Singapur vs. Colombia (parte II)

Singapur vs. Colombia (parte II)

La democracia es inútil en un modelo carente de equidad, en el que las oportunidades son para pocos.

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01 de febrero 2016 , 04:53 p.m.

En una edición previa de esta columna (EL TIEMPO, 24 de noviembre del 2015) discutí detalles acerca de la historia de éxito que representa la ciudad-Estado de Singapur, una nación que hace tan solo medio siglo era una economía fallida y que logró convertirse en el tercer país del mundo en términos de su producto interno bruto per cápita. Singapur exhibe notables indicadores de bienestar social, cuenta con uno de los mejores sistemas de educación pública del planeta y sus calles son ajenas a la ocurrencia de crímenes violentos. Tales resultados son consecuencia de aplicar de forma consistente y sostenida los siguientes principios: 1) entrenamiento y capacitación de la fuerza laboral; 2) posicionamiento económico estratégico y 3) planeación de largo plazo.

Un nuevo elemento para esta discusión tiene que ver con el modelo político y de administración pública que ha sido responsable de los cambios enunciados. En la actualidad, Singapur es uno de los países con menos corrupción en el mundo, así como la nación asiática con el más efectivo sistema judicial. Su gobierno disfruta de una aceptación popular del 85 %. Lo anterior contrasta con otras realidades que incluyen el uso obligatorio de la pena de muerte para delitos asociados con violencia y tráfico de drogas, la no existencia del concepto de derecho a la libre expresión y el requerimiento de permiso policial para reuniones públicas de carácter político que involucren a más de cinco personas. Esto, sumado a grandes cuestionamientos de la verdadera separación e independencia de los poderes legislativo y judicial del poder ejecutivo, así como bajas calificaciones en índices internacionales referentes a libertad de prensa.

Desde su fundación como república independiente, en 1959, la posición de primer ministro ha sido ocupada por tan solo tres personas, siendo el actual gobernante el hijo de Lee Kuan Yew, considerado el fundador de la patria y el primero en ocupar dicho cargo (entre 1959 y 1990). El Partido de Acción Popular (PAP por sus siglas en inglés, el idioma oficial de la isla) ha sido el único en alcanzar el poder, constituyéndose en la práctica en un sistema monopartidista. El gobierno de Singapur defiende su propia doctrina de “democracia asiática” en la que la meritocracia, el pragmatismo y el propósito de desarrollo económico son considerados principios superiores a la rendición de cuentas, la libre afiliación o la existencia de un esquema de contrapesos. A cada crítica de entes internacionales acerca de libertades limitadas, ellos responden que el verdadero libre albedrío se logra a través de la obtención de riqueza y mejores condiciones de vida.

Aclarando que mis ideologías y preferencias corresponden a las nociones de un Estado social de derecho que propenda por la emancipación cultural, política y religiosa, en lugar de uno basado en autoritarismo y censura, encuentro pertinente resaltar que la historia de Singapur parece mostrarnos que hay otras formas válidas de gobierno, así como estrategias alternas para alcanzar bienestar. En tal contexto, es legítimo preguntarse si de algo le sirve a una niña que habita alguna población olvidada del Chocó (que probablemente vivirá una vida llena de miseria y dificultades) que nuestra Constitución incluya el derecho al trabajo o al libre desarrollo de la personalidad.

La democracia no existe en realidad ni es útil en un modelo carente de equidad y en el que las oportunidades son para unos cuantos. A lo mejor, el proceso de paz y el nuevo país que esperamos de allí se derive sirvan para que estas reflexiones nos puedan llevar a un futuro distinto en el que el Estado liberal y de retórica de derechos efectivamente signifique prosperidad para todos.


Eduardo Behrentz

@behrentz

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