Amigos, ópera y mambo: una entrevista con Gloria Zea

Amigos, ópera y mambo: una entrevista con Gloria Zea

Esta gestora del arte colombiano duró 47 años en la dirección del Museo de Arte Moderno de Bogotá.

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29 de enero 2016 , 07:31 p. m.

“¡Yo era UN CHURRO! No te imaginas…”. Gloria Zea recuerda sus días de profesora en la Universidad de los Andes con una picardía de adolescente. No tenía más de 25 años y cuando se paseaba por los corredores de la universidad, sus alumnos apenas tenían ojos para ella. Y su esposo no era la persona más feliz del mundo. “Fernando era tan celoso –suspira–, en el fondo era un señor antioqueño hiper tradicional, que me quería en la casa con un montón de niños”. O por lo menos encerrada en la casa con los tres que tuvieron juntos: Fernando, Lina y Juan Carlos. Botero no quería que trabajara y no podía dejar de sentirse intranquilo de verla en la universidad donde la conoció y fue alumna suya. “No tenía por qué ser celoso. Me acuerdo que cuando entraba a clase mis alumnos silbaban y yo me ponía como una pantera. Hoy en día se me acercan unos viejitos que no pueden con su espalda y me dicen –y en ese punto hace la caricatura de la voz de un anciano–: ‘doña Gloria, doña Gloria. Yo fui alumno suyo’”.

Gloria pronuncia la palabra ‘viejitos’ con desdén; ella no sabe qué es la vejez; la ve en los otros, pero nunca en su cuerpo ni en su cabeza, no se imagina su vida fuera de su oficina en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. La palabra ‘jubilación’ no hace parte de su léxico y ahora solo tiene ganas de verse al frente de la ampliación del Museo. “Ya dimos el primer paso”, me dice. El terreno destinado para el edificio, diseñado por el arquitecto Rogelio Salmona, es el inmenso parqueadero que está al costado izquierdo de la entrada del Museo; todo indica que era propiedad de un narcotraficante –“un mafioso”– y que ahora pasa a manos del estado. “La obra, en total, cuesta 70 mil millones de pesos. El gerente es Rudolf Hommes. Ya tenemos 46 mil. Y 24 mil millones de pesos es una bobada para mí. O los consigo o los consigo”.

Gloria se ha casado tres veces, la primera con Botero, la segunda con Andrés Uribe –el creador, entre otras cosas, de la marca Juan Váldez y uno de los empresarios más recordados en el gremio cafetero colombiano– y desde hace más de 20 años con el italiano Giorgio Antei. Hoy en día vive en la casa en la que creció. “Mi papá, Germán Zea, fue uno de los políticos más importantes de la generación de Carlos Lleras, ocupó los cargos más importantes de este país.

Fue senador, ministro en numerosas ocasiones, alcalde de Bogotá, gobernador de Cundinamarca, todo. Papá perteneció a esa estirpe de políticos liberales profundamente honestos y al morir nos dejó a sus tres hijos la casa que había durado pagando toda su vida en el Parque Nacional, la casa donde yo vivo”. Y la casa donde nunca fue bien recibido Fernando Botero. “Mamá –recuerda– le decía que pintara, que no había ningún problema, que ella lo apoyaba, pero que por qué no trabajaba de lunes a viernes”.

¿Cómo se conoció con Fernando Botero?

Yo terminé el bachillerato en Nueva York y cuando volví a Bogotá estudié Filosofía y Letras con énfasis en Arte en la Universidad de los Andes. Yo pensaba seguir estudiando en EE. UU., pero Alberto Lleras –que era el rector de los Andes y amigo intimo de mi papá– me convenció de quedarme en Colombia, “tú por qué estás allá”, me dijo, “si aquí hemos hecho una universidad para que gente como tú no se tenga que ir”. En los Andes conocí a dos personas definitivas en mi vida: Fernando Botero y Martha Traba, ambos eran mis profesores. Fernando y yo nos enamoramos locamente y empezó a dictar la clase solamente para mí. Las demás alumnas lo acusaron con el rector y lo echaron, y cuando lo echaron, decidimos casarnos. Yo tenía 18 años.

