En Tumaco, desplazados le sacaron al mar un barrio para vivir

En Tumaco, desplazados le sacaron al mar un barrio para vivir

Allí se acoplan unos 900 desplazados víctimas del conflicto armado y de la indiferencia del Estado.

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24 de enero 2016 , 09:34 p.m.

Érase hace nueve años un manglar en Tumaco. Ahora es un barrio donde viven 189 familias desplazadas de todos los rincones de Nariño por la guerra. Pero para el Estado, casi parece como si siguiera siendo un manglar.

“Para lo que era, ahora esto es un barrio residencial”, sentencia doña Margoth, abarcando con la mano las tristes casas de tabla que albergan a 900 personas; el peladero de arena apisonada, único espacio de juego para los niños, que la puja grande de la marea inunda con fatídica puntualidad cada dos meses; las tres calles robadas al manglar en años de trabajo comunitario rellenando el mar con aserrín, escombros y arena.

La cancha de fútbol, que fue también resultado del paciente relleno sobre el manglar, se inunda con las periódicas 'pujas' en las que cada dos meses la marea alta invade el barrio. Foto: Archivo particular.

En Tumaco, Familias en Acción no es solo el programa de subsidios del Gobierno; es el nombre del barrio que doña Margoth abarca con la mano y en el que vive hace nueve años. Su único parecido con Holanda es que sus habitantes le robaron al mar el terreno donde viven. De ahí en adelante, los paralelos habría que trazarlos con Haití o el África subsahariana.

“Aquí llegamos familias desplazadas de todo Nariño, de Buenaventura, de Cali. Yo le pagué a un señor 72.000 pesos por un pedazo de manglar lleno de zancudos donde instalar a mis muchachitos debajo de un plástico. Las vacas nos jalaban la cobija. La Alcaldía decía que desocupáramos. Nos desalojaron varias veces. Hubo hasta muertos. Pusieron alambrada. Le montamos tablas para entrar y salir por encima. Los de Nuevo Milenio (el barrio vecino) tapaban los pozos, con miedo de que si nos daban agua de pronto a ellos también los sacaban”. (Lea también: El celular, una ayuda en la lucha contra la leishmaniasis)

Así cuenta doña Margoth, vicepresidenta de la junta de acción comunal, cómo fundaron Familias en Acción en el 2006, en plena escalada de la violencia luego de la desmovilización del bloque paramilitar Libertadores del Sur, que había asolado Tumaco por un lustro, cuando los ‘Rastrojos’, un grupo armado del cartel del norte del Valle, hacía presencia en la ciudad.

“¿El nombre? No es por el programa del Gobierno. Es porque aquí todas las familias somos muy unidas –dice Julio Rosero, dueño de una pequeña ebanistería–. Usted no se imagina cómo era esto. Nos sacaban a la brava. Trabajábamos en el relleno con el agua en las rodillas, en minga. Todos unidos”. Así, subieron el nivel del suelo e hicieron calles y ranchos de tabla. Grandes sacos de arena de contención mantienen el mar a raya, pero cada dos meses la ‘puja’, como llaman a la marea más fuerte, invade el barrio, que queda inundado hasta una semana.

Las historias de los habitantes son monótona y trágicamente similares. Expulsados por el conflicto armado de sus veredas en el Mira, en Chagüí, en Telembí, en Rosario, terminaron en este manglar, donde algún ‘apoderado’ les vendía un mínimo lote que no han podido titular, pues están en zona costera y, según ellos, la Dimar, la autoridad marítima, no lo permite. Aferrados con uñas y dientes al único lugar que les ofrecía una alternativa de vida, misérrima y peligrosa, pero vida, se quedaron y convirtieron el manglar en barrio.

Julio Rosero, un ebanista del barrio, hace muebles y puertas a través de contratos con una fundación de Tumaco que recibe financiación de la Alcaldía. / Foto: Archivo particular.

Lucho vivía en la parte alta del río Mira, fronterizo con Ecuador. “Me mataron dos marranos. Vinieron por el último. Les pedí que me lo dejaran. ‘¿No le gusta? –me dijeron–. Tiene 20 minutos pa’ irse’. Imagínese. Toda una vida allá. Llegué y un amigo me dijo: ‘Hágase a un lotecito’. Y aquí estoy”. Así describe cómo llegó al barrio, atribuyendo su salida a ‘un grupo’, sin especificar cuál, como hacen todos aquí. Nadie los menciona por el nombre. Basta preguntar por alguno en particular para que se instale un silencio tenso y elocuente.

