Grafitis: escrituras, pinturas y rayones sobre las paredes de Bogotá

Grafitis: escrituras, pinturas y rayones sobre las paredes de Bogotá

Experto en el tema hace un recuento de los colores y dibujos que adornan la capital.

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12 de enero 2016 , 09:29 p.m.

Memoria, humor y paredones

En la historia reciente de nuestra cultura urbana, el grafiti textual y literario o poético, si se quiere, está entroncado con las reivindicaciones y protestas libertarias que florecieron en los muros de las paredes de París en Nanterre, en Mayo del 68, 'Dios es negra, la imaginación al poder' y cientos de frases ingeniosas y reveladoras que cuestionaban todas las formas de poder, de izquierda o derecha, político, religioso y económico, y que reivindicaban la liberación femenina, el humor libertario y exaltaban la rebeldía y la creatividad.

Era el fin de una década marcada en nuestro medio por la Revolución cubana y el surgimiento de los movimientos armados no solo en Colombia, sino en muchos países de Latinoamérica. Para esa época, en Bogotá, la ‘Tenaz suramericana’, la creatividad de las consignas políticas no pasaba de 'Yankees, go home... o Fuera el imperialismo'.
La historia reciente del grafiti en Colombia surge como un gran boom a mediados de los años 80 en ciudades latinoamericanas que, como Bogotá, amanecían vestidas con todo tipo de consignas políticas: 'Combata la corrupción y el hambre, cómase un político'; poéticas, 'Más poesía, menos policía'; amorosas, 'El amor ciego salta a la vista, siempre con mucho humor, que reivindicaban la maravillosa capacidad significante de la palabra. (Lea: Editorial: De nuevo, el grafiti).

Un mural de Toxicómano (arriba) y otro del maestro boliviano Manani (abajo), homenaje a la Pacha Mama (la Tierra), en la carrera 10.ª con la avenida Jiménez, de Bogotá. Fotos: Keshava Liévano

Para quienes hacia 1984 ya rayábamos algunas paredes en los muros de la Ciudad Blanca de la Universidad Nacional, con palabrerías como 'La risa previene la caries mental' o 'El hábitat sí hace al monje', la invitación del presidente Belisario Betancur a que los colombianos saliéramos a las calles a pintar palomitas de la paz se convirtió en el detonante para que diversos grupos de grafiteros saliéramos del clóset de la censura y de los baños y empezáramos a tatuar las paredes de Bogotá. Mi primer grafiti en pared fuera de la U fue 'No más palo más', en una alusión al grupo Muerte a los Secuestradores (MAS), que por cierto fue el germen de las Auc.

'No solo de paz vive el hambre', 'Mi mamá me mimaba pero la desaparecieron', 'Drogad por nosotros', 'Machismo es con m de mamá', entre otras consignas, se regaron como pólvora por muros, paredes y paredones.

Grafiti y estética en clave de rap

Por la misma época aparece en nuestro país el rap, un género musical descendiente en primera línea de la tradición musical negra norteamericana y que con el 'breakdance' como posibilidad dancística y el grafiti como expresión gráfica conforman los rasgos más sobresalientes de la llamada cultura 'hip hop', cuyos protagonistas iniciales y principales fueron los jóvenes negros de culturas urbanas de Estados Unidos. (Lea también: Distrito desmiente que esté borrando los grafitis de la 26).

En Colombia, los referentes más inmediatos del rap aparecen en las esquinas de barrios como Las Cruces, Kennedy y Ciudad Bolívar, en Bogotá, y en barriadas marginales como Aguablanca, en Cali, las comunas de Medellín y otros barrios populares de otras ciudades del país.

Fragmento de un mural de Guache, en la Universidad Nacional.

El rap es ritmo y protesta, es grito y sentimiento, gesto y movimiento, canto y cuento que va acompañado de otras expresiones afines como el breakdance y el grafiti, con su capacidad de afirmar un territorio o una identidad.

El grafiti ligado al rap es una propuesta más plástica, colorida y alineada con la escuela del grafiti norteamericano; este es una suerte de arte mural que surge a fines de los setenta en Nueva York, como una forma de protestar, de romper esquemas establecidos y fronteras mentales. Jóvenes chicanos, negros, blancos y asiáticos inundaban todos los espacios públicos: los bloques donde vivían, las escuelas donde estudiaban y los trenes del metro que pintaban de arriba abajo.

Armados de aerosoles, salían a poner sus firmas o a dibujar grandes figuras multicolores, con una nueva estética: trazos gruesos, letras exageradas, que giraban y se contorneaban, casi ilegibles para la gente “común”. Un código callejero y propio, un nuevo lenguaje, entendible solo desde el 'hip hop'.

‘Street art’ y esténcil

Con el tiempo, los grafiteros y artistas de la pared fueron modificando sus propuestas con nuevas técnicas. A partir de la década de los 90, estas dos corrientes del grafiti literario y la estética ‘hip hopera’ propician, desde las facultades universitarias de arte y diseño, el surgimiento de una nueva generación de cultores del arte y el muralismo callejero; sirviéndose de nuevas técnicas gráficas, en particular del esténcil, que hoy abundan en todo el mundo y han generado una nueva corriente, que yo ubico más como muralismo callejero y que ha inundado las calles de las grandes ciudades.

