La historia de cómo nació ELTIEMPO.COM, hace 20 años

La historia de cómo nació ELTIEMPO.COM, hace 20 años

El 22 de enero de 1996, este diario lanzó su sitio web, tres días después del 'The New York Times'.

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21 de enero 2016 , 07:02 p.m.

El 20 de noviembre de 1995, las páginas en papel de EL TIEMPO migraron a las pantallas de los computadores, aunque no todavía a Internet, con un servicio precursor del contenido digital, hoy una industria gigantesca en Colombia. Miguel Marcial, quien lideró ese desarrollo como editor de lo que después fue la división de Nuevos Medios, escribió en el periódico físico una nota que presentaba la noticia de esta manera:

“A partir de hoy la Casa Editorial El Tiempo lanza un nuevo servicio computador a computador, conocido como Tiempo InterActivo (…). Este tipo de servicios surgieron originalmente en Estados Unidos hacia finales de 1980, pero solo en 1992 comenzaron a tomar fuerza. America Online, uno de los más conocidos, cuenta en la actualidad con más de dos y medio millones de suscriptores. En Colombia existen varios servicios en línea, nombre con el cual se conoce este tipo de servicios, pero Tiempo InterActivo es el primero ofrecido por un periódico con la modalidad de suscripción”.

El concepto de Servicio en línea era, como antes mencionamos, una especie de conjunto cerrado dentro del ciberespacio, sin salida a lo que hoy conocemos como la web. En el caso de Tiempo InterActivo, estaba montado sobre una plataforma llamada Bulletin Board Service (BBS o cartelera electrónica), y significaba algo así como subirse a un carro que no podía recorrer las calles de la web, sino solo ir de las oficinas de El Tiempo a su casa, una entrega puerta a puerta de las noticias del diario, sin imágenes, pero con un ingrediente encantador: la posibilidad de consultar (en texto) el archivo del periódico, que para entonces tenía unos cinco años de información.

Esa facilidad de búsqueda por palabra se extendía a las noticias del día, así que era más fácil llegar a la información del personaje que al lector le interesaba, o de su equipo favorito de fútbol, sin tener que recorrer línea por línea las grandes hojas de papel periódico a la hora del desayuno. Algo particularmente útil para el caso de los Clasificados, que también formaban parte del paquete.

Así mismo, al computador llegaban unas cuantas actualizaciones diarias de las noticias que traían los cables o la radio, gracias a un compañero de trabajo a quien apodábamos el 'Ministro', que hacía un resumen de lo que no había publicado EL TIEMPO en la mañana.

Para los dueños del producto era también atractivo, por una razón que hoy les habría evitado muchos dolores de cabeza: el servicio no era gratuito, sino que se pagaba una suscripción fija, con unas variaciones por el uso del archivo, que ofrecía “más de medio millón de noticias y 200 más cada día”.

Uno de esos propietarios era Luis Fernando Santos, considerado el gran visionario de estos logros en EL TIEMPO, y quien tiene claros sus antecedentes:

“Tuve la buena suerte de estudiar periodismo en Estados Unidos entre 1965 y 1970, y una de las cosas que aprendí allá fue que era un negocio mucho más sofisticado de lo que se conocía acá. Desde entonces se advertía que todos los periódicos estaban inquietos por saber esto para dónde iba. Tuve la oportunidad de escuchar una conferencia con el primer personaje que habló de las tabletas y predijo que los periódicos se convertirían en tabletas. Y luego él terminó en el 'Washington Post' ”.

Marcial, el autor de la nota antes mencionada, trabaja hoy en Estados Unidos y aún recuerda que Tiempo InterActivo fue hijo de otro mecanismo de entrega de noticias, esta vez por teléfono:

“El primer esfuerzo de EL TIEMPO por salirse del papel fue la Línea T, que se creó en 1993. Yo terminé montándola, porque al volver de un viaje, encontré unos papeles encima de mi escritorio que decían Sistemas de Audiotexto, y José Hernández (entonces coordinador de la redacción) me dijo: ‘Enrique Santos le dejó esos papeles’. Yo siempre había estado inquieto sobre los temas de la tecnología y conocía algo sobre sistemas de audiorrespuesta (aquellos que fueron populares en los bancos, por ejemplo, para solicitar saldos por teléfono, marcando opciones en el teclado), así que Enrique me dijo: ‘Mire, vamos a montar esa vaina, ¿usted quiere?’. Y yo le dije ‘Bueno, hagámosle’, y a los tres días estaba en Wichita (Kansas) aprendiendo del tema”.

