de entonces que nunca serán pasado. Porque por donde pasa el genio del arte todo se perpetúa. Parecían salidos de sus lienzos los pintores y amantes del arte Natalia, su hija; y su esposa, Juliana, Ángel Loochkartt, Humberto Giangrandi, Carlos Lersundi, Carlos Duque, Rochi Gómez, Jaime Ruiz, Angie Roa, Margarita Pacheco, Silvia Pombo, Alexandra Bardenheuer, Bernardo y Adriana Olarte, Patricia Chaparro, Jorge Botero, el anfitrión Germán Molano, entre otros, y aquí suspendo la enumeración, que va a convertirme el artículo en una nota social, de esas que tanto detestaba el pintor.

Lo bueno de la longevidad es tratar de cumplir los sueños de los amigos que nos dejaron y los de Granada son necesarios en esta Colombia tan poblada de sombras inespantables. No basta con mantenerlo vivo en los corazones, hay que hacer que se tome por asalto los museos de la memoria. Y los que guardan la memoria de sus más eternos artistas. En eso vamos a colaborarles, Juliana y Natalia.


Jotamario Arbeláez

jmarioster@gmail.co

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