Joe Arroyo: homenaje a uno de los más grandes del folclor nacional

Joe Arroyo: homenaje a uno de los más grandes del folclor nacional

Texto del periodista Mauricio Silva en conmemoración de los 60 años del músico cartagenero.

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31 de enero 2016 , 08:47 p.m.

Cuando el Joe murió en Barranquilla, el 26 de julio de 2011, inició una polémica musical perfectamente necia, como son todas las polémicas musicales, necias: ¿fue Álvaro José Arroyo el artista más grande de la música tropical colombiana en su historia?

Para mi gusto, su biógrafo, todo parece indicar que sí. Y voy a intentar decir por qué, aclarando de entrada que, solamente una vieja y enorme leyenda de nombre Lucho Bermúdez, lo podría alcanzar o, acaso, según los gustos –que son muchísimos a favor del hijo de Carmen de Bolívar–, superar.

Pero, según mis cálculos, la leyenda que hoy nos convoca, que nació hace 60 años en esta ciudad (Cartagena) el 1.° de noviembre de 1955 en el pobre barrio de Bruselas –y no en el pobre barrio de Nariño, donde todos se han apropiado de su acta de bautizo–, que falleció hace ya cinco años en la clínica La Asunción de Barranquilla, que en sí mismo mezcló composición, voz y presencia física, que con su música desbordó estudios, radios y escenarios, que decidió ser el más fulminante referente de la costa Caribe colombiana, el mismo que nunca aprendió a leer el pentagrama, quizás, sin proponérselo, casi de manera inconsciente, como si no se hubiese esforzado, se convirtió en el músico más sobrecogedor en la historia los ritmos afrocaribes colombianos. (Vea aquí: Con concierto y charla se rendirá homenaje a Joe Arroyo)

Y vamos a ver por qué. El primer punto a su favor tiene que ver con el hecho de que Joe Arroyo lo tuvo todo para ser la eminencia musical de este país, incluso más allá de quienes fueron sus padres putativos: fue un sobresaliente compositor, un bravo intérprete y un increíble personaje que, con su particular sonido, llegó lejos, probablemente más lejos que las leyendas que lo precedieron. Otras épocas, sí, pero llegó más lejos. De hecho, en cualquier ‘salseadero’ del mundo, cada fin de semana, casi como por obligación, suena una o varias de sus canciones.

Pero miremos atrás. Por más de medio siglo –si no, más–, a los colombianos nos enseñaron que los héroes de la música bailable de este país eran Lucho Bermúdez (Carmen de Bolívar, 1912 - Bogotá, 1994) y Pacho Galán (Soledad, 1904 - Barranquilla, 1988). Y claro que por aquel entonces lo fueron. ¡Inmensos, grandiosos, gloriosos…! Todos de pie.

Lucho y Pacho, aquel par de maestros del Caribe, con sus enormes orquestas y su arsenal de composiciones sustanciosas, moldearon la fantasía del sabor criollo, le dieron prestigio y sello a la música colombiana, y aceitaron –entre los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta– un par de máquinas que destilaron docenas de porros insignes, gaitas finas y merecumbés pegajosos, tres ritmos criollos que se enmarcaron en el formato de las ‘big bands’ del swing estadounidense, inscritas con honores por Glenn Miller, Tommy Dorsey, Benny Goodman, entre otros.

Fueron ellos, con patente incluida, los progenitores de un baile nacional que hoy es un clásico de los abuelos: apretado y elegante; y que las parejas colombianas arrastraron por las maderas de los grandes salones de la danza durante tantas décadas.

Pero hay dos ‘peros’: el primero, no fueron cantantes. Y el segundo, pasó mucho tiempo antes de que su música llegara al pueblo. De hecho, por años, su sonido fue el sonido de los salones de baile lujosos y no del sustrato popular al que sí le cantó el Joe desde siempre.

