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Relectura de 'La Hojarasca'

Relectura de 'La Hojarasca'

Resulta provechoso el reencuentro con esta novela, en la que se muestra por primera vez a Macondo.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de enero 2016 , 04:14 p. m.

Había que aprovechar bien los días finales del año. Y una manera de aprovechar bien esos días de descanso era dedicándolos a la lectura. Así que, antes de salir de viaje, en la maleta empacamos unos cuántos libros que esperaban turno para ser leídos con la devoción que ellos suscitan. Entre ellos estaba ‘La Hojarasca’, de Gabriel García Márquez. La intención era aprovechar la tranquilidad del campo para darle una tercera lectura a este libro, publicado en 1955, que reveló el talento literario de un autor que años después se convertiría en el más grande escritor latinoamericano. Releer libros que nos marcaron en la primera lectura es un ejercicio intelectual que ayuda a mantener fresco en el cerebro el argumento de obras que nos abrieron ventanas para entender el mundo.

El éxito de ‘Cien años de soledad’ fue el imán que llevó a millones de personas a querer leer los primeros libros de García Márquez. Los lectores de todos los continentes querían saber cómo llegó el escritor colombiano al esplendor de un estilo literario que los cautivó por ese lenguaje oceánico que utilizó para crear a Macondo. En esos libros publicados antes de la obra que lo catapultó como novelista están las claves para entender el mundo del escritor galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1982. En ‘La Hojarasca’, su primera novela, editada después de la acogida que tuvieron los cuentos publicados en ‘El Espectador’ entre los años 1947-1953, se empiezan a delinear los rasgos físicos del coronel Aureliano Buendía, el personaje mítico de su obra cumbre.

García Márquez contaba apenas con veintiocho años de edad cuando publicó esta novela. Su argumento puede compararse con el drama de Antígona tratando de enterrar el cadáver de su hermano Polinices, que el dictador Creonte no dejaba sepultar. En ‘La Hojarasca’, el cadáver pertenece a un extraño médico que había llegado a Macondo veinticinco años atrás, con una carta de recomendación de Aureliano Buendía. Cuando Adelaida, la esposa del coronel, le abrió el portón, pensó que era un militar que venía en misión oficial. Llegó en una mula, por el camino real, y se fue directo para la casa del coronel. Allí vivió durante ocho años, hasta el día en que se juntó a vivir con Meme, una guajira que creció en la casa del militar, y que desapareció de Macondo sin dejar huella.

Esta es una novela escrita en monólogos, donde tres personajes van narrando la forma como el médico llegó a Macondo; cómo fue odiado por todos en el pueblo, y cómo fue el momento en que llegan a la casa donde se ahorcó para meterlo en el ataúd y darle cristiana sepultura. Son las voces del abuelo, la hija y el nieto, que en once capítulos numerados se alternan en veintiocho monólogos, sin seguir un orden específico. En el texto solamente aparecen referencias que sugieren quién es el narrador. La historia transcurre entre 1903, año en que llega el médico, y 1928, año en que se suicida. El Coronel es el encargado de organizar el entierro. Cumple así una promesa que le hizo al médico el día en que, según él, este le salvó la vida al curarlo de una dolencia física.

La novela se inicia con el relato de un niño que se siente extraño porque, siendo miércoles, no lo han llevado a la escuela, y le han puesto el vestido de pana verde que solo usa los domingos. El niño va narrando sus impresiones al ver el muerto. Se extraña de que tenga “la cabeza acerada y un pañuelo amarrado en la mandíbula”. Relata además la forma como cuatro hombres lo meten en el ataúd y, después de organizarlo, clavan la tapa con puntillas. En este párrafo el lector descubre que asiste al velorio de un hombre extraño, alguien que no supo ganarse el afecto de la gente. Lo quieren tan poquito que nadie lo acompaña en el entierro. Eso sí, todos quieren asomarse a la ventana cuando pasa el féretro, sin importarles que el arroz se esté quemando en el fogón.

La experiencia que García Márquez había adquirido como cuentista le abrió el camino para aventurarse en una obra de mayor consistencia temática, donde podría darles contextura a personajes más trascendentes. Las lecturas acumuladas le brindaron las herramientas para arriesgarse en este proyecto literario. ‘La hojarasca’ irrumpe como una novela con fuerza narrativa, con una estructura original, con un lenguaje donde se presagia un excelente narrador. Además, como un buen experimento técnico. El mundo de Macondo empieza a vislumbrarse en personajes como El Cachorro, el sacerdote que para explicar la palabra de Dios se apoya en la astrología. Leída cuarenta años después, se advierte en esta novela el lenguaje exuberante que caracteriza a ‘Cien años de soledad’.


José Miguel Alzate

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