¿Y se conocieron en clase?

No, primero nos conocimos en una comida, en una fiesta… No me acuerdo, pero cuando llegué a la universidad y descubrí que era mi profesor… fue un romance increíble, ¡la machera!, ¡mi ojo en tu ojo y la pasión total! Las demás alumnas vivían muertas de los celos porque Fernando ni las volteaba a mirar…

¿Cuánto tiempo duraron de novios?

Seis meses. Y los planes que hacíamos eran lo más bello del mundo. Fernando tenía su estudio en un cuartico en la 39, abajito de la Séptima, y mi casa quedaba y queda en la esquina de la 35 con la quinta. Él pintaba con unos pantalones de pana donde limpiaba los pinceles, porque no tenía trapo para limpiarlos, esos pantalones se quedaban parados solos por la cantidad de trementina y colores, y con ese pantalón de colores atravesaba el Parque Nacional, golpeaba en mi casa, iba por mí y mi mamá caía desmayada del horror de ese personaje tan raro. Nuestro romance era caminar por la séptima desde la 34 hasta el café El Cisne que quedaba aquí enfrente del Museo…

¿En donde está la torre Colpatria?

Ahí, en esa cuadrita. El Cisne era una cafetería donde iban todos los intelectuales, Rogelio Salmona, Guillermo Angulo, Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, Hernando Valencia, Grau, Ramírez Villamizar. Éramos los chiquitos del paseo, Ramírez, Obregón, le llevaban a Fernando 10 años, ¡éramos los bebés! Y nos trataban como bebés simpáticos, tan adorados, tan bonitos, pero nadie nos paraba muchas bolas porque no éramos nada. Nuestro romance era tomarnos un café, conversar ahí y volver por la Séptima hasta mi casa. Los domingos el plan era caminar por el Parque Nacional –como cualquier pareja de empleados del servicio que se respetara–. Luego nos casamos. Yo no me había graduado todavía de la universidad y al poco tiempo nos fuimos a vivir a México.

Y se encontraron con el escritor Álvaro Mutis…

Mutis era “Lorenzo el Magnífico”. Todos los artistas vivíamos muertos de hambre, en Colombia nadie compraba arte, y Fernando era un muchachito que no conocían ni en su casa, pero Álvaro Mutis era el director de relaciones públicas de la ESSO colombiana y tenía un presupuesto gigantesco que, justamente, gastaba en arte con una generosidad única. Vivía en un apartamento en la 34, en una época en que nadie tenía apartamento, y todas sus paredes estaban llenas de cuadros. Era el único que compraba arte, todos los artistas vivíamos de él y lo idolatrábamos porque era un ser humano excepcional, en un momento dado nombró a Fernando director de arte de la revista Lámpara. Fernando la diseñaba, la diagramaba, le hacía los dibujos, y de eso vivíamos. Mutis hacía cosas inverosímiles, una vez hizo una fiesta en el Jockey Club en honor del Gran Vatel, el cocinero de Luis II, y mandó a traer el paté y el caviar de París e invitó a todos los intelectuales de la época, claro… todo eso con plata de la ESSO.

Fernando y yo nos fuimos a México, en teoría, por un mes. Cuando yo conocí a Fernando acababa de llegar de Europa, de estudiar el Renacimiento, a Piero Della Francesca, a Pablo Ucello y estaba enloquecido por descubrir América Latina y el color del trópico, y resolvió que fuera como fuera nos íbamos a México, y nos fuimos para México a quedarnos un mes (porque yo estaba esperando a Fernando, mi primer hijo), y volver a tener el niño acá.

