¿Cómo llegó la corona de los Andes al Museo de Arte de Nueva York?

¿Cómo llegó la corona de los Andes al Museo de Arte de Nueva York?

La joya más valiosa de la Colonia es payanesa y ahora se exhibe en este 'templo sagrado' del arte.

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31 de enero 2016 , 08:48 p.m.

El excelentísimo obispo de Popayán ordenó en 1592 que la corona debía exceder en belleza y fastuosidad a la de cualquier monarca. De otra forma, no podría ser un regalo digno de la Reina del Cielo.

Era la mínima ofrenda para pagarle a la Santísima Virgen de la Asunción el milagro de desviar la mortal peste de viruela que amenazaba con aniquilar, sin distingo, a nobles, seminobles, igualados, artesanos, soldados, monjas, curas, ñapangas, indígenas, esclavos y españoles que vivían en Popayán.

Cumpliendo la orden arzobispal y empoderados por la fe, tallaron una corona de 2.550 gramos con 279 esmeraldas tachonadas, la joya más antigua, grande y valiosa de la historia de Hispanoamérica, y además la colección de esmeraldas más grande del mundo, en una sola pieza. La corona se le puso en las sienes a Nuestra Señora de la Asunción, hace 416 años.

La joya, que permaneció en Popayán durante 350 años, admirada y venerada por sus creyentes feligreses, reapareció en público el 19 de noviembre del año pasado como la pieza central de la galería 357 del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MET). Había estado consignada por más de medio siglo en una bóveda del Citibank.

Míster Thomas P. Cambell, director del museo, exhibió orgulloso un video de la corona, la nueva adquisición del MET, explicando su origen e historia ante 370 asistentes vestidos en traje de rigurosa etiqueta y sin ningún invitado de Colombia, ni mucho menos de Popayán, donde 24 orfebres y talladores españoles trabajaron durante seis años para elaborar esa pieza que provocaba perfumados “guauuus” entre la selecta audiencia. (Vea aquí: Se inicia audiencia que busca recuperar tesoro Quimbaya)

En la tradicional gala, en el Waldorf Astoria, llena de mecenas del MET, se sirvió carpaccio de atún con salsa de oliva negra y otros manjares del chef Michel White, del restaurante francés Vaucluse; de postre, un árbol de chocolate relleno de crema, y, según reporta la agencia Bloomberg, se recolectaron 2 millones y medio de dólares para el fondo de adquisiciones del MET.

¿De qué manera llegó la corona de la Inmaculada Concepción, conocida internacionalmente como la corona de los Andes, de la Catedral Metropolitana Basílica de Nuestra Señora de la Asunción de Popayán al MET en el Central Park de Nueva York, uno de los más prestigiosos museos del mundo?

La historia es larga y llena de datos fantásticos que para algunos de los tantos historiadores payaneses son parte de la leyenda de este otro tesoro de los colombianos, que se esfumó de nuestro territorio.

Fe, tradición, generosidad, avaricia, desidia, honras, deshonras y promesas incumplidas de hospitales y ancianatos, protagonistas en esta excelencia orfebre de 34,3 centímetros de alto, 33,7 centímetros de diámetro y cinco libras y media de oro de 20 quilates y 1.500 quilates de esmeraldas.

A finales del siglo XV, cuando Popayán tenía más de 50 años de fundada, ya era una ciudad importante en la Colonia. Nobles españoles se asentaron allí y comenzaron a explotar minas de oro en Barbacoas y Chocó y se hicieron muy ricos.

La religión católica y la corona española gobernaban. La primera catedral fue un techo pajizo cerca de donde es hoy La Ermita y desde el primer día, en 1538, Sebastián de Belalcázar se la encomendó a la Virgen de la Asunción, representada en un retablo venerado por la fe profunda, traída e inculcada por los españoles, así como las pestes que, igual que los caballos, los nativos no sabían que existían.

Llegaban las noticias de la temida pandemia de viruela. Los habitantes de la ciudad, aterrorizados, no sabían si huir hacia el volcán Puracé ganando las alturas, meterse al río Cauca o enclaustrarse en sus casas. Y entonces el obispo de turno los convenció de que la única salvación era la Virgen, y todos los habitantes de la ciudad se encomendaron a ella, orando de rodillas, con los ojos cerrados, los labios balbuceando, juntando las palmas de las manos con camándulas y misales entre los dedos. El milagro se cumplió, los payaneses quedaron vivos, agradecidos y endeudados con la Reina de los Cielos.