Este sistema se montó también en otras redacciones, como la de El Colombiano, en Medellín, cuyo producto, llamado Salomón, fue mucho más exitoso que la Línea T. El periodista Juan José García, hoy gestor de prensa de las Empresas Públicas de Medellín (EPM) y quien en ese periódico fue también pionero en temas de periodismo digital, cuenta que en el mismo año, 1993, la periodista Luz María Restrepo tuvo a cargo el debut de Salomón: “No era tan común que a esos nuevos productos les asignaran gente de experiencia, pero ella tenía mucha experiencia periodística y un carácter de servicio a la comunidad muy grande”.

Los servicios eran interactivos porque requerían la participación del usuario para seleccionar con un número (un código que se marcaba en el teclado) el tipo de información solicitada: desde la noticia del día, hasta el chisme de la farándula. Desde el estado de las vías hasta el más exitoso: el horóscopo. Pero, además, porque el usuario no solamente recibía pasivamente los contenidos, sino que podía crearlos. Dice García: “Abríamos códigos en los que la gente grababa un chiste o dejaba sus cuentos infantiles. Tratábamos de canalizar las necesidades por públicos”.
El periodista cita que los sábados debían quedarse hasta la medianoche en la redacción de El Colombiano para poder grabar el resultado de la Lotería del Chocó, que se sorteaba muy tarde. “Teníamos en Quibdó una persona a la que llamábamos desde Medellín y nos daba esos datos. Y recuerde que en esa época no existían los celulares”.

Esa consagración al trabajo le reportó al sistema Salomón hasta 117 mil llamadas diarias en sus mejores jornadas. Fue un aprendizaje para fraccionar la información en ‘casilleros’ (como los llama García) por temas, que antes eran códigos y hoy serían enlaces web.

En el caso de EL TIEMPO, el tope fueron 30 mil llamadas diarias; el equipo que desarrolló la Línea T y luego Tiempo InterActivo estaba formado también por Leonel Ardila (la voz de la Línea T), la periodista Ninfa Sandoval y el ingeniero Juan Pablo Rey, quien montó en la plataforma de BBS un programa para sacar automáticamente las noticias del sistema de edición del periódico impreso y, de paso, el archivo electrónico interno, que consultaban los periodistas.

“Era un programa producido por una empresa de nombre Galacticomm ―confirma Rey―. Una aplicación consultaba una carpeta de la red del periódico, sacaba los archivos de texto y los clasificaba de acuerdo con la sección respectiva. Fue una primera experiencia en la que el acceso era local (solo en Bogotá), por vía telefónica”.

No obstante, a los pocos días de ser anunciado Tiempo InterActivo ya lucía obsoleto frente al aluvión de Internet.
“Un día me mandó llamar Luis Fernando Santos ―dice Marcial―. Allá estaba con unas personas de Telecom, que ofrecían el servicio Saitel. Venían a mostrarnos algo con un proyector, y de pronto en la pared apareció la World Wide Web. Ellos nos dijeron: ‘Este es el futuro de la Internet’. Básicamente, querían que desarrolláramos nuestra página, porque ellos ofrecían la conexión pero no había muchos contenidos en español interesantes para sus clientes. Todo estaba en inglés”.

El propio Santos explica que no fue fácil comenzar el proceso:

“Convencer al resto de la empresa fue bien complicado. Tuvimos una oposición amplia, incluso entre los directivos. Veían que entregar información digital era alertar a la competencia y le quitaba lectores a El Tiempo impreso. Y ni hablar de los clasificados. Pero los convencimos de que era mejor ser parte de algo, que quedar por fuera de ese algo”.

Marcial salió de aquella reunión con los ojos como pelotas de ping-pong y el compromiso de llevar cuanto antes al periódico hacia la web. A finales de 1995, incorporó al equipo al diseñador Gabriel Vargas, quien junto con la periodista Sandoval y el ingeniero Rey corrió a marchas forzadas para transferir las experiencias de Tiempo InterActivo al mundo web. “A nosotros, con Gabriel, nos echaron de las instalaciones del periódico el 31 de diciembre porque estábamos diseñando el logotipo de El Tiempo en Internet. Casi a la medianoche, vino el celador a decirnos: ‘Ya, tienen que irse’ ”, recuerda Marcial con una sonrisa.

