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Bogotá se volvió 'la capital del sol' por un semestre

Bogotá se volvió 'la capital del sol' por un semestre

Aunque ya llovió, helados, sombrillas y gaseosas son paliativos al calor agobiante en la capital.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
25 de enero 2016 , 08:39 p. m.

La pashmina de Zuly Ladino pasó del cuello a la cabeza. Si Bogotá estuviera en su clima habitual, el accesorio le serviría para conjurar el frío. Pero el sol que por estos días insola a los bogotanos, la empujó a envolverse el trapo en lo más alto de su humanidad.

Cual beduino sahariano, camina por la calle 26. “Me la pongo para no calentarme”, expresa la estudiante de Agronomía en la Universidad Nacional. (Lea: Las razones por las que Bogotá parece Melgar por estos días)

En el occidente, oriente, norte y sur hay calor. Aunque sí es cierto que los barrios próximos a los cerros orientales gozan de uno o dos grados menos.

“Hemos tenido un ascenso en las temperaturas normales para la época, de dos y tres grados por encima de lo habitual, por ausencia de nubosidad”, explica Leidy Johana Rodríguez, meteoróloga del Ideam.

La cercanía de los cerros otorga un poco de humedad, agrega la experta, gracias a la cual se disminuye en cierta medida el sofoco.

En contraste, el distanciamiento de los mismos hace que el ambiente parezca un hervidero: “En el sur y suroccidente hay temperaturas más altas que las registradas en la estación del aeropuerto El Dorado”. En tales zonas se han percibido ¡hasta 27 grados Celsius!

En Melgar y La Dorada las temperaturas medias son de 29 grados Celsius. En Cali es de 28. A 2.600 metros sobre el nivel del mar, localidades como Bosa, Kennedy y Ciudad Bolívar han estado a uno o dos puntos de alcanzar esos fogajes.

Sobre la avenida Las Américas con carrera 60 una pantalla vidriosa se levanta entre el observador y el centro de la ciudad, como en un desierto. “Claro que ha subido la venta. Por el calor, la gente toma más avenita. Antes vendía entre 50 y 100 vasos por día. Ahora vendo entre 200 y 250”, revela Jorge León, que pedalea con su negocio de bebidas heladas.

Una pareja de abuelos pasa por el mismo corredor. Con un paraguas, él provee sombra para los dos. Detrás camina un oficinista, con el saco blazer colgado del brazo y una carpeta elevada para no recalentarse la mollera. Cualquier objeto sirve para huir de la canícula.

Estilos

El bogotano es patifrío porque fría es su ciudad. ¿Pero qué si la urbe se torna cálida? ¿Renueva el guardarropas? No necesariamente. Que lo diga el adolescente que camina por la avenida La Esperanza con carrera 50, a las 11 de la mañana: botas, jean y ¡vaya chaquetón encima! La capota sobre la cabeza es su protección contra el sol. Lleva abierta la chaqueta.

“De todos modos uno nunca sabe, llueve y qué hace uno. Es mejor cargar la chaqueta”, advierte el muchacho, de nombre Javier Sala. Las botas de cuero tampoco es que le provean mucha frescura.

Y si cree que la pinta de Javier es excéntrica, se equivoca. En el Parkway, una señora diga usted de 50 años, echa mano de similar opción: saquito de hilo con caperucita para cubrirse la coronilla.

Caminantes se ven en cantidad por Chapinero. Blusas de tiritas, escotes que invitan a mirar hasta al más prudente y camisas con transparencias ya no son rarezas entre misses.

“Uso bloqueador, solo en la cara”, responde Paula Valcarcé, que trabaja en la sección administrativa de una universidad. Obsérvela usted mismo: baletas, pantalón beis, camisón hippie y mangas recogidas. Su piel es blanca como el queso. En consecuencia, el ‘mono’ de las 12 meridiano la puso del mismo color que el pollo crudo: ese rojo inconfundible del quemado.

El médico Carlos Francisco Fernández, consultor de EL TIEMPO para temas de salud, refiere que el sol de Bogotá, por encontrarse esta a una altitud elevada, tiene un índice de radiación mayor que en otras áreas. Ese índice es riesgoso porque tiene una concentración mayor de radiación ultravioleta, principal causa del cáncer de piel.

“Este se da por activación, en un plano maligno, de las células que pigmentan la piel, a partir de la acción de la radiación ultravioleta. Todas las partes del cuerpo que se exponen tienen que protegerse con bloqueadores, filtros y sombreros. No hay que exponerse entre las 10 de la mañana y las 2 de la tarde: a estas horas la radiación cae verticalmente y los efectos son mayores”, explica.

