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Estupidez sobre ruedas / Voy y vuelvo

Estupidez sobre ruedas / Voy y vuelvo

El ruido de las motos y la imprudencia de los ciclistas, grandes lunares de la ciudad.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de enero 2016 , 06:20 p. m.

Esta columna está inspirada en dos lectores de EL TIEMPO: Pedro Escamilla y Sulia Alfonso. A ellos doy gracias anticipadas porque con sus cartas a este diario han dejado ver la preocupación que nos asiste a muchos frente a dos fenómenos que cada vez toman mayor fuerza en la ciudad: las bicicletas y las motos.

Pedro llama la atención porque Bogotá se está convirtiendo en un ‘motódromo’ (si es que no lo es ya). Y aunque se ha hablado hasta la saciedad del incremento de estos artefactos, con un crecimiento del 400 por ciento en la última década, y segunda causa de muertes en la ciudad, nuestro amable lector hace énfasis en un hecho que no resulta menor: el excesivo ruido de estas.

Ya no basta que el denso tráfico haya convertido las estrechas calles de la capital en un escenario de conflicto entre motos y carros, entre carros y buses o entre carros, buses, motos y ciclas, y en donde el peatón siempre termina llevando la peor parte. No. Ahora resulta que pululan por la ciudad motos de alta y de baja gama que generan un ruido infernal. Se les escucha a kilómetros de distancia, hacen piques ensordecedores en apenas tres calles, sin la menor preocupación ante la posibilidad de que se les atraviese un espontáneo, un perro o un carro.

Pero lo que resulta más aberrante es que, como también lo advierte Pedro, estas motos suelen ser modificadas para que generen eso, precisamente: ruido. Mucho ruido. Y no puede haber otra explicación que el esnobismo propio de quienes las usan, queriendo demostrar con ello una especie de superioridad, vaya uno a saber a falta de qué otros atributos; intentan llamar la atención de propios y extraños a sabiendas de que lo que generan es el rechazo colectivo. A Bogotá ya la invade todo tipo de contaminación: la del esmog de los buses y camiones chatarra; la de los mamarrachos en las paredes; la que generan los avisos y pendones ilegales; la del excesivo ruido de bares y tabernas; la contaminación de sus quebradas y su río insignia, para que ahora también tengamos que soportar las estridencias de las motos grandes y pequeñas. ¿Por qué es tan difícil su control?

Sulia destaca en su escrito los avances de Bogotá con el tema de la bicicleta, también abordado hasta la saciedad. Sacamos pecho a nivel regional porque somos la ciudad con más viajes en bici, con más combos dedicados a promoverla, con más kilómetros de ciclorrutas y ciclovías y bicicarriles; con más jornadas sin carro, con más conciencia. No me cabe duda de que, además de los cerros tutelares y TransMilenio, habrá que agregar ahora la bici como símbolo de nuestra Bogotá. Sería genial.

Sin embargo, todo este esfuerzo se borra inmisericordemente con el comportamiento de ciertos ciclistas en la vía, que por desgracia parecen ser muchos. Claro, como en todo, hay excepciones, valga decir los mismos combos, pero existe otra jauría que cree que la bicicleta les da licencia para todo, desde invadir espacios peatonales, hasta pasarse semáforos, evadir las ciclorrutas y bicicarriles (como lo evidenció el tuitero Kik Bohórquez); ocupar los carriles de TransMilenio o coger a puños el carro particular cuyo dueño tuvo la osadía de reclamarles por algo.

Si queremos que la bicicleta nos siga inspirando como ciudad, si queremos hacer de ella un símbolo de igualdad, si queremos ganarle la batalla al carro particular y procurar que cada día más personas se monten en ella y llenen de magia nuestro entorno, tenemos que comenzar por dar buen ejemplo.

Sé que muchos pueden no compartir esta reflexión, pero de una cosa sí estoy seguro: así como colarse en TransMilenio resulta ser la forma más estúpida (falto de inteligencia) de querer perder la vida –y hay 26.000 estúpidos diarios en Bogotá dispuestos a hacerlo–, no usar la ciclorruta o violar las normas de tránsito más elementales, solo porque se va en bici, puede convertirnos en la ciudad símbolo ya no de los biciusuarios, sino de las ‘bicivíctimas’, los ‘bicimatones’, los ‘biciirresponsables’. Y estos apelativos no estamos dispuestos a aceptarlos quienes hemos promocionado y abierto espacios para que la bicicleta sea la protagonista de nuestros días y de nuestras vías.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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