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Fiesta de las Alasitas: cuando los bolivianos vuelven a ser niños

Fiesta de las Alasitas: cuando los bolivianos vuelven a ser niños

Una casa, un carro y un terreno en forma de miniatura se venden en la calle que lleva ese nombre.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de enero 2016 , 10:07 p. m.

En el muelle internacional de El Dorado es medianoche. Largas filas de personas aguardan ser llamadas a bordo con rumbo a Ciudad de México o a Buenos Aires. La sala de espera de los que vamos hacia La Paz está casi vacía, como casi vacío despega el avión que nos llevará a la capital boliviana. Es 23 de enero, víspera de una fiesta nacional esperada por los paceños todo el año: las alasitas, el festejo de las miniaturas.

Durante el vuelo me pregunto qué adquisiciones nuevas podrán engrosar mi colección de miniaturas. Me lleno de expectativas desde que contemplé en la embajada de Bolivia unas fotos de las calles paceñas atiborradas de puestos donde se venden miles de miniaturas, cuando ciertamente encontrar una sola de estas requiere de mucha paciencia y un agudo entrenamiento ocular. De eso doy fe después del último inventario de mi Museo: 2.500 coleccionadas en medio siglo.

Es oportuno aclarar que heredé las miniaturas de una dulce mujer llamada Lucía Pulido, quien dedicó su vida a la pasión de buscarlas por el mundo. Las ordené por temas en pequeñas vitrinas y les di el nombre de Museo.
A pocas personas les comenté el motivo de mi viaje, por demás muy largo, en busca de lo más pequeño. Me limitaba a comentar que iba a realizar un reportaje y punto. Una lástima que la jaqueca, producto del poco sueño y del mal de altura, no se presentase en formato pequeño. El 24 madrugo ya más recompuesta, para no perder detalle del festejo, y aun cuando las frías calles están vacías, el expendio de periódicos ya está abierto.

Primera sorpresa: ¡la prensa se vende en miniatura! Los periódicos de habitual tamaño tabloide en este día no miden más de quince centímetros, y es preciso esforzar la mirada para leer el contenido de La Razón, Opinión o Página Siete en su versión alasitera. Hoy, como ningún otro día, aprovechan para decir con desparpajo lo que seguramente callan el resto del año. Contienen, a vuelo de pájaro, todo lo opuesto a un periodismo serio, pues abordan con acidez y burla situaciones de personajes de la farándula y la vida política, sus mejores blancos. Periódicos y revistas en miniatura son productos que los ciudadanos aprecian cada vez más por su ingenio y su espíritu alegre, ideal para abrir la fiesta.

El comienzo

Los bolivianos mantienen viva una tradición ancestral que consiste en la fabricación de miniaturas. Se trata de un festejo heredado de sus antepasados, los aimaras, quienes intercambiaban productos de siembra y objetos religiosos para augurarse prosperidad en la vida cotidiana. Incluían en ello objetos alusivos al amor, el sexo y la felicidad, y el encargado de exhibirlos tenía por nombre Ekeko.

Según cuentan los historiadores, los conquistadores españoles apropiados de La Paz y sus alrededores, y abiertamente temerosos de los ritos andinos, que consideraban satánicos, emprendieron una cruzada de “extirpación de idolatrías” que afectó la pintoresca festividad de las Chalasitas, como se la llamaba. El trueque de los buenos deseos no tuvo otra opción que pasar de la plenitud a lo prohibido, y por ahí a lo clandestino, pues era imperativo mantener vivo el ritual de intercambio de deseos.

Para facilitarlo, todas las ofrendas cambiaron de tamaño hasta llegar a su mínima expresión, de manera que el intercambio pasaría inadvertido por los invasores. Siglos después vendrían el renacimiento y la expansión de esta costumbre, hoy celebrada libremente y conocida como la Fiesta de las Alasitas.