En 1593 comenzaron a colectar donaciones para elaborar la fastuosa corona. La Catedral de la Inmaculada Nuestra Señora de la Asunción ya era un edificio de ladrillo y tejas de barro.

La primera corona solo tenía una alta, gruesa y repujada diadema o tiara. Demoraron seis años para entregarla. Las flores de oro repujado, donde van incrustadas las esmeraldas, significaban la pureza de la Virgen.

En ese primer anillo de oro repujado estaba tachonada la piedra verde que llevaba Atahualpa (‘gallo’ en quechua), el emperador inca que en 1533 llegó a Cajamarca (Perú) en andas y con 6.000 hombres desarmados, a cumplir una supuesta cita diplomática con Francisco Pizarro, pero en realidad era una cobarde y asquerosa emboscada para capturar al aguerrido emperador y masacrar a más de 1.000 de sus acompañantes. En el centro de la gorra de su penacho carmesí, insignia imperial, llevaba la esmeralda de 45 quilates que le robaron, y, según las crónicas, se la entregaron a Sebastián de Belalcázar, quien después la transfirió a un obispo durante su gobernación de Popayán, y 50 mas años más tarde terminó incrustada en la corona. (Además: Colombia va ganando una batalla legal por tesoros hundidos)

En la noche del 8 de diciembre de 1599, día de la Virgen, toda la ciudad salió a la calle vestida con su mejor atuendo blanco, cada habitante con un cirio encendido en la mano, las calles de tierra fueron tapizadas con pétalos; sobre el lomo de un caballo blanco, encima de un cojín de terciopelo rojo litúrgico, galopaba en una piadosa procesión por el centro histórico hasta la catedral de la Inmaculada. Era entonces solo una enorme y preciosa corona con 196 esmeraldas de puras aguas sobrepuesta en una imagen pintada en un retablo.

Cofradía ‘familiar’

El primer mayordomo de la cofradía designado por el obispo a comienzos de 1600 fue D. Gonzalo de Fonseca, con el encargo de custodiar la joya, que permanecía en la catedral. La ciudad, cada día más culta, influyente, militar, religiosa y bella, siguió venerando a su Virgen, sacándola para procesiones de Corpus Christi y de la Virgen.

En 1763, el obispo D. Gerónimo Antonio de Obregón y Mena, limeño, nombró como mayordomos de la cofradía al presbítero Manuel Ventura Hurtado del Águila y Arboleda y a D. Lorenzo de Mosquera, ambos de origen payanés. A ellos les encomendó, con riguroso inventario, muchas alhajas, entre ellas la corona de oro y esmeraldas.

Bajo la custodia de la Cofradía de la Limpia Concepción de Nuestra Señora en el Misterio de la Purificación, encabezada por Ventura Hurtado, comenzaron a recaudar nuevas limosnas entre los pobres y donaciones entre los notables ricos de Popayán con el fin de agigantar la corona y asegurarse de que ningún monarca tuviera sobre su cabeza un ornamento más digno.

A la primera diadema se le agregaron cuatro arcos imperiales de oro, tallados y con caminos de esmeraldas que rematan en un orbe y en la cima, un crucifijo lleno de esmeraldas que significa el dominio de Cristo sobre el mundo. De los arcos cuelgan 17 gotas idénticas de esmeralda.

Custodiar la corona era un honor, reconocimiento a la religiosidad y honradez, pero la sed por el oro acaba con el decoro.

Al sacerdote Manuel Ventura Hurtado lo sucedió su sobrino Nicolás Hurtado, cuando este murió. El obispo Pedro Antonio Torres, siguiendo la tradición de una cadena de custodia, nombró a D. Vicente Hurtado Mosquera, quien renunció porque se fue a vivir a París, y entonces el mismo obispo nombró como remplazo al esposo de doña Liboria de Hurtado, la hermana de Nicolás Hurtado, D. Antonio Olano y Olave. Ya estamos en 1860.

El señor Olano y Olave se fue a vivir a Quito y allá murió. Entre los bienes de su testamento, declarado en quiebra, no estaba la corona pues era claro que esta pertenecía a la cofradía.

Según los estatutos de la cofradía, el obispo D. Carlos Bermúdez nombró como síndico custodio al hijo de Antonio, a D. Tomas Olano y Hurtado.

Durante las nueve guerras civiles de Colombia, en Popayán y sus alrededores las reyertas eran frecuentes y la corona la guardaban en distintas casas para protegerla de la codicia y barbarie. La casa de Olano y Hurtado era un lugar obvio para guardarla y solo llevarla a la catedral en los días de fiestas patronales.