Las trasnochadas se volvieron comunes desde cuando se hicieron simulacros diarios de montar el periódico como si ya estuviera en la web, y la producción duraba todo el día, pero se finalizaba muy tarde, y solo se podían subir las notas, con todas sus correcciones, hacia la medianoche. Ninfa Sandoval, que comenzó haciendo esta tarea, todavía tiene en su memoria el esfuerzo que esto generaba: “Por el sistema iban llegando las notas del periódico del día siguiente, y uno verificaba los cambios contra la prueba impresa (a la cual todavía se le llama ‘printer’ en El Tiempo), organizaba la información y activaba procesos de software. Hasta ahí, era manual, pero a cierta hora de la noche se subía automáticamente el periódico a la web. Como yo trabajaba en la noche, mis papás se preocupaban y no entendían: ‘Pero, ¿usted en qué trabaja?’, me preguntaban”.

Muchas veces, Sandoval tuvo problemas con el proceso de producción y terminaba subiendo las notas hacia las dos de la mañana. Es decir, llegaba a su casa a las 4 a.m. y a las 5 a.m. ya estaba en pie, pues tenía clase a las seis de la mañana, en la universidad.

Víctimas de su propio éxito

La recta final de todo este esfuerzo se vivió a comienzos de 1996. El ingeniero Juan Pablo Rey recuerda que se compró el dominio (el nombre en la web, para ponerlo en términos simples) de El Tiempo.com a una empresa en Estados Unidos, llamada Network Solutions. De igual forma, Guillermo Santos, otro de los pioneros de la mezcla entre periodismo y computadores en el país, acota que él, por su cuenta, compró el dominio local (eltiempo.com.co) y se lo cedió a la empresa, antes de que alguien lo comprara y quisiera hacer negocio con él.

Así lucía el portal en 1996. Foto: Archivo/ El Tiempo

“Me tocó toda la gestión de infraestructura tecnológica ―agrega Rey―. Se compró un servidor y viajé a Miami con él para configurar el alojamiento de la información en ese equipo (en un servicio de alojamiento que tenía todo el Grupo de Diarios de América, al cual aún pertenece EL TIEMPO). Instalé todo el esquema para traer por FTP (un sistema de transferencia de información) todos los archivos”.

En esencia, había dos computadores gemelos, uno en Bogotá y otro en Miami, que contenían las páginas en el lenguaje HTML. Los periodistas actualizaban la versión de Bogotá y a una cierta hora de la noche o la madrugada, se sincronizaba esa edición con la que se podría ver en el ciberespacio.

Finalmente, luego de múltiples pruebas en caliente, se decidió que EL TIEMPO subiera formalmente a la web el lunes 22 de enero de 1996. En la semana previa, me reuní con Miguel Marcial y Ninfa Sandoval para hacer ‘reportería’ interna sobre el proceso que había significado lanzar este producto, y los servicios que se ofrecerían. Tenía la misión de escribir este artículo como apertura del cuadernillo de Computadores, sección que ese lunes circuló con diez páginas, dos de ellas dedicadas al lanzamiento.

“EL TIEMPO se puede leer en Internet” titulé a cinco columnas ese día, que viéndolo en perspectiva resultó histórico para la prensa nacional, pero que en la primera plana del diario apenas representó la sexta noticia, menos importante que la reunión de cancilleres por la tensión fronteriza entre Colombia y Venezuela (¡hay cosas que nunca cambian!) y la apoteósica corrida de toros protagonizada por César Rincón y Enrique Ponce, en Bogotá.

“Ahora los compatriotas que viven en el exterior disponen de todas las noticias que son publicadas a diario por EL TIEMPO. La distancia que los separa de la actualidad del país es el cable de su PC”, decía mi nota, ilustrada con imágenes de la página principal del sitio web, que se parecía bastante al buscador de páginas que reinaba por entonces: Yahoo. Era un menú de temas en el que se listaban secciones del periódico como Primer Plano, Política, Economía, Deportes, Vida de hoy, Educación, Opinión, Internacional, Justicia, La nación, Viajar, Medio ambiente y Computadores.

Hoy suena inconcebible no mantenerse al tanto de las noticias del país, así uno esté en el último rincón del planeta. Pero hace veinte años, las únicas escasas noticias de Colombia que salían en los noticieros fuera del país eran las de violencia o narcotráfico, y era un eterno sufrimiento dominical no saber los resultados del equipo de fútbol favorito, en mi caso, Millonarios.

Por eso, aquella noche, cuando los colombianos en el exterior se habían enterado de que EL TIEMPO se podía leer por Internet, miles de ellos se volcaron a la web en busca de una noticia que explotó, por coincidencia, el mismo 22 de enero de 1996: el exministro Fernando Botero Zea le aseguró al periodista mexicano Jorge Ramos y al colombiano Yamid Amat que el entonces presidente Ernesto Samper estaba al tanto del ingreso de dineros del narcotráfico a su campaña electoral.

En 1998 se modernizó la apariencia de la página web. Foto: Archivo / El Tiempo.