Nos enloquecimos con México y no sé cómo, pero logramos quedarnos dos años y allá nació Fernando. Nos manteníamos con una platica que papá y mamá nos enviaban, pero no era mucho, vivíamos en un apartamentito diminuto, donde Fernando pintaba, yo cocinaba y cuidaba al bebé, un día fuimos a una exposición y nos encontramos a Mutis. “Maestro, ¿usted qué está haciendo aquí?, que es esa dicha de verlo, ¿por qué está aquí?” “Tuve que salir exilado de Colombia”, nos dijo, “me estaban persiguiendo por motivos políticos”. Y nosotros nos comimos el cuento entero, porque eso era normal en ese tiempo. Cuando terminó la exposición le dijimos, “maestro, ¿dónde está viviendo’”, “en la pensión no sé qué cosa, detrás del Zócalo” Nos respondió. Lo acompañamos. Era un sitio de mala muerte y yo le dije a Fernando: “¡No podemos dejar a Mutis viviendo aquí! “¡ ‘Lorenzo el Magnífico’ viviendo en San Victorino! ¡No, no!, y entonces le dijimos: “¡Maestro, véngase a vivir con nosotros de inmediato!” El apartamento tenía dos alcobitas diminutas, una donde dormíamos Fernando y yo, y otra donde dormía el niño y un gato. Empacamos las cosas, trasladamos al niño a nuestra alcoba y vivimos año y medio con Mutis.

Hasta que…

Hasta que lo agarraron.

¿Pero él no les contó la historia?, ¿no les contó que lo estaba buscando la policía por malversar la plata de la ESSO?

Nunca, nunca. Nosotros la supimos después, pero nunca hablamos del tema, él estaba escondido y era claro para nosotros que él estaba escondido y que había que seguir escondiéndolo.

¿Y de qué vivían?

Él escribía para revistas mexicanas, y empezó a conocer a los hermanos Barbachano, que eran los que hacían cine, comenzó a distribuir las películas de la Paramount y no sé qué cosa, sin moverse de México porque no podía viajar. Bueno, entre los tres no teníamos un solo peso, pero la pasábamos de maravilla, vivíamos en la colonia Nápoles y nos íbamos a la cinemateca en un taxi de tres pesos, veíamos la película y como no teníamos con qué coger el taxi de regreso, regresábamos caminando, atravesábamos la ciudad entera hablando por Insurgentes, cosa más maravillosa con Mutis y con Fernando, hazme el favor, llegábamos a las tres de la mañana a la casa.

¿Qué más pasó en México?

La etapa en México fue lo más formativo que te puedas imaginar, porque conocimos a todos los artistas, ¡a todos! Fernando comenzó a hacer contacto con las galerías, empezó a vender, imagínate vivir uno con Mutis y con Fernando Botero y lo que se generaba alrededor…

¿Ahí Fernando Botero empezó a ser famoso?

No, empezó a vender muy en escala menor, su primera gran exposición la hizo en la Unión Panamericana en Washington.

¿Cuánto tiempo duraron de casados?

Siete años.

Siete años y tres hijos.

Yo no me acuerdo de estar casada con Fernando Botero, sino embarazada… Pero fue una etapa tan maravillosa. Éramos un par de muchachitos descubriendo el mundo y muertos de ganas de devorarlo juntos, porque lo bueno de los dos es que yo no era esposa geisha, sino una esposa que también absorbía el mundo.

Debía de ser una relación difícil. Ninguno de los dos tiene un ego especialmente pequeño.
Pero esa etapa no fue difícil, porque yo estaba dedicada a la maternidad, empezó a ser más difícil adelante, cuando empecé a trabajar.

¿Por qué?

Cuando comencé a trabajar en la Universidad de los Andes como profesora, empecé a sentir que tenía que encontrar mi propio camino y Fernando es antioqueño…

¿Muy antioqueño?

Eso es una enfermedad que no se quita facilito.

Y quería que se quedara cuidando los niños…

Sí, señor, y que no saliera de la casa.

¿Y qué pasaba con sus alumnos?

La clase que yo dictaba era pre-médico. La Universidad de los Andes tenía un convenio con la Universidad del Valle y los estudiantes de medicina hacían tres años en la del Valle y luego venían a los Andes, a mí me tocaban alumnos que ya habían hecho tres años de universidad, ¡que eran mayores que yo! Pero ¡mucho mayores! ¡Y yo ERA UN CHURRO! Cuando entraba, toda la clase silbaba –Gloria imita los silbidos– y yo me enfurecía como una pantera, todavía me encuentro con unos viejitos que me dicen: “Ayyy… doña Gloria, ¿se acuerda?, usted fue mi profesora”.