El pionero del esténcil y padre del street art, el inglés Banksy, partió en dos la historia del grafiti y el arte callejero, como en su momento lo hizo en Nueva York Jean-Michel Basquiat, diez o quince años atrás.

Entre marginalidad y legalización

Veo actualmente dos acercamientos a este proceso: uno que desde la salud de la libertad de expresión valida la consolidación de colectivos artísticos y culturales, con todo tipo de propuestas gráficas y estéticas, que se debaten entre el muralismo urbano decorativo y esteticista, y las propuestas de colectivos que elaboran contenidos de resistencia social y muy buena calidad gráfica, entre los que podemos mencionar Excusado, Stinkfish Bastardilla (tal vez la más sonada mujer grafitera) y propuestas como las de Toxicómano Callejero, Guache, APC, Lssivo, DJ Lu y muchos más que realzan hoy los muros capitalinos.

Hay que decir que las últimas dos alcaldías han propiciado un acercamiento con los grafiteros y artistas y muralistas urbanos, vaya uno a saber con qué fines electoreros, de tal forma que se creó hace unos años la Mesa Distrital de Grafiti, de la cual pude hacer parte.

Dos grafitis bogotanos, típicos del estilo de Luis Keshava Liévano, autor de este artículo. A la izquierda, uno que expuso formalmente el año pasado en un muro de la galería de la Cámara de Comercio de Chapinero. El de la derecha fue pintado en la avenida NQS con la calle 59.

En reiteradas ocasiones sugerí que se llamara Mesa de Arte Callejero, ya que, desde mi perspectiva, el grafiti tradicional reúne unas características muy particulares, como ser efímero, nocturno, clandestino, contestatario, corto y eficaz.

Por el contrario, y con el apoyo estatal, ya se está reglamentando y definiendo en cuáles paredes pueden hacerse estas obras de arte, y el street art deja de ser grafiti en su esencia; en la medida en que hoy es legal y ha sido absorbido por la cultura oficial, este muralismo se hace hoy a la luz del día y está formalizado y reglamentado por el Estado, cosa que jamás ha sucedido con los grafiteros, los pocos que quedamos.

En medio de estas dos direcciones está otra corriente vandálica que no respeta superficie alguna: los tags, que son una suerte de firmas y logos hechos sin ton ni son por adolescentes que marcan su territorio de esta manera.
Hoy, Bogotá es una de las capitales del street art y el grafiti, y hoy la cara de muchas edificaciones del centro de la ciudad y de otras latitudes está cubierta de muy buenas propuestas de muralismo y arte callejero. Los colectivos de artistas, que en la ciudad son más de 150, se pelean las pocas superficies y culatas de los edificios que todavía están vírgenes.

De hecho, tenemos intercambios con artistas de otras latitudes, como el caso del gran muralista boliviano Manani Manani, que fue invitado hace unos meses por la Ciudad Humana a realizar un gran y colorido homenaje a la Pachamama en la carrera 10.ª.

El arte callejero, grafiti o street art en sus múltiples técnicas, es un fenómeno cultural que ya es mundial, y está sintonizado y anda de la mano con las dinámicas comunicacionales que se dan en las redes sociales.

Hoy tenemos incluso pequeñas empresas de gente joven, y no tan joven, que comercializan parafernalia y todo tipo de memorabilia gráfica relacionada, postales, camisetas, aerosoles, guantes, plantillas... Lo que sea. Y he de decir que también estamos haciendo tours turísticos sobre la historia del grafiti y el street art.

Cuando arranca una nueva administración, con un marcado tinte político e ideológico en contraste con la alcaldía de Gustavo Petro, uno se pregunta: ¿cuál será la apuesta del alcalde Enrique Peñalosa y su Bogotá para todos, se impondrá una nueva cultura autoritaria que decide qué es o no arte y qué es o no estético?

El asunto aquí, con este debate que se ha planteado con declaraciones de funcionarios de la nueva administración, es cómo se da continuidad a una reflexión que se viene haciendo desde la Mesa Distrital de Arte Callejero.

De nuevo, hay que diferenciar entre el muralismo callejero o street art, el grafiti poético y literario de grupos como Acción Poética, y definitivamente el vandalismo de los tags sin ton ni son, que pululan por todos lados y que, creo yo, es a los que se refiere el secretario de Seguridad de Peñalosa. La cultura ciudadana no se impone, se construye y concierta.

El reto aquí es cómo se sintoniza la dinámica nacional, que busca la paz mediante el diálogo en La Habana con los actores del conflicto armado, con esta nueva administración distrital que debiera ser ejemplo nacional, y construir nuevas dinámicas de convivencia ciudadana, de inclusión social y reconocimiento de la diversidad.

LUIS LIÉVANO (Keshava)
*Comunicador, grafitero por cerca de 30 años, periodista cultural, realizador de radio y televisión, autor de libros infantiles y pedagogo y activista de la comunicación y el humor.

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