Como dice la Ley de Murphy, todo lo que pueda fallar fallará, y el servidor de eltiempo.com se desbordó con el aluvión de consultas que le dio bautizo formal al sitio en su primera noche al aire. “Fue una cuestión muy circunstancial y se colapsó. No había nada más que hacer, sino ampliar los recursos: mayor memoria RAM, mejorar el canal… lo único era meterle más fierros”, asegura Rey.

EL TIEMPO ya estaba en Internet, en prueba, desde unos días antes, pero terminó anunciándose en una fecha oportuna, apenas tres días después del lanzamiento oficial del New York Times en Internet (19 de enero de 1996) y unos meses antes de El País (4 de mayo) y El Mundo (en julio), ambos españoles, como registra el investigador Alejandro Rost.

Luis Fernando Santos se ufana todavía de ese logro:

“Me acuerdo de cuando íbamos a anunciar eltiempo.com al público. Nos faltaban unos noventa días para estar tranquilos de que podíamos hacer el lanzamiento y alguien llegó a la junta directiva y nos dijo que El Espectador iba a lanzar su sitio, así que decidimos lanzarlo de inmediato. Luego, El Espectador se demoró como cuatro meses más. Lo recuerdo por la importancia de ser los primeros”.
También se adelantó a El Colombiano, que aprovechó su experiencia con Salomón para trasladarla al ciberespacio. El colega García explica cómo se dio esa transición:

“En una feria mundial, el gerente conoció Internet y me acuerdo que me dijo textualmente: ‘Mire, Juan, en esa feria presentaron Internet y yo lo monté aquí, miren a ver qué pueden hacer con eso’. Pusieron un computador en la biblioteca y nosotros pensábamos que Internet era ese computador. Como el sistema Salomón tenía una estructura física, una caja, pensábamos que Internet era algo similar”.

Al comenzar a navegar, el grupo de García acudió a ingenieros de sistemas y diseñadores gráficos, como Alina Berrío. No había manuales, no había cursos, todo se aprendía como ensayo-error, sin que aún el producto saliera al público. “Montábamos y montábamos el periódico ―prosigue el periodista―, hasta que un día el gerente dijo: ‘¿Y entonces, a esto cómo le vamos a dar salida?’. Ya habían salido las primeras ediciones de EL TIEMPO, y pensamos que era el momento de sacar el producto al aire. Debió ser en 1996, porque digamos que los tres pioneros en esto fueron EL TIEMPO, El Colombiano y El País, de Cali. El resto salió más tarde”.

De hecho, la periodista Renata Cabrales, hoy jefe de redacción digital de El Heraldo, en Barranquilla, afirma que El País de Cali subió a Internet antes que cualquier otro medio de comunicación en Colombia. Según una investigación que realizó en el curso de sus estudios en España, si bien no tenía un dominio propio, el contenido de El País se podía leer en la web desde finales de 1995, en un servidor de la Universidad del Valle identificado con el nombre de Mafalda, la heroína latinoamericana de las tiras cómicas. Eso me hace recordar iniciativas similares en la Universidad de los Andes, que publicaban en sus páginas web las noticias que escribíamos en EL TIEMPO, antes de que los periódicos nacionales tuvieran presencia oficial y corporativa en la World Wide Web. Si alguien tiene registros de esos esfuerzos pioneros, lo invito a compartirlos en la actualización digital de este libro (www.juliocesarguzman.co).

Para la redacción de El Colombiano, como antes había sido en la de EL TIEMPO, no fue un acontecimiento llegar a la web, no hubo una celebración. Probablemente no había conciencia del salto que estaba dando en esos momentos el periodismo en el país. Pero para los lectores sí fue una gran alegría. “Fabuloso (…) Gracias a todos los colaboradores que han permitido acercarnos más a nuestra patria”, escribió desde el círculo polar ártico el periodista Mario Ramírez Orozco en los últimos días de enero de 1996, dentro de un paquete de mensajes provenientes de todo el mundo que publicó EL TIEMPO, al cabo de su primera semana como medio de Internet. En esa nota también cité el dato de más de 80 mil consultas en esos primeros siete días, cifra que hoy logra una sola nota exitosa en pocas horas.

En 1999 el portal ya contaba con un menú más claro y organizado. Foto: Archivo / El Tiempo

Por los lados de Medellín, la euforia era similar, a juzgar por el testimonio del colega García: “Entendimos que había muchos antioqueños por el mundo y nos convertimos en una ‘nana virtual’. Cuando el paisa en el exterior estaba triste, se metía a El Colombiano y se animaba. Incluso, con fotos de derrumbes, se veían las montañas y la gente se emocionaba”.