En pocas palabras, a Fernando Botero le dieron celos.

Puros y malditos celos.

Retrato de Gloria Zea, por Fernando Botero. Archivo particular

¿Y cómo hacían con tres niños?

Mi mamá me ayudaba. Yo les dejaba a los niños y los recogía cuando salía del trabajo. Viví toda la vida muerta de la angustia, sintiéndome la peor madre o la peor ciudadana, porque yo siempre he sentido que uno tiene la obligación de aportar, que uno no puede pasar por la vida como una pelota, como una maleta, sino que tiene que dar. Siempre lo he sentido como una obligación. Yo sentía que tenía que estar trabajando y haciendo algo útil, pero al mismo tiempo me sentía la peor mamá del mundo entero y un día, años después, leí una entrevista de Golda Meir en la que contaba que toda su vida había vivido en esa angustia, que si se volvía a su casa a cuidar sus niños se sentía la peor ciudadana de Israel, y cuando volvía a trabajar y a ser primera ministra se sentía la peor mamá. Un día llegué a la conclusión de que lo que importaba con los hijos era la calidad del tiempo y no la cantidad, y creo que tenía razón, porque he sido una muy buena mamá y tengo los tres mejores hijos del mundo.

¿Y cuándo empezó la aventura del Museo?

Me separé de Fernando y él se fue Nueva York. Yo hice lo mismo, porque a mi papá lo acababan de nombrar embajador en las Naciones Unidas, cuando regresé Martha Traba me invitó a almorzar en el restaurante Continental en la avenida Jiménez y literalmente me entregó el museo. Me dijo, “ahora eres la directora del Museo de Arte Moderno, un museo que hicimos cuando tú no estabas, te lo entrego porque mañana me voy a vivir a Venezuela”.

¿Y qué le entregó?

El museo –literalmente– era una cajita de cartón con los estatutos del museo, ochenta cuadros, la personería jurídica y los catálogos de las exposiciones que se habían hecho. El museo –ubicado en esa época en la Universidad Nacional– estaba cerrado desde hacía dos años, quince días después de la reunión con Martha y de que ella se fuera con el critico Ángel Rama para Venezuela, me llamó la secretaria que estaba encargada de los cuadros, y me dijo: “Doña Gloria, con las pedreas de la calle 26 desbarataron los vidrios y las obras están a la intemperie y cualquiera se las puede llevar”. Yo me fui corriendo con mi marido en ese momento, Andrés Uribe, y con su hijo. Alquilamos un Real Taxi enfrente de la plaza de toros. Eran una especie de camioncitos de servicio público. Nos metimos por entre los prados de la universidad y sacamos por las ventanas los cuadros y las esculturas. Los salvamos todos.

¿Y qué obras había?

Estaba este Obregón, estaba el Botero, había un Roda, no era mucho, pero era una maravilla. Los metimos todos en el sótano del edificio donde Andrés tenía su oficina, aquí en la 26, y los guardamos ahí hasta que me conseguí el espacio de Bavaria.

¿Dónde conoció a Andrés Uribe Campuzano?

Andrés era el gerente de la Federación de Cafeteros en Nueva York, y era el tipo más importante de Colombia, había inventado a Juan Valdéz y en Estados Unidos le decían “Míster Coffee”; lo conocí en una comida, porque yo era la hija del embajador, y nos enamoramos locamente.

¿Él era mayor, no?

Me llevaba treinta y tres años. Tenía exactamente la misma edad de papá. Se llevaban apenas quince días. Mi papá no me habló durante un año, me dijo que yo estaba como una cabra con balaca azul, hasta que nos casamos y le tocó volver a hablarnos.

¿Y se la llevó siempre bien con los niños?