Qué calor

Dicen que Gabriel García Márquez solo pudo escribir sus obras una vez que dejó el bochorno del Caribe. Que si bien los insumos, el color, los personajes e historias los sacó de allí, solo fue en Bogotá, París y Ciudad de México donde los moldeó en páginas memorables. Valga preguntarse si con estos calores de hoy el nobel colombiano podría tejer sus historias.

Mercedes Santacruz, cuyo nombre bien podría bautizar a una cacica macondiana, atiende el piqueteadero BS, sobre la carrera 30, frente a la Universidad Nacional. Acepta que en las últimas dos semanas la venta de jugos y gaseosas se duplicó, aunque ella y su compañera de cocina están a punto de tostarse.

Mercedes se limpia el sudor de la frente. Suspira y se despacha con una sentencia. “Este calor es porque está pasando lo que dice la Biblia: ‘Los ríos de agua se secarán y correrán ríos de sangre’. Esa es la verdad, porque mire cómo se mata la gente, esos son los ríos rojos”. Asiente y regresa a sus preparaciones.

Bogotá ayer, después de las tres de la tarde. Juan Diego Buitrago / EL TIEMPO

De camino al norte, sobre la misma carrera 30, el taxi es un hervidero. Juan Andrés Páez, conductor, lleva las cuatro ventanas abiertas. El aire acondicionado es un lujo de los particulares, pues prenderlo le implica más consumo de gasolina y menos ganancias. De tal cariz que la ecuación es sencilla: si el tráfico fluye, el viento refresca; pero si el trancón no avanza, el pasajero suda.

Cómo le cuesta a Edna Lagos desempeñar su trabajo en estos días. Es abogada de la Agencia Nacional del Espectro Electromagnético y en su oficina, ubicada en inmediaciones del parque de la 93, tuvieron que comprar tres ventiladores para que no se les derrita la materia gris. O la chocolatina que se guarda en el bolso.

“¡Se siente un fogaje! En la oficina, que es de estructura liviana, se siente puro efecto invernadero. Entra el calor y no sale. Fuerte”, describe la profesional, que no ha vuelto a calzar botas ni a portar cuellos de lana en su mochila.

En Mansión Electrodomésticos, empresa con tiendas en el norte, sur, occidente y centro de la ciudad, revelan que la venta de estos aparatos (incluidos aires acondicionados) se incrementó en cerca del 30 por ciento en lo corrido de enero. “Este clima se convierte en una oportunidad para mejorar nuestras ventas”, dijo Julián Ardila, del área de mercadeo.

Cuidado

Tras andar las calles en busca del padecimiento ajeno, sí, el que trae consigo la temporada ‘veraniega’, una rasquiña se apodera de los brazos. El sol ya hizo de las suyas y el enrojecimiento, es claro, no es exclusivo de los blancos. Pieles trigueña y negra son susceptibles de quemarse.

También hay comparsas de sombrillas, como Patricia Chávez, Esperanza Saiz y un tercer sujeto. Los tres, oficinistas, desfilan con sendos paraguas que los cubren de la lluvia luminosa. El de Patricia es amarillo, rojo y azul. El de Esperanza es verde y blanco. Y el del tipo es azul oscuro.

“Solo saqué la sombrilla porque está terrible el sol. Casi nunca la cargo, en cambio Patricia no la deja”, confiesa Esperanza, que se aplica bloqueador en cara, manos, pecho y hasta en las orejas.

Bien frescos son los padres de un chiquilín en el parque de Usaquén. Llevado como príncipe en su coche de bebé, el niño recibe un baño de luz a plenas 2 de la tarde.

“En edades extremas (niños y adultos mayores) puede existir mayor deshidratación por la pérdida del líquido que ocasiona el calor”, indicó el médico Fernández. “Más allá de que a la gente le parezca folclórica la temperatura que se está dando, esto no es tierra caliente: no es un sol apto para broncearse”.

Folclórico, así es como otros asumen este tiempo bochornoso. Como Diana Díaz, que proviene de Barranquilla y parece liberada de una ‘cárcel’ fría. “Nada de chaquetas y nada de bufandas. Por fin, no toca cargar con tanta ropa. Aunque de noche ventea, con un saco delgado se pasa”, apunta la muchacha, enfermera de oficio, que aguarda más días calientes.

Los mismos que espera el dueño de un flamante Porsche Cayman, descapotable, que acelera por la calle 80. Su conductor, que no da tiempo a preguntas, hace bramar el motor de su automóvil, aunque solo sea por unos metros, antes de parar en el trancón que lo obliga a recibir el sol de la tarde.

Todo esto, claro, antes del aguacero de ayer a las cinco.

Twitter @felipemotoa

Felipe Motoa Franco

Redactor de EL TIEMPO

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