La Paz es una ciudad convertida por excelencia en miniatura. Según cuentan los herederos de esa lejana tradición, que se repite año tras año, “en los pequeños objetos habita el espíritu de todas las cosas”. Y ‘Comprame’ es el eslogan de esta fiesta, en la que los objetos elaborados a escala se hacen bendecir por las dos grandes autoridades religiosas, para que estas adquisiciones se materialicen en algún momento del año, en la vida real.

A los curas no les quedó otra opción que unirse al rito indígena oficiado por el chamán o yaitiri, para confiar la realización del deseo. Jesús repetiría con toda justificación su arenga del templo al ver a los miles de desaforados fieles ingresar a las iglesias cargados de miniobjetos propios de los tiempos modernos para ser bendecidos. A mano llena intentan persignarse las personas, mientras sostienen con recelo sus más recientes adquisiciones: computadores, cámaras, iPods, iPads y hasta celulares que no superan los 3 centímetros, mientras esperan la comunión bendita (del cura) o el vino de la tierra (del chamán). Este sincretismo entre las autoridades católicas y la religión indígena es lo máximo para un boliviano.

Rompen récord de venta los billetes de todo el mundo impresos en variados tamaños. Después de estos, los minigallos y gallinas, elaborados con pasta, se llevan el segundo lugar en ventas, pues están destinados a ellas (los gallos) y a ellos (las gallinas).

No es difícil percibir en ello el implícito deseo de una pareja. A veces una gallina va acompañada de huevitos, ¡más procreación, para desespero del escritor Fernando Vallejo!

Internarse en la festividad de las Alasitas es compartir no solo el fervor hacia los objetos más pequeños, sino el deseo de atesorar algún día lo más grande. Se trata de una pasión silenciosa, casi mística, que comparten fabricantes, vendedores, devotos y aquellos que afinan la mirada para encontrar ese objeto preciado que represente su deseo.
“Es el comienzo del juego, un día en que los bolivianos vuelven a ser niños”, comenta la periodista boliviana Lupe Cajías.

Largas cuadras de toldos organizados entre el olor del incienso, el cerdo asado y la empanada salteña enmarcan la escenografía paceña, hasta que en ese eclecticismo de sensaciones entra en escena el estallido de un petardo.
Sin darme cuenta, me he salido de los límites de la fantasía hasta llegar al Ministerio de Minas, donde un centenar de indígenas le reclama al Gobierno que les permita tomar en arriendo las minas. Un tema de grandes proporciones, en medio del festejo de las cosas más pequeñas.

Me reintegro velozmente a la calle de las Alasitas, en esta ciudad sitiada por cerros tapizados con ladrillo. Miles de casas que no dan tregua a la mirada cercan a La Paz de hoy. Por algo será el ladrillito la tercera miniatura más vendida. Tanta construcción en los cerros permite creer sin mucho esfuerzo aquello de los deseos cumplidos, a pesar de cualquier norma ambiental.

También se venden pequeñitos terrenos baldíos para quienes, antes que una casa, anhelan una tierrita propia. Materiales de construcción como tejitas, carretillas, martillitos, taladritos, herramienticas, alambrito, cementico y arenita. Mueblecitos de variado diseño, adornitos, enseres para el hogar, electrodomésticos, neveritas, estufitas, hornitos microondas, lavadoras, carritos y camioneticas; bicicleticas, moticos, patinetas y un sinfín de elaborados objetos propios de un mundo reducido.

A la fiesta también se unen los museos y galerías de arte, que exponen durante un mes en sus salas obras en pequeño formato de reconocidos pintores y escultores.

Los negocios de comida incluyen en sus menús de este día sus productos en formato pequeño como minidonas, minipizzas, minisándwiches, miniperros, minibrownies, minichorizos, minipanes y ponquecitos, empanaditas, minialfajores y rosquitas, repostería y culinaria para el maxipaladar de los comensales.

También se venden pequeñas maquetas de negocios para los que anhelan tener su tienda propia. Entre esos, pastelerías, restauranticos, microexpendios de carne, almacencitos de telas y textiles, joyerías, misceláneas, supermercados, carpinterías, expendios de periódicos, dulcerías, fruterías, estaciones de gasolina, casas de cambio. La Feria de las Alasitas es el universo de los deseos que se expresan con objetos materiales, réplica miniaturizada casi exacta de los objetos cotidianos.

