Embelecos de burócrata

Embelecos de burócrata

¿Cómo puede progresar un país que pone a sus pensionados a correr por las oficinas?

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01 de febrero 2016 , 05:43 p.m.

Recordé aquí mismo hace años la vez cuando a un burócrata de la Dian, que luego acabó preso, se le ocurrió la idea peregrina de que todos los colombianos que vendieran un poema para una revista universitaria, por ejemplo, o un paquete de dulces caseros en una tienda de barrio o una diadema de plumas de loro ajeno en un almacén de artesanías, estaban en la obligación de cobrar el IVA y de consignarlo. Y recuerdo que entonces me acordé de un amigo mío de la adolescencia, un hombre al borde de los 70 años, diabético y viudo, a quien encontré corriendo por la carrera 7.ª con su factura numerada y 15 pesos, hacia las oficinas de la Dian, a hacer el bendito depósito. Darío Jaramillo le había pagado una colaboración en el boletín de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Yo le dije que se hiciera el pendejo, que los perros de la Dian que habían figurado en la publicidad de la entidad habían desaparecido, que nosotros éramos unos contribuyentes inapreciables por lo ínfimos. Pero él dijo: si no consignamos, nos embargan, Eduardo. Y abrió los ojos con un terror que me conmovió. Yo lo conocía bien y sabía en qué consistía su patrimonio: dos vestidos de pana, tres camisas gastadas, un par de zapatos negros, unos libros de Proust, la fotografía de su única hija y dos pocillos donde tomábamos té algunas tardes mientras me contaba que le rezaba a San Judas Tadeo. En el miedo de envejecer en la pobreza y pagar además el IVA de la inopia había abandonado el ateísmo de la juventud.

El robusto burócrata de marras leyó mi columna y me respondió en una carta escrita con fino humor, honrando su nombre, en la cual se justificaba con fervor patriótico y decía que era preciso “ampliar la cobertura” en bien del país. Y yo le contesté que para ampliar la cobertura no era necesario poner a correr un montón de viejos a pagar un impuesto de miseria cuando apenas podrían vivir si no contaran a veces con los buenos amigos. Pero los burócratas desconocen la compasión, y calló.

Volví a pensar en esa nota estos días cuando me enteré de la historia de un pensionado de 80 años, dueño de una diminuta papelería de pueblo, que cayó en la depresión gracias a otra genialidad burocrática que bien podría figurar en un libro de Kafka. El anciano está hoy obligado a inscribirse como independiente en una empresa de salud aunque esté amparado por la de su mujer para cobrar una colaboración en una revista de ruiseñores y los honorarios por su participación en una mesa redonda sobre el cultivo del zapallo, porque un tiempo cultivó zapallos en una pucha de tierra que fue de su padre. Además, debe incluir fotocopia de la cédula de ciudadanía, RUT actualizado, una certificación bancaria y la absolución de un cuestionario sobre sus actividades económicas que no entendería ni Mirúz, redactado en un castellano minusválido.

Un experto me dijo que estas minucias son una manera de gravar los pequeños ingresos. Así, sin más. Pero uno se pregunta cómo puede progresar un país que pone a sus pensionados a correr por las oficinas dilapidando un montón de horas que hubieran podido ser útiles, haciendo cola a la espera de una secretaria que se peina y gastando papel y kilovatios y gasolina, como si sobraran. Porque alguien resolvió morder desde su oficina todo aquello que se acerque al irrisorio salario mínimo. Y se pregunta uno ante la amenaza inminente de una nueva reforma tributaria, todo gobierno inventa una, cuántas reformas tributarias se han robado los contratistas de todo, cuántas valen los privilegios de los parlamentarios y los burócratas de la maquinaria. Y si no sería más urgente cerrar las brechas por donde se cuelan los ratones cebados de la corrupción y el despilfarro, en vez de someter a los ciudadanos honrados al inclemente “cosquilleo” detrás de la calderilla de sus magros bolsillos. La pregunta es válida. O a mí me parece.


Eduardo Escobar

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