Al barrio se entra y se sale acompañado. Ni uno solo de los habitantes lo mencionó siquiera, pero en Tumaco todos lo saben: Familias en Acción, como el vecino Nuevo Milenio y otros asentamientos urbanos, está bajo control de las Farc. Ya no hay guerra entre grupos por el control de esos manglares ideales para el tráfico ilegal: la violencia bajó en la ciudad desde que estas desplazaron a los ‘Rastrojos’ y el barrio vive en calma. Pero su presencia silenciosa es perceptible en el ambiente y, fuera del barrio, quienes lo conocen dicen que a veces ponen a sus habitantes a hacer trabajo comunitario y vigilan quién entra y qué hace. “Para allá no tome fotos”, pidieron los pobladores en un par de ocasiones durante recorridos por las callejuelas arrancadas al mar. (Vea aquí: Piden blindar a Tumaco contra la violencia)

En Familias en Acción no hay agua potable. No hay alcantarillado. Solo letrinas. Más de cinco años esperaron la luz. La gente construyó la escuela en la que estudian 70 niños. Un empleo estable es una rareza. Últimamente, una ONG ha provisto trabajos temporales para recoger basuras y otras labores. Para la juventud, que es la mayoría, las únicas perspectivas de movilidad social son el mototaxismo o entrar a un ‘grupo’.

De acuerdo con los pobladores, la presencia del Estado se limita al programa de subsidios condicionados Familias en Acción, al que están muchas afiliadas, y a Bienestar Familiar, que opera el hogar infantil que funciona hace dos meses y se construyó con ayuda de Acnur y fue dotado por el Pnud. Algunos se han registrado ante la Unidad de Víctimas. Una señora tiene una tiendita dotada por el DPS. (Lea: Adolescentes de Tumaco impulsan manifiesto para proteger a los niños)

Cuando se les pregunta quién los asiste, Acnur, Pnud, Solidaridad Internacional y otras siglas de la cooperación extranjera es lo que mencionan. “El barrio ha salido adelante gracias a esos ‘padrinos’ ”, dice Pilar, una vecina. La escuela, el comedor, la casa comunitaria fueron provistos por ellos. Salvo ocasionales patrullas de la Policía, son raros los funcionarios del Estado que se atreven a venir. En época electoral, los políticos pagan por pegar sus afiches en las fachadas, por vestir sus camisetas o hacer presencia en sus sedes y desaparecen tan pronto pasa la campaña.

La desesperada falta de infraestructura y oportunidades la suplen, literalmente, con ‘familias en acción’. Todo está organizado. Hay junta de acción comunal, asociación de desplazados, comités de vivienda, salud, recreación, mujer, juventud y hasta de conciliación. Hay un grupo cultural de jóvenes de música y danza y otro de canto, Arrullo.

Y a punta de organización funciona también la precaria supervivencia.

Carlos Miguel Perea es el piloto de ‘Con Dios al mar’, un bote de madera de unos cinco metros con motor fuera de borda, en el que sale a mar abierto a las 4 de la tarde para regresar a las 9 de la mañana con una pesca que unos días es buena y otros no. El bote, el motor y un trasmallo, una gran red de arrastre, son propiedad de 67 familias del barrio, que se rotan a diario el turno para salir de pesca.

Su asociación se llama igual que el bote. Cada día salen dos pescadores con él. Una faena normal les deja unos $ 75.000 a cada uno. Pero el próximo turno puede tardar dos meses. Todos esperan la época del dorado, entre enero y marzo, que arroja hasta $ 800.000. Sueñan con un bote grande, con motor de centro, que les permita llevar un trasmallo más grande y más pescadores y que en una buena jornada de dorados les puede dar hasta $ 12 millones. Pero vale $ 100 millones.

Otras familias están organizadas en Sembrando un Futuro, la asociación de recolectoras de conchas; en AgroChocoPaz, una pequeña fábrica de bolas de chocolate que venden puerta a puerta en la ciudad, o tienen su negocio como la ebanistería de Julio Rosero, que hace muebles y puertas. Estas y otras empresas asociativas son resultado de un proyecto de la Alcaldía y el Pnud para proveer de sustento alternativo a la gente. Sin embargo, enfrentan toda suerte de obstáculos.

Cuando se va la luz, lo que en Tumaco ocurre a cada rato, hay que hacer maromas para mantener las conchas congeladas y el chocolate refrigerado. Y eso no es nada frente al mayor temor de los pescadores: los piratas. En alta mar, hombres armados, en lanchas de 200 caballos, caen sobre ellos, les roban todo y los dejan a la deriva. “A mí me ha pasado cuatro veces. Me tocó arrimar hasta Gorgona. ¡Cuántas familias viven de una sola embarcación. Y se llevan el motor de 10 millones pa’ venderlo por 2!”, se lamenta Carlos Miguel.

Como docenas de asentamientos similares a lo largo del Pacífico, en Tumaco, en Buenaventura, en Quibdó, Familias en Acción es a la vez hijo, alimento y carne de cañón del conflicto armado: el barrio lo procreó el desplazamiento forzado; sin un Estado que ofrezca opciones, los jóvenes nutren los grupos armados; los pobladores huyeron de la guerra rural, pero siguen siendo víctimas de la guerra urbana.

Esta es la cara oscura de un país que pretende entrar al club del primer mundo mientras parte de su población vive en una situación de miseria y victimización que rivaliza con los más tristes rincones del último mundo. Y en tales circunstancias, 189 ‘familias en acción’ mantienen la alegría y las ganas de vivir.

ÁLVARO SIERRA RESTREPO
Especial para EL TIEMPO

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