Eso sí, habría que subrayar que, aun cuando a Lucho Bermúdez nunca se le escuchó la voz en un toque, fue un virtuoso intérprete del clarinete, precisamente por lo cual –más allá de su carrera y de su infinita inspiración– hizo sobradísimos méritos para ser destacado en la tierra del baile como el ‘especial entre los especiales’. Y en eso se emparejan los dos bolivarenses. (Además: La escultura del Joe / Limonada de coco)

Y al lado de ellos, en el mismo nivel, estuvo el compositor José Barros (El Banco, 1912 - Santa Marta, 2007). Escribió más de setecientas canciones, pero, al igual que los anteriores, no cantó, ni mucho menos tuvo la presencia de las orquestas mencionadas. Simplemente fue el más grande compositor colombiano del siglo XX, como si eso fuera poco.

Luego, con tesis incluidas, los críticos –e incluso los literatos– nos hablaron de la trascendencia de Rafael Escalona y, en años más recientes, del nuevo sonido tropical de Carlos Vives, símbolos fundamentales de eso que se llama la ‘colombianidad’. Ambos juglares (muy a su manera y muy en sus épocas) estuvieron enmarcados en la música vallenata, otro género tan nuestro como la cumbia.

Escalona (Patillal, 1926 - Bogotá, 2009) fue un prodigio desbordado quien, a fuerza de pluma, será recordado eternamente por haberle dado un tono idílico y fantástico al vallenato, precisamente lo que le ayudó a que su vida y obra fuese llevada a la pantalla chica en una serie pintoresca que llevó su apellido. Pero tampoco cantó.

Vives, cantautor nacido en Santa Marta (quien interpretó en 1992 a Escalona en la televisión colombiana), es también una figura vital en la creación de una nueva resonancia, en principio entendida como el vallenato-rock, y más adelante como el tropipop.

Sin Vives, para bien y para mal, no habría nada de lo de hoy. ¡Un grande! Y aun cuando hizo el álbum más importante de la música colombiana, ‘La tierra del olvido’, y se convirtió en una estampa criolla definitiva, el volumen de su inspiración todavía no le alcanza para detonar, de esa manera tan certera, como sí lo hizo el polvorín de Arroyo. (También: Wachi Meléndez, el pájaro que revoloteaba al lado del Joe)

Y Shakira…, bueno, ya todos sabemos que eso es pop, que no es música tropical… Y Diomedes Díaz, profundamente popular y descaradamente vendedor, fue tocado más por la musa de la agitación que por el dios de la invención.

Por eso me atrevo a decir que Álvaro José Arroyo, el Joe, tuvo lo mejor de todos a la vez: inspiración a borbotones, creación, autenticidad, alegría, brillo, potencia, presencia, vigencia, voz, ventas, reconocimientos, vida de novela y sabrosura pura. Toneladas y toneladas de sabrosura letal.

Vale la pena aclarar, una vez más, que el Joe jamás aprendió a leer música, por lo cual solo pudo dictar lo que a bien tenía para sacar de su garganta. A él le soplaban de arriba y esa información desbordaba su cuerpo. Convengamos, era un genio natural.

En cuarenta años de vida artística, ‘El Centurión de la Noche’ dejó un legado de cuarenta y siete álbumes, algo menos de cuatrocientas canciones grabadas y poco más de cien composiciones, de las cuales más de cuarenta alcanzaron los primeros lugares de los listados de la música tropical. Muy pocos pueden decir eso.

Por otra parte, su inmensidad probablemente consiste en que su obra no estaba dirigida a grupos selectos. Por el contrario, Colombia entera lo bailó, lo baila y lo bailará en un acto reflejo, sin la más mínima pretensión. Al pueblo se le da el Joe, porque el Joe, intencionalmente, siempre fue profundamente popular. “Siempre pensé en el bailador: esa fue la clave”, me dijo alguna vez, resumiendo su tarea.