Bueno, no todos experimentaban lo mismo. Guillermo Santos, quien en el momento de la llegada de EL TIEMPO a Internet era subgerente del periódico, recuerda una anécdota insólita:

“Mi papá (Hernando Santos, entonces director de El Tiempo) nunca creyó en Internet ni en la tecnología. Nunca usó un computador para sus editoriales, siempre los dictaba. Una vez yo le dije: ‘Papá, te voy a mostrar EL TIEMPO en Internet’. Y él me dijo: ‘Mijito, eso no funciona’. Pero le insistí, lo convencí y lo llevé a mi oficina. Ese fue el único día que Internet no me funcionó. ‘Te lo dije, mijito ―respondió él―. Me hiciste perder el tiempo’ ”.

Hacia 2003 el portal contaba con una apariencia más limpia, con diferentes recuadros informativos. Foto: Archivo / El Tiempo

Guillermo, uno de los pocos Santos de su generación que no estudió periodismo, sino Ingeniería de Sistemas, fue luego partícipe de una actividad de promoción de la red: el primer chat en vivo que se hizo con un personaje público. En ese caso, con el entonces fiscal General de la Nación, Alfonso Valdivieso, el 28 de octubre de 1996, en plena época del proceso 8.000, cuando los ojos de Colombia y el mundo estaban puestos sobre ese cargo. No se hizo por medio de Eltiempo.com, sino con CompuServe, que tenía una plataforma más desarrollada y de carácter global, y puedo ver aún las manos de Beatriz Campos, quien trabajaba con Guillermo Santos, volando en el computador para transcribir las respuestas de Valdivieso. Mucha agua ha pasado bajo el molino desde entonces, pues en esa época se anunció con bombos y platillos, casi tres semanas antes, mientras que hoy se hacen numerosos encuentros (hangouts, foros y chats, por ejemplo) a diario, en los que los usuarios cuestionan a todo tipo de personajes: funcionarios, artistas, deportistas, candidatos a corporaciones públicas…

Crece la presencia periodística

Los últimos sitios web periodísticos que mencionaré en este capítulo son los del grupo Semana, que se lanzaron a la red mundial a comienzos de 1997, de la mano de la firma Axesnet. El creador de esta compañía, Andrés Saldarriaga, rememora que durante la desaparecida feria de informática Compuexpo, celebrada en octubre de 1996, conoció al editor de informática de la revista Dinero, Enrique Quessep, quien le contó que quería montar su publicación en Internet. “Por medio de Enrique arrancamos con el tema y a los pocos meses, Dinero fue la primera revista y luego, la gente de Semana se interesó, y en Axesnet comenzamos a ser los revisteros de Internet. Hicimos Clase Empresarial, Cambio 16, las del Grupo Cinco...”.

En su libro ‘Una semana de 20 años’, el periodista y artista gráfico Vladdo recuerda que esa etapa le correspondió a un director diferente a quienes comandaban la revista Semana durante el proceso 8.000: Isaac Lee. De hecho, en ese texto, Vladdo cita las palabras de un editorial de despedida que le rindió esa publicación y que, a la letra decía: “Nuestro arribo al mundo de Internet, y el paso de esta empresa a la sociedad actual en la que el Grupo Sanford ha ingresado al mundo de las telecomunicaciones, hacen parte también de lo que deja Isaac en esta revista”. Y el propio autor aclara, páginas atrás, que la fecha de llegada de Lee a Semana fue enero de 1997.

En 2006 se empezó a perfilar la imagen que tendría en la actualidad el portal. Foto: Archivo / El Tiempo.

Con Vladdo nos conocimos en esa época, cuando él combinaba su labor como caricaturista y diseñador, con la redacción de la sección de tecnología en Semana. Hoy, evoca así esos momentos:

“Yo me conecté a Internet antes que Semana, porque las empresas por lo general son muy lentas. Se mueven a otro ritmo. De hecho, creo que tuve página web antes que Semana y antes que EL TIEMPO (…) Hice un sitio web como en el 95 que se llamaba Vladdo.com, tengo dominio desde esa época y me lo ayudó a hacer Andrés Saldarriaga, de Axesnet. Me lo ayudó a montar con un socio que tenía. Yo puse la página y por allá en un rincón de esa página nació Aleida. En el caso de Semana, al comienzo no se podía con el dominio Semana.com, porque alguien lo había comprado”.

JULIO CÉSAR GUZMÁN*
* Editor de Cultura y Entretenimiento de El Tiempo. Este texto es un fragmento del libro ‘Ya estás tejiendo la red’, de editorial Intermedio, que cuenta la historia de cómo Colombia se conectó a Internet.

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