De pronto, como un milagro, la familia Olano Hurtado se sintió dueña de la corona de los Andes, por la encomendada tenencia de los últimos 100 de sus 426 años, y después de haber pasado por más de 15 prístinas familias de cofrades, una familia decidió enajenarla, venderla como si les perteneciera.

Don Tomás Olano Hurtado comenzó a gestionar la venta en 1907, por mediación del primer arzobispo de Popayán, D. Manuel José Cayzedo Martínez, con el pretexto de construir un hospital y un asilo. Siguió insistiendo en Roma a través de los arzobispos locales pidiendo que le autorizaran la venta de la corona, que de la noche a la mañana se había convertido de ‘cofradía local’ a ‘cofradía familiar’, como se lo espetó el cardenal Merry De Val, secretario del pontífice Pío XII, quien sin embargo le autorizó la enajenación el 17 de junio de 1914, pero con la condición de que todo debería estar autorizado por el arzobispo D. Manuel Antonio Arboleda Scarpetta, incluida la enajenación y la construcción del hospital y el asilo.

Manuel José Olano Borrero fue nombrado nuevo síndico mayordomo de la cofradía tras la muerte de su padre, Tomás Olano Hurtado.

La Basílica Nuestra Señora de la Asunción de Popayán es uno de los atractivos turísticos de la capital del departamento de Cauca. / Foto: Archivo particular.

Escondida en una caja

Cuando el arzobispo santarrosano Maximiliano Crespo Rivera descubrió que estaban feriando los sagrados bienes de la cofradía, les dio poder a los abogados Jorge Ulloa López y Gustavo Maya Rebolledo para demandar en juicio ordinario a Manuel José Olano Borrero para que restituyese a la iglesia catedral todos los bienes eclesiásticos, incluida la corona de oro y esmeraldas, y se condenara pago de perjuicios y costas del juicio. Y así lo ordenó la sentencia del juez 3.º del Circuito Alfonso Valencia Correa, el 29 de marzo de 1935.

El abogado Jesús María Casas se opuso, sin fortuna, al fallo alegando derecho de propiedad por considerar que la corona era “patrimonio de familia”.

Por decreto 927 del 4 de mayo de 1936, monseñor Crespo removió a Manuel José Olano del cargo de síndico-patrono de la Cofradía de la Inmaculada por “negarse a rendir cuentas al ordinario y entregar a este los bienes que ha guardado en calidad de depósito y por estar gestionando la venta de la corona”.

Olano Borrero ignoró el fallo del juez y el decreto episcopal y siguió buscando clientes para venderla. El negociante de joyas Warren J. Piper viajó de Chicago a Popayán y quedó asombrado con lo que sus ojos nunca habían visto. Vino la crisis de Wall Street en 1929 y Piper aplazó la compra.

Apareció entonces el intermediario Guillermo Rodríguez Fonegra, quien le dio 85.000 dólares a Manuel José Olano Borrero.

Piper seguía interesado en la corona, pero deberían entregársela en Nueva York. Olano Borrero contrató a su amigo Luis Carlos Iragorri Peña para que la negociara y sacara del país y así lo hizo, en el buque Santa Lucía de la Green Lane, que zarpó de Buenaventura. La soberbia corona salió escondida en la caja de un cubilete o sombrero de copa.

Al fin, la corona la compró el joyero Warren J. Piper por 125.000 dólares. Ante los fallos jurídicos, rumores payaneses y amenazas de excomunión, los abogados lograron rescatar algún dinero que se utilizó para terminar la construcción del Palacio Arzobispal, de estilo más italiano que español, ubicado entre la catedral y la Torre del Reloj. El hospital y el asilo para ancianos nunca se construyeron.

Popayán ha sufrido y sobrevivido siete terremotos en tres siglos. Las iglesias de la ciudad han sido destruidas y reconstruidas varias veces, incluida la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción.

La venerada y espléndida corona, la joya más valiosa y sagrada de Popayán y del Nuevo Reino de Granada, brilla hace dos meses en la galería 357 del MET de Nueva York, galopando sobre una torreja rotante y confinada en una urna de cristal blindado, antibala y antisísmico.

El Gobierno no ha dicho una sola palabra, ni un tuit sobre la reaparición y rescate de este invaluable tesoro cultural que ha sobrevivido intacto durante 416 años de fe, historia, oro y esmeraldas, elaborado para las sienes de la Reina del Cielo.

Estábamos más preocupados por la corona que, por un error, estuvo en las sienes de la reina Ariadna Gutiérrez durante 3 minutos y 56 segundos.

FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA
Especial para EL TIEMPO

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