Fuimos y somos una familia que se quiere mucho, mañana precisamente tengo un almuerzo en la casa de Andrés. Andrés hijo era mayor que yo y María Elvira era de mi edad e hicimos una familia que se adora. Los nietos de Andrés tenían la misma edad de mis hijos, esos niñitos se criaron como hermanos y se quieren como hermanos. [Y en este punto, Gloria empieza a llorar; siempre le pasa cada vez que habla de Andrés Uribe. “Fue el más extraordinario ser humano que he conocido en mi vida, me casé con seres únicos y excepcionales, pero Andrés Uribe, yo no he conocido otro ser igual, ni lo conoceré, era el más bello, el más generoso, el más divertido, el más inteligente, el más brillante, un señor…”.]

¿Y es cierto que ustedes dos fueron los primeros secuestrados en Colombia?

Fui la primera mujer secuestrada en Colombia. Nos raptaron cuando veníamos de Girardot, no fue la guerrilla, sino el hampa pura.

En un archivo del ABC de España vi el nombre del secuestrador: Juan Francisco Ferreira García.

Juan Francisco Ferreira García estaba casado con la hija de un zapatero que tenía su negocio a dos puertas de la entrada del edificio donde Andrés tenía sus oficinas. Había estado preso en México porque había asaltado –con un asesinato de por medio– un camión de valores. Llegó de México, luego de pagar su pena, y cuando se instaló en la casa del zapatero decidió que, como teníamos dos Mercedes-Benz en la puerta, éramos buenos clientes, y ese fue el secuestro, fue pura hampa.

¿Cuánto tiempo estuvieron secuestrados?

Poco, 10 días. Ese tipo había conseguido a otros secuaces, pero no estaban preparados para tenernos más días, a los 10 días buscaron cómo negociar, primero me soltaron a mí y luego a Andrés.

Pagaron entonces…

Sí.

¿Y luego lo atraparon?

Primero nos fuimos de Colombia durante todo el verano, Andrés Uribe le entregó sus negocios a Andrés hijo (en esa época Cementos Diamante y hoy Ladrillera Santa Fe). Andrés le entregó todo y se dedicó a buscar a los secuestradores.

¿Con la policía?

No, pagando informantes en los bajos fondos. Y los cogió a todos, los metió a la cárcel a todos. Él me dijo, “hasta que yo no coja a esos tipos no puedo seguir viviendo”. Andrés era un self-made-man, había tenido una infancia muy, muy pobre, se había hecho a sí mismo y había amasado una fortuna exportando café. A él nunca lo había derrotado nada en la vida y menos estos hijueputas, “yo no me puedo dejar de estos hijueputas”, dijo, “porque mientras estén sueltos yo no tengo vida”. Y los cogió a todos.

¿Andrés Uribe era igual de celoso que Botero?

No, todo lo contrario, todo lo contrario, él fue mi mayor respaldo. Cuando Martha me nombró, yo no tenía ni idea en lo que me estaba metiendo y Andrés fue el primero que me dijo “métete, saca eso adelante”. En esa época acababan de construir el edificio Bavaria y en la parte de abajo habían dejado todos estos locales donde hoy en día están el Oma y la galería Cano. Y me fui a hablar con Carlos J. Echavarría, que era el presidente de Bavaria, y tuve suerte…

Él no sabía nada de arte ni le interesaba, pero tuve la suerte inconmensurable de que su jefe de relaciones públicas era Bernardo Hoyos. Cuando yo iba a entrar a la cita, Bernardo me dijo tú a qué vienes y le conté, y él entró primero y le dijo, “mira, Gloria viene a proponerte una cosa que es importantísima, tienes que decirle que sí”. Me dieron los locales gratis durante un año y traje, entre otras cosas, una exposición de Calder del Museo de Arte Moderno de Nueva York y otra de Rodin, del Museo Rodin, de París, que fue en la sede que tuvimos en el Planetario.

¿Y cómo nació este edificio?

