Las comillas y la ironía / En defensa del idioma

Las comillas y la ironía / En defensa del idioma

Hay tres clases de comillas, el uso más frecuente de estas se aplica en las citas textuales.

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29 de enero 2016 , 06:13 p.m.

En una valla publicitaria se anunciaba la venta de apartamentos “bellos”, “baratos” y “amplios”, y escribían esas palabras así, entre comillas. Quizás, muchos conductores y peatones, al descubrir tan “única” promoción, habrán detenido su marcha para averiguar con más detalle en qué consiste tan inmensa muestra de sinceridad. Algunas personas, por otra parte, han creído erróneamente que esos signos se usan para destacar o aumentar el significado, para llamar la atención sobre características específicas de algún vocablo. En esos casos y con mucha más ventaja, se recomienda usar los signos de exclamación (“¡baratos, bellos y amplios!”) como una manera de gritar en silencio.

Literalmente, “comilla” es el diminutivo de “coma”, como “pañuelo” de “paño”, “bocadillo” de “bocado” o “casilla” de “casa”. Sin embargo, para nuestro caso, cuando nos referimos a esos signos de puntuación, debemos usarlos en plural: “comillas”. De acuerdo con el Diccionario Panhispánico de Dudas, hay tres clases: “las comillas angulares, también llamadas latinas o españolas (« »), las inglesas (“ ”) y las simples (‘ ’)” (RAE, 2005). Muchos lectores ahora mismo se estarán preguntando en qué casos se usan estos signos y para qué tres clases.

El uso más frecuente de las comillas se aplica en las citas textuales. Es decir, en la trascripción literal de una versión oral o escrita. Por ejemplo, el celebérrimo escritor argentino Jorge Luis Borges dijo: «Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única». También ese uso se emplea en las copias de algún apartado de un texto: «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro», escribió Juan Ramón Jiménez en Platero y yo.

Las comillas se usan también cuando una palabra o expresión es impropia, vulgar, procede de otra lengua o se utiliza irónicamente o con un sentido especial: La respuesta que “dijistes” es totalmente “currepta”; “porfis”, me traes el “celu”; yo sé que muchos de ustedes ya me “referencian”; ese es un artista muy “cool”; el defensa “recepcionó” el balón; ¡“bonita” la hora de llegar!

Se usan las comillas, entre otros casos, para citar títulos de artículos, poemas, capítulos de un libro, reportajes o, en general, cualquier parte dependiente dentro de una publicación. Los títulos de los libros, en cambio, se escriben en cursiva cuando aparecen en textos impresos en letra redonda (o viceversa, en redonda si el texto normal va en cursiva): En el diario El Candado, Torcuato publicó un sesudo artículo titulado «La importancia del agua en la lluvia»; en el libro Los pollos de mi cazuela, se incluyó el inspirador capítulo «Cuando tienen hambre, cuando tienen frío».

Solo desde la metáfora, puede asignarse a las palabras escritas una correspondencia con la carga sonora, que está en el timbre, el volumen, el tono y la modulación. Y en eso ayudan las comillas. Si alguien dice: “Esa contabilidad está limpia”, se toma esa expresión en sentido literal, sin ningún peso distinto de significado. En cambio, veamos esta oración (usando varias clases de comillas) «Esa contabilidad está “limpia”, porque el “honesto” del gerente “ayudó” mucho a aumentar las “ganancias”». Allí quiere decirse que hay una contabilidad sucia… que el gerente es deshonesto y él mismo provocó muchas pérdidas.

Ahora imaginemos un amplio salón social. En ese ambiente, por ejemplo en una boda, una de las invitadas, con una amplísima y espontánea sonrisa, saluda después de varios meses a su exnovio y a otra dama que lo acompaña.

Mirándola a ella y arrullando la voz, dice: «¡Cómo estás de “linda”! Tu vestido es el más “brillante” de todos». En conclusión, ese propósito de comunicar el sentido contrario de la palabra o la expresión que se pronuncia es lo que se llama ironía.

Por eso, de aquí en adelante y de una vez por todas, en esa oferta de apartamentos “bellos”, “baratos” y “amplios”, los compradores ya sabrán que esas expresiones son equivalentes a una opción de vivienda feísima, muy costosa y bastante estrecha.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor de la Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

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