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La primavera de 1991

La primavera de 1991

Los indígenas conquistaron la segunda oportunidad a existir en la geografía de sus antepasados.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de enero 2016 , 10:13 p. m.

Los colombianos, muchas veces, somos dados a dejarnos deslumbrar por lo extranjero, desconociendo nuestras propias esencias. Olvidamos la sombra del árbol frondoso cargado de frutos dulces del patio propio para añorar los deshidratados frutos empaquetados en aluminios que expenden en las grandes superficies con nombres extranjeros de altisonancia estrambótica. El olor de la Guayaba, el aroma de la tierra, emergen como lejanos recuerdos de literatura.

La nostálgica remembranza, de perfumes caribeños, me llega a la memoria por estos días de febriles diálogos con un “parche” de amigos que nos hemos impuesto la tarea -no sabemos si tardía- de escudriñar, como lo hicieron algunos ausentes de pasadas generaciones, en la genética de nuestra estirpe colombiana con su variopinto mestizaje. Hablamos de redescubrir valores, tan perdidos como el aroma de una Guanábana despanzurrada exhibiendo las entrañas maduras, que nos devuelvan la amabilidad de vivir con la disposición a flor de piel para ayudar al otro, al humilde que padece desprotección, de reconocer y respetar a aquel o aquella que aprendió a leer y descifrar el significado del código de las estrellas y del espejo de los satélites que gobiernan las mareas de nuestros mares, cargados de las medusas inertes del plástico contaminante; recuperar la capacidad de asombro porque en nuestro entorno disminuyeron las tragedias de la muerte y nos duela la muerte de sed y parasitosis del niño en las áridas tierras de La Guajira. Ese humano, demasiado humano, como el descrito en el libro del filósofo, lo añoramos lo deseamos, corremos impacientes a su mágico encuentro.

Llegan a las pantallas de los aparatos de la comunicación instantánea de las nuevas tecnologías el enlace que nos revelan viejos y nuevos escritos, varios de recuerdos de juventudes de irreverencias rayadas en el mural infinito del techo de la cúpula celestial. Las historias del mundo relatado en palabras de lenguas ancestrales del heredero de la civilización extraviada del imperio de los hijos del sol, habla en las voces de antropólogos de la vida cotidiana encapuchados. Los mitos fundacionales de las civilizaciones de monolitos y dibujos de simetrías perfectas son huellas de desaparecidos mundos, llegadas desde planetas legendarios.

Acá casi nada dejaron. El rastro de los habitantes de la arcilla, con la que se modeló la pareja que se sumergió en el espejo de las aguas paramunas donde surgió la humanidad se la robaron en la grandilocuencia de la heráldica de la espada y el blasón. Los rastros de toda civilización descendientes de los antiguos habitantes de las estrellas que enseñaron la habilidad de la filigrana del amarillo del vientre de la montaña y descubrieron la imagen atravesada por el cristal del cuarzo, se reducen a unas comunidades extraviadas en montañas, pobres, despojadas.

En estas conversaciones de recuerdos hablamos de la pérdida capacidad para escuchar la voz ancestral que reclama el reconocimiento, el reclamo de resistencia de la causa indígena que se niega a desaparecer aplastada por extravagancias de la aldea global. Allá reclaman reconocimiento. Acá lo alcanzaron, recuerdo, en la Primavera de 1991. Los indígenas, después quinientos años de arrasamiento, conquistaron la segunda oportunidad a existir en la geografía de sus antepasados.

El susurro con el que se comunican con el canto del pájaro de la selva, en estos tiempos de calentamiento planetario, es bálsamo que servirá para restaurar la piel herida de la Madre Tierra que reclama, unas veces con devastadores huracanes de aguaceros bíblicos, toda la atención para detener el cataclismo universal. En la letra de la Primavera de 1991, un cuarto de siglo después, se lee el testimonio: “Son entidades territoriales…los territorios indígenas”

HÉCTOR PINEDA
tikopineda@gmail.com

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