Me di cuenta de que era necesario tener una sede propia y con Rogelio Salmona empezamos a buscar por todo Bogotá un espacio y encontramos este: una lengüeta que había quedado al hacer los puentes de la 26, no era más ancho que esta oficina, era un lote que había quedado perdido, diminuto, “angostiquitico”, y era del Ministerio de Obras Públicas. Me lo dieron y con Rogelio nos cogimos la calle, porque la carrera sexta había quedado aquí inconclusa sobre el puente, entonces invadimos la carrera… hicimos el museo sobre la carrera sexta.

¿Y cómo hicieron para conseguir plata?

¡Qué no hicimos! Yo digo que lo único que no he hecho es prostituirme en la carrera Séptima, porque todo lo demás lo he hecho. Hicimos subastas, carreras de caballos, premier de películas, y una campaña que fue importantísima: la de “compre un ladrillo”, una serigrafía de un ladrillo que me hizo Santiago Cárdenas.

¿Y cuántas serigrafías eran?

Íbamos haciéndolas a medida que se iban acabando; creo que eran a cinco mil pesos cada una, y con eso fuimos construyendo el museo.

¿Cuánto se demoró Salmona haciendo el diseño…?

Mucho tiempo, porque yo lo cambiaba cada cinco minutos, lo llamaba y le decía no podemos hacer eso que habíamos decidido porque no hay plata, entonces él volvía y arrancaba, con una paciencia… ¡qué ser humano tan extraordinario! Yo le cambié no una, sino mil veces el proyecto, según el presupuesto que había. El cuento más divino era que ya habíamos hecho los dos primeros pisos, los sótanos, el piso de abajo y este, y me faltaban los dos pisos de arriba, y ya no había cómo conseguir más plata. Y en esas se posesionó Belisario y yo dejé de dirigir Colcultura y volví del todo a la dirección del museo. Yo no conocía a Belisario, y un día, en la inauguración del Salón Atenas, Alberto Casas invitó al presidente, y cuando terminó el momento de los discursos, yo le dije, señor presidente, usted que es un adalid de la cultura, ayúdeme por favor a conseguir la plata que me falta para hacer el museo, porque ya no doy más. Él me preguntó de cuánto era el sablazo, “Cuarenta millones de pesos”. Él no dijo nada y al día siguiente sonó el teléfono en mi casa a las cuatro de la mañana: “Doña Gloria, la llaman de Palacio”. Y efectivamente era el presidente (que, entre otras cosas, siempre llamaba a esas horas). Y me dijo: “Ya sé cómo te voy a conseguir la plata, les he pedido a las cuatro corporaciones de ahorro y vivienda del Estado que te preste cada una diez millones de pesos, ¿tú tienes cómo respaldar el préstamo?, le dije sí, claro, el museo tiene su colección, las obras, etc. Entonces cada uno de los gerentes te va a llamar y te va a prestar diez millones, y así fue, menos el último que me llamó y me dijo, doña Gloria pero yo no le presto a usted esa plata sin su firma personal respaldando el préstamo. Y me dio mucha rabia. Yo siempre había respaldado los préstamos del museo con mi firma personal, pero este préstamo no lo había pedido yo, lo había pedido el presidente. Hice que el presidente, que no era amigo mío, se diera cuenta por medio de una amiga y él hizo una cosa que, desde ese momento, me convirtió en su abyecta esclava: llamó al tipo y le dijo “mire doctor, he sabido que usted le está pidiendo a doña Gloria Zea que respalde con su firma el préstamo que yo le he solicitado a usted, y le quiero decir que no permito que doña Gloria Zea siga exponiendo su patrimonio por construir una obra cultural, pero si quiere y necesita, yo le ofrezco la firma del ciudadano Belisario Betancur, y si le parece que no es suficiente, yo me consigo otros amigos pudientes que me ayuden a respaldar el préstamo”. A los cinco minutos yo tenía la plata y con eso terminamos el edificio.

Lleva 42 años al frente del Mambo, ¿ha pensado en retirarse?

Cuando termine el edificio, y cuando me muera. El museo hoy en día vale $38.504 millones y empezó con nada. Los primeros catorce años de mi dirección yo sostuve el museo totalmente, yo le pagaba el sueldo a Eduardo Serrano, a la secretaria, al celador.