Toda La Paz es una fiesta de lo diminuto, a la que se han unido puestos de notarías que casan por lo civil a los enamorados, con himno nupcial incluido. Novios que intercambian minianillos y minicertificados de matrimonio mientras sellan el enlace con un inmenso beso. Además de estas ceremonias ficticias de casamientos, hay bautizos y divorcios con todo el rigor y la formalidad que ello amerite. Y, por supuesto, un certificado en miniatura.
Las fronteras entre lo real y lo ficticio son indefinidas, cuando el acto de comprar algo o pagar una deuda con billetes de mentira predestinan lo que podría suceder durante el año. De esta manera logran apaciguar un poco los ánimos de la contraparte y a su vez bromear al respecto.

“Que nadie se lo tome demasiado en serio”, agrega Cajías entre risas, cuando ingresamos al Café La Paz a descansar un rato de la jornada.

Este café, donde se dieron cita en el pasado políticos e intelectuales, hoy conserva su ambiente de antaño. Durante la merienda un conocido se acerca a nuestra mesa con generoso gesto y le regala a su colega un ‘pasaje’ a Francia con ‘visa’ incluida.

Visas a otros países, diminutos pasaportes, diplomitas, contratos de trabajo, certificados de salud, de propiedad y de trabajo, títulos profesionales y de estudio –que se pierden entre la palma de la mano– proliferan por las calles. Pero muchos turistas pasan de largo sin percatarse completamente de lo que sucede ante sus ojos. Es, sin duda, un festejo ancestral y demasiado propio como para ofrecerlo al mundo. Por ahora.

Cae la tarde mientras una multitud ovaciona a los ekekos que participan por el mejor disfraz de este año. Hombres y mujeres ocultos entre objetos caminan con alegre dificultad por las calles, entre el aplauso del público. Esta figura, también fabricada con arcilla o metal, será un huésped más en los hogares, y se le rendirá culto durante todo el año con bebidas, cigarros y ofrendas como para asegurar la consecución de los deseos.

La Fiesta de las Alasitas tiene un efecto multiplicador. En ella los concursos de origami, los talleres de miniatura, los rituales de brujería para leer el futuro con sapos disecados, las mesitas de futbolín, minibillares y minicasinos conforman el ecléctico escenario de una celebración que se extiende hasta los carnavales de febrero.

En el retorno al hotel me percato nuevamente del expendio de periódicos que vi en la mañana. Exhibe una réplica del primer Vocerito Alasita, que data del 24 de enero de 1846. Comenzó siendo un medio de expresión de las clases populares que mezclaba la realidad y la ficción en la publicidad y en las noticias, una actividad que sin duda se mantiene hasta la fecha.

Después de tres días inmersa en este mar de miniaturas, emprendo mi viaje hacia otro inmenso ‘mar’ boliviano, de agua dulce y memorables encantos. El Titicaca me recibe con su espectáculo de grandeza, de azul intenso y merecido sosiego. La isla del Sol es un amable remanso, ideal para acallar los sonidos de la ciudad, para digerir las sensaciones de ese mundo en miniatura y conservarlo para siempre, antes de retornar al mundo normal, donde el tamaño de las cosas recobrará sus dimensiones reales.

En el aeropuerto John F. Kennedy, el oficial de emigración, antes de revisar mi equipaje, me pregunta, con la habitual mirada fría y desconfiada de los inspectores, cuál fue el motivo de mi viaje a Bolivia. “Conocer las alasitas”, le respondo. Levanta su mirada y sin tocar mi maleta dice: “Siga”, con una cómplice sonrisa.

MÓNICA SAVDIE
Artista visual y escritora. Libros: ‘La partida’ y ‘Viajes paralelos’. Ha expuesto ‘Examen de visión 20/20’, sobre el conflicto armado, y ‘Escaques’, sobre el ajedrez y la injusticia social. Experta en montañismo.

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