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Sangre envenenada

Sangre envenenada

Nada más ajeno a la crítica verdadera que el dogmatismo y el fanatismo.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
20 de enero 2016 , 07:26 p. m.

Muchas veces me he preguntado si en otras partes también será igual. Es más: muchas veces me he preguntado si en otras partes se preguntan si en otras partes también será igual. Porque uno suele creer, hasta que viaja, que las cosas que pasan en su mundo solo le pasan a su mundo; y luego descubre que al final todo el mundo es igual, que cruzamos todos la misma esquina y estamos todos en la misma tienda del mismo barrio.

Pero hay ciertos rasgos de la condición colombiana que siempre he querido rastrear en otras partes, saber si son solo nuestros o si por el contrario florecen afuera, más o menos igual. Un rasgo puede ser este que estoy mencionando: el de creer que hay actitudes que son solo de acá, actitudes que nos definen, cuando en realidad le pertenecen a la humanidad en su conjunto, a la humanidad toda siempre igual.

A mí me aterra un rasgo colombiano en particular, me aterra y me intriga y de verdad siempre he querido saber si en otros lugares o en otros pueblos se da con la misma intensidad y la misma recurrencia, talvez sí. Hablo de ese ensañamiento y ese odio y ese desprecio ciegos y profundos que acá nacen de inmediato y a propósito de todo, incluso a propósito de cosas magníficas o insignificantes que no se los merecerían.

Pocas veces, o casi nunca, he visto a un colombiano (creo que tampoco a un español: ahí está quizás la clave, al menos una de ellas) celebrar o exaltar algo sin que eso implique, también, el desprecio y la descalificación explícitos de lo demás, de las demás cosas que por algún motivo se relacionan con eso que se está exaltando con tanta furia y vehemencia. Casi como si la declaración del gusto fuera un acto de venganza.

Me dirán ustedes que de alguna manera sí lo es: que el gusto consiste justo en eso, en preferir unas cosas sobre otras y eso pasa no solo por la celebración de lo que uno escoge sino también por el desprecio de lo que uno rechaza. Don Alfonso Reyes, uno de los más grandes escritores de nuestro idioma, uno de los mejores críticos de todos los tiempos, le daba a ese acto el nombre bellísimo y elemental de ‘simpatías y diferencias’.

Lo que ocurre es que aquí pocas veces he visto que las simpatías y diferencias se formulen solo así, en esos términos, e incluso cosas que deberían ser motivo de una gran felicidad o en el peor de los casos motivo de indiferencia se vuelven el objeto de un odio apasionado y militante que es muy difícil de explicar, de entender. Como si la mezquindad fuera el único camino que conociéramos para relacionarnos con el mundo.

Sí: en toda sociedad se necesita de la perspectiva crítica, quién lo niega. Y nadie pide que todos creamos que todo es bueno y feliz; que estamos en ‘Lalaland’, como dice un amigo. Pero nada más ajeno a la crítica verdadera, la más profunda y demoledora, que el dogmatismo y el fanatismo: esa furia adolescente, de colegio, de estadio, que impide la comprensión. Porque aun para odiar –sobre todo para odiar– se necesita comprender.

¿De dónde nos viene esa pasión contra todo? Ya hablé de España: de su herencia hecha de saña y envidia y mala leche: la mala leche hispánica que en el mundo colonial se cortó aún más, un mundo servil, acomplejado, acostumbrado solo a las migajas y a recelar del prójimo. También se podría hablar de la idea estúpida y famosa de que la inteligencia solo es válida cuando lleva el empaque de la maledicencia.

Pero en el fondo es la tragedia que recrea, como nadie, Gabriel García Márquez en 'Cien años de soledad': la imposibilidad del amor. La maldición del coronel Aureliano Buendía con sus guerras inútiles, la dureza del corazón.

Y quien no sabe amar tampoco sabe odiar. Ni siquiera eso sabe.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

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