¿Lo mantuvo de su bolsillo durante 14 años?

Sí.

¿Y este nuevo va a costar setenta mil?

Sí, setenta mil, y ya tengo más de la mitad: 46.000 millones. El proyecto es de Rogelio Salmona y lo terminamos con María Elvira Madriñán (la viuda de Salmona), que es una arquitecta de miedo. Es un edificio de treinta mil metros cuadrados. El museo actual tiene 5.500 metros cuadrados y 3.500 de área de exposición; este va a tener treinta mil metros cuadrados. Yo espero iniciar la obra en septiembre y que en dos años esté listo.

Gloria Zea en el MAMBO. Foto: Nicolás Quevedo

Hay unas cuantas preguntas personales que quiero hacer. ¿Cuál fue el momento más duro del proceso ocho mil?

Cuando Fernando entró a la cárcel. Todo el proceso ocho mil fue una pesadilla y una infamia total.

¿Ha vuelto a hablar con Ernesto Samper?

No, ¡por favor! Yo no le tengo rencor a nadie, porque Fernando Botero Zea, mi hijo, que es un ser humano excepcional, me enseñó una frase que me la repito 24 horas al día: el rencor es un veneno que se toma uno esperando que se muera el otro. Yo no le tengo rencor a nadie, pero a Ernesto Samper sí.

¿Cuál es la historia detrás de Cinco días en la isla, la novela de Plinio Apuleyo Mendoza que, en teoría, habla de usted?

Ese es un tema del que no quiero hablar.

¿Cuáles han sido sus mejores amigos artistas?

Todos, absolutamente todos, Grau, Édgar Negret, Ramírez Villamizar, Carlos Rojas fue especialmente cercano y me colgaba todas las exposiciones. Obregón era la dulzura personificada, el príncipe azul, eso era lo más bello de ser humano que tú te puedas imaginar. Todas las mujeres caían muertas de amor por él. Hay dos hombres que nunca volteé ni a mirar y que idolatré: Alejandro Obregón y Rogelio Salmona. Negret fue el amor toda la vida, eterno, infinito, por eso me ha dolido tanto su situación de hoy, es de llorar, de llorar. Fue mi íntimo amigo, nos adoramos, porque nuestras vidas coincidieron en Nueva York. Yo estaba recién separada, me cansé de vivir con mis papás y busqué un apartamento para mí y mis tres muchachitos. No tenía un peso y no tenía cómo amoblarlo, Negret llegaba a las seis de la mañana con su novio con un montón de cosas, ambos aprovechaban que en Nueva York todo el mundo bota los muebles a la calle y los dos recogían las cosas más lindas para mí. No se me olvidará jamás una lámpara que me hizo con una rueda de bicicleta y unas velitas de la Virgen de distintos colores, ¡era la lámpara más bella que te puedas imaginar! Por eso me duele tanto su situación y las falsificaciones de su obra que hacen en su nombre esos muchachos [sus antiguos ayudantes y sus herederos legales].

¿Y cuáles han sido sus mayores peleas? Esa generación de artistas fue particularmente beligerante.

Tantas. Conmigo peleó Beatriz González y sigue peleando hasta ahora, porque no pude estar en la inauguración de su muestra en el museo, ella era la directora del departamento infantil, tenía una exposición, pero yo no podía estar porque tenía un viaje, cuando llegué no me volvió a hablar y hasta el sol de hoy. Eduardo Ramírez Villamizar peleó conmigo porque cuando iba a inaugurar la segunda etapa del museo, yo le había dicho que quería empezar con una exposición suya, pero luego me di cuenta de que no podía hacer eso, que tenía que hacer una colectiva, porque si no los otros se iban a enfurecer, cuando le dije, quién dijo miedo, duró años furioso conmigo. Esos egos tan desmesurados… pero entiendo, ¡todos eran unos genios!

¿Y con Fernando Botero? Él nunca ha expuesto en el Mambo y en la colección apenas hay una obra suya.

Fernando no me quiere mucho. Los divorcios son difíciles.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI

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