¡Que levante la mano el colombiano de nuestros días que no haya ‘zapateado’ o por lo menos tarareado, gozado, bebido, o simplemente escuchado en un trayecto de bus una de estas canciones, la gran mayoría de su autoría: ‘El ausente’, ‘Tania’, ‘Nadando’, ‘Flores silvestres’, ‘Manyoma’, ‘Negro chombo’, ‘El caminante’, ‘Palenque’, ‘El cocinero mayor’, ‘Confundido’, ‘Volvió Juanita’, ‘Morena de 15 años’, ‘Patrona de los reclusos’, ‘Abandonaron el campo’, ‘Tumbatecho’, ‘Me le fugué a la candela’, ‘Musa original’, ‘Rebelión’, ‘Ban ban’, ‘Mary’, ‘Echao p’adelante’, ‘Son apreta’o’, ‘La noche’, ‘En Barranquilla me quedo’, ‘Fuego en mi mente’, ‘Yamulemau’, ‘Por ti no moriré’, ‘A mi Dios todo le debo’, ‘Suave bruta’, ‘El centurión de la noche’, ‘Pa’l bailador’, ‘Simula Timula’, ‘Teresa vuelve’, ‘Te quiero más’, ‘El trato’, ‘Tamarindo seco’, ‘Ella y tú’, ‘Tal para cual’, ‘Inocente’, ‘Noche de arreboles’, ‘Sabré olvidar’, ‘La tortuga’ o ‘La fundillo loco’.

Y otra poderosa tesis que avala al Joe como el más caliente del bailoteo nacional tiene que ver con la invención de un sonido sin antecedentes en América, pero que, en efecto, corresponde a la extraña mezcla de muchos ritmos caribes: el Joesón.

¿Y qué es? En marzo del 2004, el propio Arroyo confesó para la revista ‘Rolling Stone’: “Es un sonido que tiene soka, salsa, sonidos africanos, cumbia, brisa del mar y un cincuenta por ciento que nace de mí, pero que no tengo ni puta idea qué es”.

Sí, el Joe, además, se inventó un género.

A todo eso habría que sumarle que Arroyo fue el protagonista de la primera banda de salsa nacional que se hizo famosa en el exterior, Fruko y sus Tesos (lo cual no es poco si se tiene en cuenta que Colombia es el último guardián del género), y que, ya en su madurez, no solo buceó en las más profundas aguas del folclor costeño sino que, con sus versiones cadenciosas de las cumbias, los chandés y los bullerengues, aportó en la historia e hizo zangolotear al país en el más seguro de los terrenos: su tradición. Por eso, su contribución al Carnaval de Barranquilla es sencillamente innegable.

Y más allá de lo que significa toda su producción, también habría que señalar que en el Joe habitó un coloso del escenario, un ‘showman’ por excelencia. Un ‘frontman’ inimitable, y lo que es más importante, un rotundo artista en la autenticidad.

Su sola presencia física, la del niche extasiado en su arte, la del volcán en las tablas, ya pagaba la boleta. Nadie bailó como él –sus rodillas se elevaban hasta el ombligo–; nadie cantó como él –hacía con la voz lo que le daba la regalada gana–; y nadie aulló como él –incluida esa contracción de la garganta que lanzaba un relincho de caballo, que fue el sello de su canto–.

Me atrevo a decir que, como el Benny Moré, Tito Rodríguez, Celia Cruz, Maelo Rivera, Héctor Lavoe, Willie Colón, Rubén Blades y Oscar de León, si es que no falta nadie más, el Joe entró hace rato a hacer parte de ese desordenado pero sabrosísimo olimpo de ídolos populares (no por ello geniales) de la música tropical latinoamericana.

Pero todos estos argumentos que esgrimo con descarada admiración están por reafirmarse. Algún día, otro tipo –uno mucho más responsable que este biógrafo– lo dará por sentado. Por ahora, de Colombia, para mí, el Joe es el más grande.

MAURICIO SILVA
Editor de la revista BOCAS, autor de la biografía del Joe Arroyo ‘El Centurión de la Noche’ y del libro ‘¿Quién mató al Joe?’.

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